Daños colaterales

"Il Cavaliere": el ocaso del "bunga-bunga"

No fueron las diez noches de bunga-bunga en su residencia neoclásica de Arcore con la despampanante bailarina marroquí de 16 años Karima el Maghoud, Ruby, las que llevaron a la expulsión del parlamento italiano del tres veces ex primer ministro Silvio Berlusconi, séptima fortuna de Italia con unos 9 mil millones de dólares (Forbes) gracias a su imperio mediático, bancario, editorial, financiero e inmobiliario. Tampoco los 2.5 millones de euros que Il Cavaliere desembolsó durante ese mismo año de 2010 en apenas docena y media de orgías en la misma Villa San Martino, lo que derivó —junto con el escándalo del caso Ruby— en dos acusaciones por prostitución de menores agravada y abuso del cargo de premier, lo que podría suponerle hasta 15 años de cárcel. 

Fue la simple aplicación de una norma de 2012, la ley Severino, que prohíbe mantener cargos públicos a cualquier condenado a penas mayores a dos años y que en el caso de Berlusconi se refiere al proceso por fraude fiscal de su emporio Mediaset, según el cual el grupo audiovisual compró y vendió derechos de emisión de películas de EU por 470 millones de euros de 1994 a 1999 con una presunta alza del precio para evadir al fisco y depositar el dinero en el exterior.

Berlusconi no solo fue despojado de su asiento en el Senado e inhabilitado a ocupar cargos públicos en los próximos seis años (tendrá entonces 83) sino que también perdió su inmunidad parlamentaria ante otras tres causas que lo esperan en las cortes, además del caso Ruby: el caso Unipol, que puede suponer un año de cárcel por violación del sumario con la publicación (2005) de escuchas telefónicas en la prensa sobre el control de la Banca Nazionale del Lavoro; la supuesta compra (2007) del senador Sergio de Gregorio para desestabilizar al gobierno de Romano Prodi; y el divorcio de su segunda esposa Verónica Lario por los escándalos de Arcore.

Pero en esencia, su expulsión del Senado supone el fin de su protagonismo político más allá de lo que ocurra con su reavivada Forza Italia y con el gobierno aliancista de Enrique Letta.

Por eso lloró ayer Berlusconi —o la mascarada en la que se ha convertido—. Por el fin de su protagonismo.