Daños colaterales

Colonización israelí, acicate para matar

No porque no se quiera ver, la historia deja de ser cierta con sus razones objetivas, tanto como decir por ejemplo que la Primera Guerra Mundial se detonó el 28 de junio de 1914 tras el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco de Austria. Así también, en el caso de israelíes y palestinos, la creación el 14 de mayo de 1948 del Estado de Israel en tierras del Mantado Británico de Palestina (donde vivan los palestinos), está en el origen del enfrentamiento y el odio entre ambas comunidades; peor aún porque mientras la recién nacida ONU aprobó en 1947 la partición de Palestina en dos Estados, los israelíes tuvieron desde ese mismo 14 de mayo el suyo, pero los palestinos siguen esperando por el propio desde hace 67 años.

Desde los Acuerdos de Oslo de 1993, el establishment político-militar israelí, en su mayoría laico como lo es también el Estado de Israel, y no el pacífico pueblo judío —del cual fueron parte mi padre y mis abuelos paternos, sufriendo también ellos a inicios del siglo XX la persecución europea bajo los llamados pogromos ("devastación")—, es el que ha boicoteado en forma sistemática la firma de la paz, ya que hacerlo supondría devolverle a los palestinos todo lo saqueado desde 1948 por la vía militar o la de los asentamientos de colonos, igual a más de 70 por ciento de lo que la ONU les fijó en 1947.

Por eso, antes que esta columna, el secretario de Estado de EU, John Kerry, dijo el miércoles a estudiantes en la Universidad de Harvard (http://www.aurora-israel.co.il/14-10) que "ha habido un aumento masivo de los asentamientos (...) y hay un aumento de la violencia porque la frustración está creciendo".

De ahí el anuncio del líder palestino, Mahmud Abas, ante la ONU en septiembre de que se desentiende de los acuerdos de Oslo, porque "Israel ha vivido incumpliéndolos". Pero la respuesta que le dio Netanyahu también en la ONU fue tramposa: se dijo "dispuesto a negociar ya sin condiciones", pero para crear un "Estado palestino sin armas" que conviva junto a Israel; una potencia nuclear con uno de los ejércitos más poderosos del planeta. Suena al ardid que le aplicó al león Cecil el dentista asesino Walter Palmer. ¿O acaso pretenderá Netanyahu que los palestinos se suiciden como los celtas de Numancia?