Daños colaterales

Diálogo y racionalidad, única salida

Si bien la pancarta ayer de una joven en Caracas rezaba “Somos más que solo cifras” para justificar las protestas de los universitarios que acompañaron la entrega a la policía del líder opositor Leopoldo López, lo cierto es que los números pueden ayudar a comprender el drama de Venezuela, un país que sin embargo está obligado a hallar una convergencia dentro del respeto a la institucionalidad y la democracia para no sucumbir en el caos.

Esto supondría, de parte de la oposición, aceptar el triunfo de Nicolás Maduro en abril de 2013 y dejar de forzar un “cambio constitucional”, como reclama el ahora preso Leopoldo López; y de parte del gobierno, garantizar como lo prometió el marco democrático, incluyendo en primer lugar los derechos civiles.

Y aunque Maduro ganó la elección en forma ajustada por 50.66% a 49.07% de votos para Henrique Capriles, éste aceptó su derrota a nombre de la Mesa de Unidad (MUD) . No así López y su partido Voluntad Popular, que también integra la MUD pero sigue hablando de “fraude”.

Lo cierto es que las urnas mostraron un país cortado a la mitad con tan solo 300 mil votos de diferencia: 7.505.338 venezolanos por la continuidad chavista y 7.270.403 por un cambio. Una polarización que ayer se vio reflejada de nuevo cuando, mientras 10 mil opositores vestidos de blanco recibían como un héroe a López en la Plaza Brión, antes de que éste se entregara -valientemente- a la policía, a la misma hora y a solo mil 500 metros de distancia, 10 mil petroleros con el color rojo del oficialismo marchaban a favor de Maduro.

Dos mareas humanas a favor y en contra de dos modelos de país, pero que de seguro han de padecer cada día por igual la violencia criminal que según la joven de la pancarta sumó “24,763 muertes violentas en 2013”, junto a la inflación de 56.3%, la mayor de América Latina y un desabasto de 28% de productos. Tres poderosas razones para salir a protestar a un año casi de la muerte de Hugo Chávez, el 5 de marzo, quien gobernó el país de 1999 a 2013 bajo la conspiración permanente de EU, cuya vocación ante Maduro debe siguir siendo la misma que frente a Chávez: derrocarlo.