Trasvase El Zapotillo-León: “Mi gallo gana, aunque esté jolino”

Las ciudades están en continua transformación no obstante su aparente permanencia. Mientras en una parte del hemisferio están despiertos, en la otra, fluyen los sueños y la vigilia, inmersos en un inevitable cambio.

La impermanencia y el vértigo son los signos de nuestro tiempo, pues lo que  aparentemente es estable, termina por ser efímero, parafraseando a Marshall Berman,  filosofo neoyorkino del siglo pasado. Los pequeños cambios que a diario ocurren en nuestra vida individual y colectiva, pueden implicar grandes diferencias y nuevas formas de interacción socioespacial.

La sociedad y economía del conocimiento –recordando al sociólogo catalán Manuel Castells, al profesor francés Pierre Veltz y el geógrafo brasileño Milton Santos– tiene su expresión espacial y virtual en lugares y flujos interactuando en redes, que demandan capacidad conectiva, dinámica y adaptativa para reconfigurar continuamente las nuevas formas urbanas de la globalización.

La ubicuidad del capitalismo mundial está inmersa en procesos territoriales cambiantes de enclave y relocalización de sus actividades productivas, buscando territorios que generen la mayor innovación y rentabilidad económica. Muchas ciudades como la nuestra, se involucran en una competencia internacional por ofrecer los mejores entornos para ello, ante una realidad, que en el entorno latinoamericano por lo regular se presenta muy compleja, entre la escasez económica, la desigualdad social y el deterioro ambiental.

La promoción de los paraísos urbanos destinados a la creación digital desde el binomio imperfecto “global-local” busca la transformación urbana y económica de uno de los entornos tradicionales de nuestra ciudad: el Centro Metropolitano de Guadalajara. Una zona cuyas características históricas, sociales, económicas, culturales y ambientales  tiene una gran complejidad, por lo que cualquier intento de cambio seguramente requerirá de procesos que sobrepasan con mucho las intervenciones urbanísticas anunciadas.

¿Cómo transformar ciudades o parte de ellas para constituir estos oasis urbanos, y que en el mediano plazo generen entornos productivos estables de la máxima competencia y renta global? Me temo que no será sencillo, pues muchos de sus principios básicos tienen el alto riesgo de quedar en el camino, ante un proceso global tan ubicuo como inicuo, que se rige más por la mutación que por la permanencia, y en el contexto de una metrópoli que se encuentra en el punto de inflexión para su resurgimiento o decadencia. Muchas ciudades en el mundo están preocupadas por esto, tal como se constató en el reciente Foro Internacional de Megaciudades 2012. 

Desafortunadamente la apropiación social incluyente no es algo que caracterice a los nuevos territorios virtuales denominados “inteligentes”, pues no obstante su alarde de tecnología y modernidad, en el contexto de la tan referida “sustentabilidad urbana” –cuyo marco epistemológico sigue en debate académico y científico– resulta insuficiente para modificar las pautas de habitabilidad de una parte de la ciudad, donde se combinan la tradición y una modernidad malograda, con una economía formal e informal de la cual se sostienen, legal e ilegalmente, cientos de miles de personas de nuestra ciudad y región, además de los diversos problemas sociales que tienen su máximo contraste en este lugar, consecuencia de la desigualad y inequidad prevalecientes.

Las grandes intervenciones urbanas que ocurrieron en los últimos 60 años en nuestra ciudad han dejado cicatrices que aún no terminan de sanar, el gran empuje modernizador de los cincuentas y los setentas, además de la irresponsabilidad sobre el patrimonio urbano y edificado, generó condiciones propicias para lo que hoy se padece, pues duraron muchos años para incorporar estos nuevos espacios a la vida social y económica de la ciudad, muchos de los cuales aún continúan en el vacío de la especulación.

Los nuevos tiempos prometen contextos diferentes, incluso revitalizar espacios públicos y privados en los que antes se falló, aún cuando las evidencias nacionales e internacionales muestran que éstos fenómenos urbanos terminan por sustituir una población por otra. Las nuevos proyectos urbanos y arquitectónicos llegan a producir espacios aparentemente públicos e inevitablemente privados, consumidores de grandes inversiones públicas y generadores de enormes plusvalías privadas, todo en un escenario global de naturaleza selectiva que privilegia la máxima rentabilidad global, en la que los actores principales son los talentos foráneos y los grandes corporativos internacionales, y los actores secundarios son los talentos locales que constituyen “la mano de obra intelectual” de bajo costo.

La ciudad de los proyectos estratégicos, la ciudad de los promotores orientada al interés inmobiliario ante la crisis de la ciudad planificada, impulsa proyectos detonadores de alto beneficio privado, llámense: “Territorios Inteligentes, Ciudades Inteligentes (Smartcities) o Ciudades Digitales”, con un déjà vu de los grandes megaproyectos de la modernidad del siglo pasado y los  ingredientes contemporáneos de la  tecnología informática, edificatoria y urbanística. Sin embargo, no obstante que estas actuaciones  que pretenden operar a la usanza china haciendo “acupuntura urbana”, distan mucho de atenuar los dolores que provocan las enfermedades urbanas de la especulación, pues estos proyectos lejos de propiciar un nuevo orden.

Presidente del Consejo Regional para el Desarrollo Sustentable (CONREDES), AC