Tres regalos

Me voy a dar tres regalos.

El primero será recuperar el movimiento total de la cabeza.

Para hacerme acreedora de este don, habré de ejercitarme en la habilidad de sacudirla con fuerza, para luego dirigirla a cada uno de los cuatro puntos cardinales. 

Tendré que ensayar movimientos insólitos, como por ejemplo, mirar hacia los lados y hacia el cielo. Quedarme absorta sobre algún punto de mi costado izquierdo o fisgar a alguna nube, si el cielo me lo permite.

Intentaré crear una rutina cotidiana que me deje recuperar posibilidades de movimiento perdidas en aras del obsesivo seguimiento a la pantallita. No me caería mal un masaje en el cuello, sobre todo en las abultadas primeras vértebras donde se concentra una dura comunidad de nudos.

El azaroso viaje de mi cabeza me permitirá, tal vez, recuperar el oído y escuchar con plena conciencia las palabras cercanas… y hablar, con otro ritmo, sin plan.

El segundo regalo será la posibilidad de elegir una lectura.

Un desafío más para mi cuello, que después de tanto movimiento tendrá que quedarse fijo, sosteniendo literalmente mi atención.

Hay varios libros que quiero leer, y uno al que se me antoja regresar, pues lo leí hace muchos años: La vida que se va, de Vicente Leñero. Quiero volver a toparme con la escritura de Leñero, y hacerle un homenaje desde mi contacto con el papel. Recuerdo algo que me cautivó de la protagonista: la posibilidad de vivir múltiples vidas, pues con la propia no nos alcanza para mucho. Gran tema que responde a uno de nuestros deseos más profundos: poder ser otra persona, y responder con la imaginación a una íntima pregunta ¿Qué hubiera pasado si…?

De momento no tengo el libro, que está metido en una caja, resguardado del maltrato de tanta mudanza. Veré si soy tan valiente de lanzarme a comprarlo en estos congestionados días decembrinos.

El tercer regalo es recuperar el silencio.

No me refiero al silencio que implica la ausencia de sonido (aunque ése también me caería de perlas). Quiero hablar de otro tipo de silencio, el que se logra cuando uno mantiene la mente despejada y abierta.

Últimamente me he sentido más aturdida que de costumbre. El año ha sido particularmente intenso, no sólo en lo personal, sino también y sobre todo en nuestra vida nacional. Las tragedias ajenas, que en realidad son tragedias de todos, están allí, inolvidables, agazapadas en cada brindis, en cada villancico, en cada abrazo navideño.

Me percato que la realidad exige otras cosas, más ajetreo, más descentramiento, más de todo. El tipo de silencio que busco es casi imposible y está cada vez más lejano.

Por eso creo que estos tres regalos me permitirán —quizá— rescatar algo de mi humanidad.

Que estas fechas nos permitan la posibilidad de un inesperado encuentro con nosotros mismos.

Felices fiestas.

 

inessaenz@hotmail.com