El amor y las ganas

A pesar de que algunos intelectuales lleven más de una década advirtiéndonos sobre los poderosos efectos del mercado y el consumo en nuestro comportamiento, no deja de asombrarme el hecho de que hoy todavía vivamos en una esquizofrenia cultural: añorar con nostalgia la estabilidad de las relaciones, los gustos, los hábitos, el trabajo, y al mismo tiempo vivir un dinámico ritmo de cambio en todos los órdenes de nuestra existencia.

Zygmunt Bauman lo explica con un adjetivo que nos describe de cuerpo entero: nuestra humanidad del siglo XXI se ha vuelto líquida. Con ese solo concepto, el sociólogo polaco saltó a la fama. ¿Qué caracteriza esa acuosidad de la vida actual? ¿Cómo es eso? Mientras me hago la pregunta, imagino la imposibilidad de atrapar las gotas, de sostenerlas o guardarlas entre mis manos. ¿De qué manera atrapar una parte del arroyo? ¿Ponerlo en el bolsillo? ¿Acariciarlo? Imposible.

La dificultad de establecer relaciones duraderas, o el no quererlas; la proliferación del erotismo virtual, del goce de una noche o de un rato; la resistencia a construir una relación personal con todo el esfuerzo y compromiso que implica; el trato con el otro como una relación de úsese y tírese: en eso se ha convertido el amor, nos dice Bauman.

Un ejemplo ilustrativo que expone en su libro Amor líquido nos muestra que la tecnología tiene algo de espejismo, porque impulsa a aparentar una ficción de proximidad que enmascara la lejanía entre las personas: "Los celulares ayudan a estar conectados a los que están a distancia. Los celulares permiten a los que se conectan... mantenerse a distancia". Pensemos en ejemplos cotidianos: es más fácil dar un like a los amigos de Facebook que escuchar atentamente a quien tenemos enfrente. Resulta mucho más tentador leer las escuetas frases del WhatsApp que sostener una conversación en tiempo real. La banalidad se ha apoderado de nosotros, y sobre todo, la simulación. Recuerdo los enredos que vive la protagonista Pepa en la divertida película ochentera de Pedro Almodóvar Mujeres al borde de un ataque de nervios: Pepa se entera del rompimiento amoroso a través del mensaje que el amante le deja en la contestadora del teléfono; las palabras grabadas en el aparato confunden: el amante insiste en que la busca y no logra encontrarla, cuando en realidad aprovecha las facilidades que le da la tecnología para no tener que tocar a su puerta y decirle adiós cara a cara. Las carcajadas nos dejan con un sabor agridulce, con una inquietud sobre las relaciones humanas. Hoy las contestadoras han quedado atrás. Sin embargo, es indudable que Almodóvar intuyó con su uso, algo que se volvió más agudo con el paso del tiempo. Hoy, con la proliferación de las redes sociales, los encuentros en pantalla nos sugieren un miedo al rostro, al cuerpo real y sobre todo a las relaciones reales con todos sus inconvenientes.

El consumo de objetos que han acortado su tiempo de vida para dar paso a la compra de otros mejores, actualizados, más estéticos, la moda efímera que dura lo que un parpadeo, nos refuerza la idea de que lo importante es satisfacer las ganas. Bauman nos habla de algo extraordinario que experimento cuando entro a un centro comercial: la breve expectativa de las ganas. A diferencia del deseo, que se construye, se moldea, se trabaja, las ganas se parecen a las necesidades fisiológicas. Las ganas se satisfacen y ya está. El amor y la amistad que se anuncian hasta el cansancio con la celebración de San Valentín, son, en la época del remake, de lo reloaded, del remix, objetos de consumo que entretienen mientras nos sirvan. Nada más.

Cierro este artículo con otra reflexión de Bauman que nos puede servir al menos para suspirar: "Amar significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el gozo en una aleación indisoluble, cuyos elementos ya no pueden separarse. Abrirse a ese destino significa, en última instancia, dar libertad al ser: esa libertad que está encarnada en el Otro, el compañero en el amor".


inessaenz@hotmail.com