Daños colaterales

"Gabo no contado" y lo que significa “escribir sin "guayabo"”

El libro de la semana

 

La época en que estoy escribiendo un libro es la mejor. No siento dolores de ninguna clase y, además, trato de tener un régimen deportivo para estar todos los días en el mismo estado de ánimo con el libro. Uno de los cuidados importantes que tomo en este régimen deportivo es evitar el guayabo (la resaca). Dormir mal o estar enguayabado lo hace despertar a uno como una persona distinta, entonces el que se sienta a escribir así no es el mismo que se sentó el día anterior. Entonces tengo mucho cuidado en no pasarme en el trago, en lo que como, en lo que produce el guayabo, que no es el trago sino con quien se bebe. Todos los días trato de despertar con el mismo estado de ánimo, cosa que no se consigue por completo.(...)” 

Esta es una de las muchas recomendaciones que de manera tan cercana e íntima nos recomienda Gabriel García Márquez a los escritores en la página 65 de Gabo no contado (Ed. Aguilar, México 2014), que abrimos al azar con los deseos de hallar en este libro del multipremiado periodista y politólogo colombiano, Darío Arizmendi, lo que el autor promete en su calidad de amigo personal y profesional de Gabo durante más de tres décadas y hasta su muerte.

Notas manuscritas que llevaron cuadernos y libretas sobre temas “trascendentes y triviales”, una “infinidad de vivencias compartidas”, junto a recortes de periódicos, reproducción de entrevistas  y centenares de fotografías del propio Arizmendi como parte de su ofrenda póstuma al creador del realismo mágico y Premio Nobel de Literatura.

Pero dejemos mejor a Gabo que hable:

 

Creación artística: “Tengo el propósito de descubrir cuál es el mecanismo de la creación artística, cómo es posible que una persona consagre toda su vida y sea inclusive capaz de morir por hacer algo que al fin y al cabo, en sano rigor, no sirve para nada. Cuando empiezo a escribir es muy difícil que no me dé flojera, uno anda siempre buscando pretextos para no escribir. Pero cuando uno ya tiene experiencia sabe cómo se derrotan esos pretextos, porque uno sabe que son pretextos y ya sabe cómo se manejan. Luego, cuando uno arranca de verdad, (...) cuando se tiene el tema totalmente agarrado y uno escribe como si alguien se lo estuviera soplando, cuando le baja a uno el ‘espíritu santo’, que creo que es lo que los románticos llamaban la inspiración, en realidad lo que sucede es que uno está totalmente compenetrado con su tema. (...) En ese momento, es la felicidad absoluta.”

Neruda y el Quijote: “–¿Por qué Neruda en una ocasión declaró que tú eras el mejor autor de habla castellana después del Quijote?

–Fue en Manizales, en un festival de teatro. Cuando llegó, los periodistas le preguntaron su opinión sobre García Márquez y su novela Cien años de soledad. En ese instante Neruda no había leído la obra, aunque sí otras cosas mías. Pero para congraciarse con los reporteros les contesto: ‘Cien años de soledad es la mejor obra después del Quijote’. Esa misma noche le pidió a su mujer el texto de la obra, se la leyó de un tirón; en la madrugada la despertó y le dijo: ‘No tengo nada de qué arrepentirme, sí es la mejor novela después de Cervantes. No quito una coma ni un punto a mis declaraciones’’.” 

Mala ortografía: “–¿Tienes buena ortografía?

–Mala; para eso hay correctores.

–¿Sabes reglas de gramática y de sintaxis?

–Ni una sola. Tengo el sentido natural del idioma, nace con uno, nació conmigo. Sé que lo que escribo está bien construido, pero ignoro el porqué, aparte de que no me importa. Si al escribir tuviera en cuenta las reglas de la Academia o consultara con el diccionario si esto o aquello se puede decir, iría en el primer capítulo de La Hojarasca.

(...) –¿En el uso del lenguaje tienes respeto y pudor por algo?

–Por los adjetivos, los cuido extremadamente. ¡Se puede hacer tanto daño con su utilización torpe y malintencionada! A veces a los escritores se les olvida que todo hombre público es una persona y como tal merece respeto. Es terrible cuando alguien entra a descalificar por descalificar, cuando se usan los adjetivos para matar.”

Hombre pensativo: Dice Arizmendi: “Era un ruiseñor triste. Cuando estaba emparrandado, su estampa cambiaba por completo al son de vallenatos y la gente que le gustaba. Él las llamaba parrandas, pero en el resto del tiempo era un hombre bastante pensativo, casi de mirada lejana y triste. Había que respetar esos silencios y esas distancias que establecía.”

El primer párrafo: “El primer párrafo tiene que tener ya todo, eso lo he dicho mucho, es lo más difícil del libro, porque ahí se plantea todo el estilo, el tono, el ritmo, de manera que ese primer párrafo es siempre muy duro y sobre todo uno no tiene ningún punto de apoyo. Ese primer párrafo está totalmente en la nebulosa, uno lo saca de la manga y lo pone ahí. (...) El primer párrafo es terrible.”