Duelos

Qué curioso resulta nuestro sentido del tiempo cuando nos detenemos a echarle un vistazo. Publiqué mi último artículo unos días antes de que Trump ganara las elecciones. Sólo veinte días han transcurrido y el tiempo se ha convertido en otra cosa. Pareciera que el pasado y el futuro se confunden, y lo que dábamos por garantizado se presenta ahora bajo amenaza. El futuro, que parecía trazarse como un camino derecho, se tuerce y da la vuelta sobre sí mismo.

En veinte días, el cerebro reptiliano de muchos se ha puesto al frente, y su corazón ha regresado a la barbarie. En veinte días aparecen blogs racistas en el vecino país, donde se dedican a hacer linchamiento verbal a afroamericanos, sólo por el color de su piel. En veinte días el miedo se apodera de muchas mujeres que sienten que han perdido el control de su cuerpo. Quienes han dedicado su vida al estudio del cambio climático, a los derechos de las minorías; quienes han creído en las bondades de las fronteras abiertas, han dejado de tener un sueño plácido.

A partir del triunfo de Trump, nos hemos sentido obligados a girar en las aristas del tiempo. A sentir que lo que se había dejado atrás regresa con fuerza; parece que las épocas distantes están mucho más cercanas de lo que parecen.

¿Y qué decir de la experiencia del tiempo en nuestro país?

Gabriel García Márquez escribió su novela Cien años de soledad en México: tenemos la sensación de que el tiempo da vueltas en redondo, y su transcurrir no es otra cosa que la repetición.  Sabemos que nos tocará vivir en carne propia las más graves secuelas de la proximidad con el gigante. ¿Por qué nos sentamos a llorar con los brazos cruzados? Como país, no hemos hecho la tarea que nos corresponde para buscar estrategias que nos permitan crecer, desarrollarnos. Tenemos que dejar de lamentarnos, ser autocríticos y actuar. Actuar por el bien de todos, incluidos aquellos que expulsamos año con año en oleadas migratorias hacia el norte.

¿Qué hemos dejado de hacer para que este país merezca otro destino que no sea el de repetirse?

¿Qué pasaría si cada uno hiciéramos algo que marcara la diferencia? 

Esta idea me la ha inspirado un joven guerrero que ya no está con nosotros. Su breve e intensa vida fue especial porque decidió no cruzarse de brazos, trascender sus limitaciones y transformar su entorno. Esto que digo parece cliché y frase fácil, pero no lo es. He intentado imaginar cada uno de sus días en el que animar su cuerpo para levantarse, moverse a través de una silla de ruedas, mantener la cabeza erguida y respirar con trabajo habrían desalentado a cualquiera. Él, en cambio, decidió sobreponerse y luchar por un México más incluyente. Su padecimiento lo puso en otra trinchera: fundó Puertas Abiertas, una asociación dedicada a trabajar con las empresas para hacer realidad la inclusión de personas con todo tipo de discapacidad.

El día de ayer me dediqué a leer los textos que escribió y alguna entrevista que resaltaba sus cualidades. En lo personal, lo que más me conmovió fueron sus palabras.

Javier Chávez Lutteroth logró que muchas empresas se sensibilizaran e hicieran ajustes (mentales y de infraestructura) para contratar a personas con discapacidad. Su sueño era lograr que la inclusión se volviera algo natural. Al respecto, Javier declaró lo siguiente: “Si cada uno de nosotros hacemos algo para mejorar el medio ambiente, disminuir la violencia, acabar con la marginación y pobreza, y crear una sociedad más incluyente, viviremos en una comunidad con gente plena y feliz”.

Hoy, en medio de los miedos y las angustias, sus palabras cobran importancia. Se convierten en una invitación a poner manos a la obra y movernos de sitio.

Quiero cerrar con un guiño a sus maravillosos padres, citando a David Grossman, un escritor que también perdió a un hijo tan valiente como Javier, y justamente en honor a él dijo esta frase:  “Hay que actuar en contra de la gravedad del duelo y decidir que no podemos caer.”