El testimonio de Buba Weisz

Tengo el libro en mis manos mientras escribo. Mirarlo me crea sentimientos contradictorios.

La realidad nos llega a domicilio gracias a la astucia de quienes saben fragmentarla y meterla en pequeñas cápsulas de fácil absorción. Pero, ¿qué pasa con las experiencias radicales, ésas que nos se pueden transmitir en los 140 caracteres de un tuit? Es aquí donde me interesa hablar de la creación artística, pues el arte ha sido siempre el vehículo por excelencia para darle voz a toda experiencia que resulta difícil de verbalizar, de articular.

Estas ideas me vienen a la mente después de haber leído el libro de Buba Weisz, judía de origen húngaro, radicada en México. Se titula A-11147. Tatuado en mi memoria. Auschwitz, Ünterluss, Bergen-Belsen. Es un libro que reproduce los lienzos que Buba pintó para expresar su propia experiencia del horror. Veintiún imágenes componen la memoria de Buba para recordar su paso por tres campos de exterminio, de los cuales salió viva. No puedo decir que salió ilesa porque la humanidad no pudo ser la misma después de la Shoah. Ninguna generación pasada y futura sale intacta de un genocidio. 

Tengo el libro en mis manos mientras escribo este artículo. Mirarlo me crea sentimientos contradictorios, porque a primera vista es un libro bello, un libro de esos que podrían ponerse en la mesita de la sala. Sin embargo, su contenido obliga al lector a mirar en silencio, a desacelerar el ritmo, a conectarse con las fibras de su propio corazón. Hay un dolor inmenso en cada página. El contenido de las imágenes y textos nos alejan del turismo sentimental, de la frivolidad. El libro es único porque su belleza no es de mesa de café. Es un libro que sirve para el recogimiento y el diálogo con uno mismo. Merece un lugar especial en nuestro estante.

A medida que repaso las imágenes vuelvo a sentir la misma inquietud que me invadió cuando las vi por primera vez. No sólo los colores fríos me estremecieron. Los colores cálidos tuvieron el  mismo efecto: me congelaron, me transportaron por un momento a ese lugar donde no es posible la esperanza. Me concentro en un solo lienzo de Buba, en el que aparece un portón cerrado con candado. En la parte superior, sobre un fondo rojo, aparece la frase: “Ustedes que entran aquí, abandonen toda esperanza”. Es la leyenda que imagina el  poeta italiano Dante Alighieri en su Divina comedia antes de traspasar la antesala del infierno. La frase comunica la sensación de imposibilidad, porque una vez traspasada la puerta no hay marcha atrás. Imagino ese acto de travesía y siento escalofríos.

Quiero repasar ese pasaje contado por Dante, porque estoy segura de expresa un punto de vista que funciona hoy, en el siglo XXI, a pesar de que el poema fue escrito hace setecientos años. Vayamos al canto 3.

Dante y su guía, Virgilio, entran a un lugar en donde no se reconoce si es de día o de noche. Al no poder ver claramente, la primera impresión que tiene el poeta de ese lugar es de tipo auditivo: escucha suspiros, llantos y gritos que lo conmueven. Con la cabeza llena de dudas, Dante pregunta a Virgilio qué sucede. Virgilio le empieza a explicar que se encuentran en la antesala del infierno, donde son castigadas las tristes almas que en vida no hicieron ni el bien ni el mal por su elección de cobardía. Por su indiferencia. ¿Cuántas puertas cerradas?, ¿cuántos muros se construyen a nuestro alrededor y en medio de nuestra indiferencia, indiferencia al presente e indiferencia al pasado?

Vuelvo a la imagen pintada por Buba, donde hay  una puerta cerrada con candado. Nosotros tenemos la suerte de encontramos en la parte exterior del muro. El estar afuera es un alivio, pero también un riesgo, por el hecho de no querer ver o  no querer saber qué sucede tras las rejas, tras las puertas cerradas. En la pintura de Buba, los espectadores no vemos nada tras la tapia, pero podemos imaginarlo todo. Podemos hacernos preguntas, y al preguntarnos, tenemos la posibilidad de intervenir. Recordar es una de las formas de participar en la exigencia ética de traer el pasado al presente.

Esa es la magia del arte y la elocuencia de las pinturas de Buba Weisz.

La obra pictórica de Buba Weisz me sugiere la necesidad de reconocernos como una comunidad con un déficit de trabajo de memoria, falta que es posible enfrentar y subsanar a través de la imaginación. La posibilidad de ejercer la imaginación para reconstruir el recuerdo se revela como un camino para evitar la repetición de patrones violentos. El arte, la literatura nos permiten la recuperación la justa memoria.

Tuve la fortuna de conocer a Buba en la presentación de su libro en el Tecnológico de Monterrey: a sus 89 años se muestra cordial, menuda, suave, tranquila. Algo mágico sucedió en ese momento.

Nos transmitió la convicción de que es posible transformar un sentimiento como el odio, en vida y esperanza. Gracias, Buba Weisz, por tu valentía y tu fuerza. Gracias por tu legado.

inessaenz@hotmail.com