Las mujeres y la escuela

Mis palabras de hoy están pensadas para todos aquellos que han vivido el ritual de las graduaciones. Una experiencia complaciente, sin duda, para quienes la gozan. Quedan excluidos los ninis, y los que desafortunadamente han quedado fuera del sistema educativo desde temprana edad. Dirijo mi atención a los padres de mujeres, cuyo número abunda cuando entramos en materia de esfuerzo y logros, y en estas reflexiones.

Ayer sábado fue un día especial para María, Sara y Luisa. A sus dieciocho años se graduaron con honores del bachillerato. Los más altos.

Las vi radiantes, sonrientes, llenas de energía, como sucedió con todas las bachilleres que pasaron por su diploma. Muchas obtuvieron premios. La agilidad y entusiasmo de todas pintaba de colores vibrantes el ambiente. En ese momento, el futuro de esas jóvenes parecía desplegar un horizonte vibrante de colores. Una esperanza.

Sin embargo, no dejo de entrever sombras que acechan. Dudas que escondo y no me atrevo a expresar en los momentos de alegría, abrazos, besos en las mejillas y ganas de pasarla bien. Temo ser aguafiestas, pero no me queda más remedio que pensar en la ficción de este momento que hace creer a todas estas chicas inteligentes, cosmopolitas, educadas, que el mundo será fácil una vez que salgan de los muros universitarios. Que basta con el tesón, la voluntad y la inteligencia para salirse con la suya.

Tendrán que ser muy cautas y saber que el camino es largo. Saber que hay obstáculos absurdos que se les presentarán sólo por el hecho de ser mujeres y por vivir en México. En realidad, el mundo se presenta cada vez más irracional y difícil para nosotras. Nuestro país no tiene la exclusividad, pero sí la desgracia de ser particularmente inhóspito para ellas. Para nosotras.

En vez de decírselo, prefiero escribirlo. Ellas ya saben que no pueden caminar con toda libertad y solas por la calle, porque hay personas que creen que las mujeres son sólo una propiedad que se toma y se desecha. Saben que deben cuidarse y aun así no hay garantía de regresar intactas de chiflidos, toqueteos o simples acercamientos amenazantes.

Lo que no saben es que hay otro tipo de durezas que se presentarán en su vida. Por ejemplo, la cantidad de trabajo que tendrán que realizar por el simple hecho de ser mujeres. La mayor parte del trabajo no remunerado recaerá en ellas, porque los cuidados parecen pertenecerles sólo a ellas. Tengo las tristes cifras del INEGI que lo comprueban. O de la OCDE. Las mujeres sacan adelante las vidas de este país de una manera aparentemente natural, porque a ellas les toca, aunque nadie pague por ello y aunque nadie lo quiera reconocer.

¿Y qué decir del trayecto laboral? Así como aparecen zapatillas transparentes en los cuentos de hadas, el techo de cristal es una realidad flagrante para ellas. Tendrán que esforzarse con intensidad, porque el merecer respeto y credibilidad las obligará a mostrar innumerables evidencias de su capacidad. Su empeño deberá ser mayor que el de sus colegas. En el contexto de hoy, y ante la carencia de mujeres líderes en diversos ámbitos, ellas carecerán de un grupo solidario de jefazas que las apadrinen, que las aconsejen, porque la solidaridad y el apoyo todavía no trascienden lo géneros.

Tendrán que ser decisivas, astutas para cambiar las reglas del juego, para ser insumisas al destino.

Lo que sucede es que el camino tiende muchas trampas, y tendrán que ser cautelosas para no caer rendidas ante el amor que controla, ante la cortesía que inmoviliza, ante los piropos que esclavizan, ante un tipo de maternidad que elimina las opciones y el porvenir.

Soy dura. Lo sé. Por ello, me quedé callada y decidí brindar, abrazar y reír por los triunfos escolares.

Me queda claro que la educación académica se queda corta porque, si bien prepara para el mundo profesional, las deja desarmadas para el mundo de los afectos y los prejuicios.

Necesitamos de otros aprendizajes que entrenen en la alerta y en la conciencia de que nosotras podemos hacer un mundo mejor. Hacerlo, no sólo contemplarlo.

inesaenz@gmail.com