La revolución silenciosa

La conectividad nos está metiendo en el epicentro de una revolución sin precedentes. Cada uno de nosotros experimentamos los efectos de una transformación radical de la vida, que a las mujeres nos ha llegado sin ideologías ni partidos políticos, simplemente con el acceso a internet. Sus efectos en nosotras son enormes. Me atrevo a decir que aquí viene una ola de cambio imparable y arrasadora, que no llegó a imaginar el científico del MIT que en la década de los 60 diseñó un hipotético modelo de redes. Para explicar mi idea empezaré, como se debe, por el principio.

Hace más de ochenta años, en 1929, la escritora británica Virginia Woolf escribió Un cuarto propio, ensayo donde reflexionaba sobre la precaria situación de las mujeres. En ese libro nos regaló un par de ideas que fueron definitivas para entender cuáles eran los requisitos para que las mujeres pudieran escribir (y por extensión, producir arte o cualquier cosa): quinientas libras al año, y el derecho a tener un cuarto propio. La dimensión material era para Woolf el requisito más importante con que las mujeres debían contar para tener acceso a una vida productiva. El cuarto propio era clave, pues en general, las mujeres habían nacido para vivir en espacios compartidos. Su mismo cuerpo estaba destinado a ser compartido con sus hijos. La maternidad era la experiencia culminante de ese compartirse y repartirse en muchos fragmentos para poder criar y educar a los hijos.

El cuarto propio era entonces una quimera que empezó a hacerse realidad a partir de la Segunda Guerra Mundial, con la incursión masiva de las mujeres al mundo laboral. Sin embargo, ese espacio planteaba una enorme disyuntiva: ¿De qué manera compaginar las exigencias de un mundo exterior con el que demandaba la casa? ¿Maternidad o trabajo? Esa mentalidad que operaba bajo esquemas excluyentes ha llegado a otra etapa, gracias a la experiencia de la conectividad. El cuarto propio se ha conectado, y los pasos que se han avanzado gracias a la tecnología no permitirán la marcha atrás. Le recomiendo que lea los libros de la escritora española Remedios Zafra, quien nos explica las posibilidades que tenemos hoy de gestionar nuestra subjetividad gracias a la red.

El cuarto propio ha lanzado sus tentáculos, se ha conectado y desde ese espacio interior, sin pisar la calle, es posible tener acceso al mundo al que antes había que conquistar con mucho esfuerzo y sacrificios. A pesar de que el mundo laboral y nuestras estructuras mentales se mueven mucho más lento que la tecnología, el teletrabajo es ahora una opción real para muchos. ¿Y qué decir de las maravillas que ofrece la telefonía celular en términos de comunicación con los nuestros?

Mucho se ha hablado de Facebook y demás redes sociales. Sería bueno discutir todo lo que han provocado Google Maps (o cualquier geolocalizador) y WhatsApp, aplicaciones que nos han permitido tener una comunicación especial e intensa con los hijos. En una pequeña encuesta que hice entre amigas y colegas que trabajan fuera de casa, todas me dijeron que estas herramientas les permiten ejercer la maternidad de otra manera, sin estar físicamente presentes. Les permite además saber en dónde están e intercambiar textos que van desde el intercambio casual hasta cuestiones más serias. No se diga las imágenes, que nos invitan a ser testigos de la instantaneidad sin estar allí. El internet ha creado un fenómeno: “la autonomía protegida”, con la cual la presencia física de la madre no es necesaria porque la virtualidad le ayuda a estar cercana a sus hijos y los sigue protegiendo.

El desarrollo de la tecnología nos ha beneficiado.

Nadie sabe para quién trabaja.