El gran silencio

También se conoce como la Paradoja de Fermi: se refiere al sorprendente silencio del universo, un silencio cuya mudez desconcierta, porque nosotros lo imaginamos como un espacio sonoro, donde confluyen las voces más dispares. En realidad, el espacio sideral nos regresa al vacío.

Para nosotros es casi imposible escuchar el silencio. Algunos se empeñan en la terca tarea de intuirlo, incluso con los ojos cerrados. Nos rodea el ruido constante de nuestra respiración, nuestras palabras. El suave murmullo del ruido blanco que según expertos nos ayuda a bien dormir. Se ha hablado hasta el cansancio de la importancia de la imagen.

Creo que nuestro siglo es escandaloso en su obsesión por el sonido.

Recorro la ciudad con las ventanillas del coche cerradas, intentando aminorar los bramidos de la calle: el claxon de los autobuses, el tronido de los escapes, el ronroneo de los motores y el rechinido de las llantas, que me persiguen hasta llegar a mi trabajo, donde me esperan las voces de mis compañeros, la mía –sin duda–, el taconeo grave o agudo de los múltiples zapatos, el claquear del teclado, y todos los ritmos acompañados de los diferentes timbres de mi celular.

Para algunos, el sonido ayuda a paliar la soledad. Ciertos conocidos encienden la televisión cada mañana en busca de una compañía parlante, que simula cercanía, que monologa sin exigir respuesta. Es curioso observar que el silencio es un gran tabú de los medios masivos: su presencia es anatema. Conectarnos al radio o a la caja mágica es condenarnos al ruido eterno. ¿Y qué decir de las cafeterías y restaurantes? Sospecho que existe la creencia que el ruido, lejos de aturdir, vende, reconforta, acalla los demonios internos.

Mi abuelo Manuel nació sordo. Aunque aprendió a hablar de niño con mucho empeño y paciencia, nunca escuchó un sonido y mucho menos entendió sus matices: nunca pudo distinguir el chasquido del crujido, el tintineo del susurro, el ronquido del gemido. Toda su vida añoró aquello que nos fastidiaba. Amaba el cine italiano porque le regalaba buenas historias, espléndidas actrices y subtítulos. Era un aficionado al futbol, aunque nunca pudiera emocionarse con el grito de gooooool. Sentía una enorme nostalgia de sonidos. Nunca pudo distinguir el acento mexicano del español, ni hablar otro lenguaje que no fuera el de las señas. La gente, que no sabía cuál era el acento de los sordos, creía que el abuelo Manuel era alemán.

Nuestra relación con el sonido empieza desde la más tierna edad: aprendemos a deletrear, a pronunciar, y ese sonido se relaciona con nuestra capacidad de aprender y relacionarnos con los demás.

El escritor Ted Chiang escribió un pequeño relato titulado El gran silencio, donde nos compara con los pericos en el sentido de nuestra existencia como seres vocales.

Me sorprende  leer ficciones donde aparecen sonidos que hemos olvidado, porque las ciudades han crecido tanto que han acallado sus ruidos de antaño: el repicar de las campanas, el silbar de los pregoneros, el cantar de los vendedores ambulantes. Un mundo que no existe más.

Hay otros sonidos que olvidaremos en el futuro: el rugido de algunos felinos, el parloteo de los pericos, el barritar de los elefantes, el gruñido de los osos. Los biólogos nos dicen que si no hacemos algo por la Tierra, estos animales y muchas otras especies pasarán a ser personajes de leyenda.

Quienes creen en la vida inteligente más allá de la frontera planetaria, rastrean evidencias de sonidos, huellas, polvos de estrella. Por eso se construyen observatorios como el de Arecibo, para buscar inteligencia fuera de la Tierra.

Quizá haya una lógica en la aventura espacial. Quizá sea más fácil imaginar la comunicación con los extraterrestres que con el vecino.

Hoy se celebran las fiestas decembrinas con un cambio temático y el ruido del estereotipo es tan insistente que termina por hartarnos.

Esperemos que las voces de 2017 nos traigan otras historias cargadas de esperanza.

Felices fiestas.