Todo lo que usted quiere saber sobre el "mobbing" y nunca se atrevió a preguntar

El trabajo, la dimensión profesional, constituye una parte central de nuestra existencia. Las personas privilegiadas dedican el primer tercio de su vida a prepararse para tener acceso a un mundo que marcará sus tiempos, movimientos y pausas; un mundo surcado por una frontera entre aquellos que tienen la suerte de ganarse la vida, y los que viven fuera de esa posibilidad.

Lo que sucede dentro de la situación laboral es tan importante, que de eso depende la calidad de la vida que se vive fuera del reloj que mide el rendimiento. Por eso es necesario hablar de una situación imperceptible pero cada vez más común y alarmante, con repercusiones negativas en el equilibrio y calidad de vida de las personas; el artículo 3b de nuestra Ley Federal del Trabajo lo llama hostigamiento, otros le llaman acoso laboral y el psicólogo Heinz Leyman lo bautizó como mobbing. Si el bullying es la pesadilla de la experiencia escolar, el mobbing es su equivalente en la vida adulta económicamente activa.

El mobbing es una de las expresiones más brutales de poder de nuestro mundo civilizado. Por lo general, lo ejerce un jefe contra su subalterno: son actos de hostilidad (muchas veces encubierta y por ello invisible a los ojos de los demás) de un individuo o un grupo hacia una persona concreta, agresiones que le impiden vivir de manera sana. ¿Cómo saber si las agresiones ocasionales que se pueden sufrir en el trabajo se convierten en mobbing? Si se cumplen tres condiciones: son actos hostiles; se presentan con frecuencia, es decir de manera sistemática, y además se prolongan durante un periodo largo (Leyman lo acota a un mínimo de seis meses). La víctima de esta conducta violenta empieza a experimentar un aislamiento de su entorno, un sentido de culpabilidad, una creciente sensación de ansiedad y una incapacidad de comunicarse con eficacia. Es decir, vive en carne propia la exclusión.

Interesa comprender qué provoca este comportamiento hostil. De acuerdo con algunos psicólogos y abogados que han estudiado el tema, las estructuras laborales donde prevalece un alto sentido de competencia, provocan una sensación de alerta, un constante estar al acecho. Si en este contexto aparece una persona que presenta características diferentes respecto del agresor, esta diferencia puede despertar ciertos miedos (conscientes o inconscientes) que hacen que la víctima sea percibida como una intrusa, una amenaza o un obstáculo. Cuando la empresa vive circunstancias de mucha tensión, como una situación económica precaria o una restructuración, ser diferente se convierte en una enorme desventaja, en un factor de vulnerabilidad. Se puede tratar de una discapacidad, o bien de tener una diferente religión, nacionalidad, cultura, género, preferencia sexual o estatus social. Basta con que la persona se distinga como diferente para que sea percibida como un obstáculo a la cohesión del grupo en vez de ser vista como una oportunidad de enriquecimiento a sus potencialidades.

Una cultura como la nuestra que promueve y valora la homogeneidad es más propensa a crear situaciones que induzcan al mobbing. Sin embargo, el miedo al otro puede ser domesticado si se fomenta una educación en la que la diferencia sea vista como una ventaja. 

En última instancia, es posible domesticar el miedo si somos capaces de reconocerlo. Y para ello hace falta un agudo conocimiento de nosotros mismos, y entrenarnos en la autocrítica. En un ambiente donde prevalece la competencia y donde el otro se convierte en un enemigo potencial, hay que estar alertas de nuestra infinita posibilidad de destruir.

Parece ser que las lecciones de nuestro viejo Sócrates siguen siendo válidas el día de hoy: “Una vida no examinada no es digna de ser vivida”.

 

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