Mi mundo WhatsApp

¿Recuerda usted cuál fue su primer texto escrito desde un teléfono celular? En mi caso, la memoria no es tan privilegiada, no recuerdo esas palabras. Seguramente mi primer mensaje fue banal y poco memorable. Sin embargo, tengo clara una imagen. Recuerdo una pequeña pantalla donde podía jugar un juego plano visualmente, lineal, bidimensional, blanquinegro. El juego en cuestión era el de una víbora que se arrastraba por los márgenes de la pantalla y tragaba puntos, haciéndose cada vez más larga. A medida que avanzaba, el cuerpo de la serpiente crecía y se hacía tan largo que inevitablemente llegaba a comerse la cola. Eso marcaba el final del movimiento, con lo cual había que volver a empezar.

Es curioso que recuerde con mayor nitidez una imagen que las palabras, pero así guardo mi primer recuerdo del teléfono celular de la era digital. Esa viborilla inocua marcó en mí el inicio de algo más grande; originó el mundo surrealista en el que me encuentro metida gracias a ese prodigio rectangular que me tiene secuestradas las manos y la vista en una ficción sin intermedio.

Más que los likes de Facebook, los mensajesde WhatsApp confirman por sí solos la locura de mi existencia. Sus señales son extrañas e impredecibles; asaltan mi teléfono a cualquier hora. Lo único que puedo afirmar es que algunos mensajes tienen sentido del ritmo. Unos suelen ser mañaneros y otros nocturnos. Merecen un caso aparte aquellos que parecen tener un permanente sentido de urgencia; sus comunicados nos embisten las veinticuatro horas del día.

Confieso que las mañanas suelen depararme las experiencias más alucinantes. Pareciera que la abstinencia nocturna inflara la energía de los más comunicativos. Hay algunos que gustan desear los buenos días disfrazados de animales: un redondo patito feliz me desea un feliz lunes, y muchas mañanas el dichoso patito y otros animales sacados del arca de Noé imaginada por un demiurgo cursi desean que mi vida sea dichosa cada día de la semana. No sé por qué, las mañanas despiertan en algunas personas el deseo de ubicarnos en el mapa del tiempo. Algunos suelen levantarme con un “¡kikirikí! ¡Ya cantó el gallo!”, seguido del santoral del día y un cronograma de los hechos más relevantes de la historia donde se mezclan (cito el mensaje más reciente) el sitio de Tenochtitlán con el nacimiento del actor desconocido Bruce Bennet y la muerte de Lawrence de Arabia. Leer esto equivale a desayunar capirotada. En mi experiencia, dar un bocado a ese plato típico de Cuaresma me produce asco y deleite a la vez, por la combinación disparatada de sus ingredientes.

¿Y qué decir de aquellos que explotan la vena filosófica con la cantidad de consejos a la carta? En mi caso, lo más letal no es el contenido sino la dosis. Hay una especie de migración de palabras que inician de manera tímida, para luego repetirse hasta volverse una especie de mantra. En lo personal, acepto casi todo, menos las equivocaciones que nos confunden. Aquí no hay seriedad. Innumerables frases falsas son atribuidas con total desenfado al Papa y al Dalai Lama. Me compadezco de casos graves como los de Borges y Saramago, a quienes se les ha endilgado una buena cantidad de disparates.

Sobre los emoticones me reservo el final. Son elocuentes, no cabe duda. Yo los uso todo el tiempo para aplaudir, para mostrar que estoy de acuerdo, para compartir mi alegría, enojo, tristeza. O para expresar mi entusiasmo con una bailaora de vestido rojo y manos al aire. Me gustan las flores y el sol, o las flamas para indicar el calor infernal que nos asfixia. Percibo que mis palabras ya no son suficientes. En la cadena de desencuentros verbales,  palabras tan simples como “felicidades” se han vuelto grises, mediocres, sosas si no van aderezadas por interjecciones y unos cuantos símbolos de diversión: el pastel, la copa de vino, el sombrero de fiesta con serpentinas. Las conversaciones se han convertido en una esgrima icónica. Quien usa solo palabras dice poco. Y no hablo de cuestiones de sustancia, pues este medio no lo permite. En ese mundo queda descartada nuestra dura realidad, las discusiones serias, lo que verdaderamente importa.

Descubro que en WhatsApp soy una persona conectada y feliz.

inesaenz@gmail.com