Daños colaterales

Cerco de Numancia de Cervantes y Palestina hoy

El libro de la semana

 

(A Gregorio Selser, que siendo judío defendió el derecho de su pueblo a tener un Estado, pero nunca consintió en la masacre del pueblo palestino.)

 

Si estando deshambridos y encerrados/ muestran tan demasiado atrevimiento,/ ¿qué hicieran siendo libres y enterados/ en sus fuerzas primeras y ardimiento?/ ¡Indómitos! ¡Al fin seréis domados,/ porque contra el furor vuestro violento/ se tiene de poner la industria nuestra,/ que de domar soberbios es maestra!”.

Tales las palabras que en su vibrante tragedia renacentista Cerco de Numancia (o La Numancia), escrito hacia el año 1585, Miguel de Cervantes pone en boca del general Escipión El Africano Menor, a quien en el año 133 a.C. el Senado romano le ordena exterminar al resistente y orgulloso pueblo de Numancia. Desde hacía veinte años, los celtíberos numantinos de Garray (actual ciudad española de Soria, en Castilla y León) venían repeliendo los sucesivos ataques de hasta 30 mil soldados romanos, hasta que Publio Cornelio Escipión decide imponerle un implacable sitio, que incluyó un cerco de nueve kilómetros con fosos, empalizadas y torres.

Para los altivos numantinos, el bloqueo supondría 13 meses de enfermedades, hambruna y desesperación. Pero a cambio de jamás rendirse, sus líderes —hombres, esposos, padres— ordenaron a los suyos el suicidio o los aniquilaron de propia mano antes de quitarse ellos mismos la vida. Todo menos caer prisioneros de los romanos, que 67 años antes, en agosto de 66, ya habían procedido al asedio y primera destrucción del Templo de Jerusalén, luego de haber matado en la cruz (año 30) al también judío y predicador Jesús de Nazaret.

Sobre la destrucción del Templo, las evocativas pinturas del escocés David Roberts sobre un hecho que supuso el inicio de la Diáspora judía —“remediada”, por decirlo de alguna manera con la creación en 1948 del Estado de Israel en parte de sus antiguas tierras, que para entonces ya estaban ocupadas también por árabes y cristianos— no difieren demasiado de las imágenes de destrucción, desolación y muerte que han dejado en la también cercada Franja de Gaza 50 días de guerra contra el sitio israelí impuesto en 2007, en castigo por el voto legislativo mayoritario a favor del movimiento palestino radical Hamás, surgido en Gaza en 1987 contra la ocupación israelí, y cuya carta fundacional proclama “la destrucción del Estado de Israel”, lo cual hace imposible de su parte un compromiso a fondo con la paz —aunque tampoco los Acuerdos de paz de Oslo firmados entre Arafat e Isaac Rabin (1993) derivaron en avance alguno. Más bien, Rabin fue asesinado (1994) por la ultraderecha israelí y desde entonces el prometido Estado palestino en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental sigue siendo, como desde 1948, un proyecto recurrentemente boicoteado por el establishment israelí, según demuestran los hechos.

Dice de nuevo Escipión, a propósito de la osada valentía del último de los numantinos, un muchacho, Bariato, que al arrojarse de la torre con tal de no concederle a los romanos el triunfo sobre su cautiverio, impide al general consagrar su ansiada victoria: “Oh! ¡Nunca vi tan memorable hazaña/ ¡Niño de anciano y valeroso pecho,/ que no sólo a Numancia, mas a España/ has adquirido gloria en este hecho;/ con tal vida y virtud heroica extraña,/ queda muerto y perdido mi derecho./ (…) lleva, pues, niño, lleva la ganancia/ y la gloria que el cielo te prepara,/ por haber, derribándote, vencido/ al que, subiendo, queda más caído.”

Muchas veces puesta de ejemplo por Fidel Castro como un símil del extorsivo bloqueo estadunidense desde los años 1960 a Cuba, la resistencia de Numancia grafica hasta qué punto un pueblo puede, en medio de las peores adversidades, mantenerse fiel a su identidad. Y si bien, como afirmó esta semana el premier israelí Benjamín Netanyahu, Hamás no obtuvo en rigor ninguna de sus demandas esenciales a cambio de pactar una tregua de más largo aliento —en primer lugar, el cese total del sitio económico y militar a la Franja por aire, tierra y mar—, tampoco puede decirse que el establisment de Netanyahu haya ganado.

Según una encuesta publicada el jueves por el periódico israelita Haaretz (izquierda, oposición), 54% de los israelíes considera que no hubo un ganador claro en la guerra de 50 días, frente a 77% de simpatías que Netanyahu llegó a tener durante la crisis.

Para el líder de la oposición laborista, Isaac Herzog, Netanyahu perdió la confianza de la opinión pública, sobre todo de los residentes de la zona fronteriza con la Franja de Gaza. “El ejército ganó, pero el gobierno perdió”.

Añade Haaretz que Netanyahu aprobó la tregua sin consultar con su gabinete de seguridad, y “existe la duda de que el cese del fuego se hubiese aprobado de tener que ser votado por el círculo interno del gobierno”.

Y dice el oficial romano Quinto, en el Cerco…: “Sin duda que los fieros numantinos,/ del bárbaro furor suyo incitados,/ viéndose sin remedio de salvarse,/ antes quisieron entregar las vidas/ al filo agudo de sus propios hierros/ que no a las vencedoras manos nuestras,/ aborrecidas de ellos lo posible.”