El orgasmógrafo

Tener ganas o incluso tener más ganas, es el asunto que la Agencia de Salud de Estados Unidos, la FDA, pretende controlar al aprobar la ADDYI, llamada también la píldora del deseo; el Viagra rosa que ayudará a muchas mujeres a tener una vida sexual más activa, según lo dicen algunos medios. La píldora en cuestión promete aumentar el deseo de las mujeres que pudieran padecer de alguna disfunción sexual relacionada con la falta de apetito en esos terrenos. Es un medicamento polémico porque al parecer su efi cacia es mínima, imperceptible, y sus efectos secundarios seguros.

De acuerdo a los diarios canadienses y estadunidenses, la píldora se creó a partir de un cuestionario de diecinueve preguntas hecho a miles de mujeres, en donde trataron de establecer el índice de función sexual femenina, índice que ubica el criterio de frecuencia como el criterio rector de la sexualidad femenina.

Evidentemente, y aunque no queda clara cuál es la norma, percibo que la negativa, la falta, es condenable, no así el exceso.

Pensar en los efectos que ha tenido el viagra en la conducta y psique masculina da para una profunda reflexión, y es deseable un remedio similar para las mujeres. Sin embargo, vislumbro que en todas estas cuestiones relacionadas con la sexualidad, se asoma por allí un diablillo dictador que no permite disidencia.

La idea de regular el deseo parte del entendido de que el no deseo es el nuevo pecado, un reproche. La negatividad está prohibida y hay que decir que sí.

Responder afirmativamente, poner una carita feliz, estampar la firma con la manita guiada por el pulgar izado hacia el cielo son los nuevos retos a los que nos enfrentamos quienes creemos en el ejercicio saludable de dudar y decir que no.

Como sucede en Facebook, no existe la posibilidad de que la vida nos permita decir no, resistirnos, responder con una negativa, un DON'T LIKE. Tenemos que decir sí o quedarnos callados. En esta espiral del rendimiento a toda costa, de la felicidad totalitaria, nos llega la no tan eficaz píldora rosa para invitarnos a marchar en el desfi le del deseo y sumarnos sumisamente a la felicidad del cuerpo satisfecho.

Me pregunto: ¿En qué reside nuestra verdadera liberación? ¿En la cantidad de veces que repetimos una conducta? Creo que el camino no va por allí.

Cuando me entran estos ataques de pánico, acudo a mi remedio literario infalible. En este caso, busco a Enrique Serna, escritor mexicano, creador de cuentos magistrales, maestro singular de la ironía, de la crítica mordaz.

En esta ocasión, repaso uno de sus cuentos titulado "El orgasmógrafo", que aparece en el libro de relatos que lleva el mismo título.

Trata de un país imaginario regido por un gobierno totalitario que exige a sus ciudadanos rendir cuentas de su intimidad y contribuir al bienestar nacional con una cuota de cinco orgasmos a la semana. Los habitantes de dicho país son "borregos, sin albedrío, dóciles piezas en la maquinaria de la promiscuidad institucional". Sin embargo y para espesar la trama, aparece un personaje peculiar, la heroína Laura Cifuentes, joven de diecinueve años que decide dar la contraria, resistir y apartarse del rebaño que bautiza como "cogelones robotizados".

Aclaro: mi postura no es moral ni moralista. No estoy ni en contra ni a favor de una actividad humana milenaria. Lo único que quiero puntualizar es la importancia de que cada quien sea dueño de sus cuotas y de sus ganas.

¿Qué es lo normal? ¿Qué es lo anormal?

¿Acaso el criterio del número, de la cantidad es lo único que debemos tomar en cuenta? Creo que no hay respuesta, pues somos tan diversos que cada uno puede responder con su frecuencia personalísima. Lo que me preocupa es que el mandato de rendimiento alcanza todos los órdenes de la vida, dejándonos poco espacio para la verdadera libertad personal.


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