Daños colaterales

"Fitna, guerra en el corazón del islam"

El libro de la semana

 

Considerado uno de los principales expertos mundiales en los movimientos islámicos, el académico francés Gilles Kepel (1955), doctor en sociología y en ciencias políticas, escribió a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 (11-S) y las subsecuentes invasiones de EU a Afganistán (2001) e Irak (2003), un libro esencial que a diez años de distancia recobra toda su actualidad.

Se trata de Fitna, guerra en el corazón del islam (en español Paidós, Barcelona, 2004, 311 pp.), en el cual Kepel analiza por qué los adeptos radicales de la yihad golpearon a Estados Unidos el 11-S —el “enemigo lejano”, según Osama bin Laden y Al Qaeda—, lo que esperaban del cataclismo que desencadenaron y cómo la invasión a Irak de marzo de 2003, de George W. Bush y Tony Blair —con el apoyo del líder español, el conservador José María Aznar, lo que convertiría en España en otro blanco sangriento de los atentados terroristas—, solo estaba abriendo otra caja de Pandora, aunque según el Pentágono de lo que se trataba era de “culminar la guerra contra el terror”.

Los hechos actuales en Irak nos remiten de nueva cuenta a aquella coyuntura, sin la cual no se puede entender la actual ofensiva yihadista del Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL), como tampoco la reacción comedida de la administración Obama ante el paroxismo de los islamistas sunitas más radicales, financiados y respaldados por las monarquías del Golfo Arábigo, opuestas a la expansión de la minoría chiita en el área (Irán, Irak) y también del gobierno secular del presidente sirio Bachar al Asad.

Sobre los términos yihad y fitna, el primero de los cuales se ha vuelto de uso habitual desde el 11-S, el autor recuerda que la yihad está connotada positivamente en el seno de la cultura islámica tradicional, en tanto designa el esfuerzo requerido a cada creyente para extender el ámbito y profundizar la influencia de la norma religiosa. Pero cuando “el esfuerzo de la yihad llega al paroxismo —dice Kepel— se expresa en la guerra santa, bien sea de conquista o de defensa”.

La yihad también inspira, aunque de manera menos ostensible, el proselitismo cotidiano, que busca hacer de los musulmanes “mejores creyentes”, y practica hacia el resto de los hombres una intensa actividad de conversión. Es “el motor de la propagación de la fe, que se efectúa mediante ‘la espada y el Libro santo’, según la expresión consagrada, dice el autor.

En cuanto a la fitna, un término menos conocido fuera de las lenguas del islam, tiene una connotación enteramente negativa: significa la sedición, la guerra en el corazón del islam, una fuerza centrífuga que lleva consigo el desmantelamiento de la comunidad, su implosión y si ruina, allí donde la yihad, por el contrario, sublima las tensiones internas y las proyecta al exterior.

“Es una amenaza permanente para la continuidad de la sociedad musulmana”, dice Kepel y ahonda, ya a mediados de 2004, en otro ángulo que puede ayudar a entender el desborde de las violencias en Oriente Medio. Según Kepel, los ulemas o guías del islam contemporáneo “han perdido el control del desencadenamiento de la yihad y no tienen los medios para advertir a los fieles del advenimiento de la fitna: han sido sobrepasados por los militantes activistas que se ríen de su cautela e ignoran deliberadamente la larga historia de las sociedades musulmanas, (…). Convencidos de colaborar en un cataclismo salvador para la comunidad de los creyentes, perpetran la ‘operación martirio’ sin darse cuenta de que la violencia mediante la que dejan voluntariamente la vida arrastra tras ella el caos de la fitna”.

Sobre el Irak ocupado por EU y sus aliados tras el pretexto del 11-S, Kepler decía entonces a propósito de la división entre chiitas, sunitas, kurdos, cristianos y turcomanos, que el país “está profundamente desestabilizado” y “pesan sombrías hipotecas sobre su porvenir como Estado unificado, mientras el país se hunde en el caos de la fitna”, con el telón de fondo de la ocupación, que el presidente Obama daría por concluida recién en 2011.

Una ocupación, avizoró Kepler un año después de la invasión, cuando la apoteosis militar de EU se había convertido ya en un estancamiento político e incluso un desastre moral, “inepta para restaurar el orden público y recomponer el tejido social iraquí. (…) Washington no tiene medios para asumir una ocupación políticamente eficaz, dada la ilusión que existía respecto a que la rapidez y la calidad de la victoria por las armas sobre el régimen baasista [de Sadam Husein] desembocaría en un éxito político y social también brillante y rápido, augurio de la democratización y de la recuperación de la prosperidad de Irak, preludio de las de Oriente Medio”.