Pueblos que fueron

Yo ya me voy
a morir a los desiertos
me voy
del ejido.


Sentada frente a la ventana, en medio de la plácida calma del sábado, imagino que escucho las voces dolidas de Los Cardencheros de Sapioriz arrastrando los versos de esta canción. Sin esfuerzo, llegan las palabras y el tarareo de esta música originaria de la región lagunera que se canta a capela. Música austera, de adornos mínimos que los campesinos improvisan al terminar la jornada laboral. La canción cardenche es patrimonio de todos y está a punto de desaparecer porque quedan unos cuantos que atesoran esa tradición oral. Las voces de estos cantantes son especiales. Su armonía y coloratura es muy diferente a la que acostumbramos escuchar. Me atrevo a decir que podría percibirse como desafinada. Una de ellas, particularmente aguda, se me incrusta como una espina y empieza a dar cuerda a mi memoria. Mientras observo la belleza violeta de las jacarandas, mi mente andariega viaja hacia otros colores, otro espacio casi uterino: a los ocres y amarillos de mi niñez y adolescencia en Torreón, la cara árida de México. Su Norte desértico.

Me entra la nostalgia.

Guardo recuerdos imborrables de lugares únicos que por su particularidad y belleza de diferente calado, están prácticamente marginados del turismo. Pienso, por ejemplo, en la sierra de Durango, en las dunas de Bilbao, en la zona del silencio (la Reserva de la Biósfera de Mapimí), en las pozas de Cuatrociénegas, y sobre todo en un pueblo fantasma que me recuerda el cuento "Luvina" de Juan Rulfo: Ojuela, Durango.

Hace más de una década que no voy a Ojuela. La vida me ha llevado por otros paisajes. Sin embargo, evocar éste me provoca una sensación familiar y grata. Hago mentalmente el recorrido de Torreón a Ojuela que dura casi una hora. Me voy por las curvas de la carretera que va a Chihuahua y en Bermejillo giro a la izquierda. Antes de llegar a Mapimí, a la izquierda está la salida al famoso puente colgante de Ojuela.

Basta con cerrar los ojos para recordar mi mirada encandilada por el sol, mis pasos cuidadosos sobre una tierra pedregosa y amarilla de lo que otrora fue una zona próspera, gracias a una rica mina de oro y otros metales. Mis pasos se detienen frente a un barranco profundo, un precipicio que puede atravesarse gracias al puente colgante, ideado y construido por el mismo personaje que tiempo después creó el Golden Gate de San Francisco.

Me maravilla el prodigio de la ingeniería, de esa sinuosa línea por la cual los mineros cruzaban para transportar su rico cargamento. El puente no se queda quieto. Atravesarlo es un desafío porque con cada movimiento, el alma se va del cuerpo. Yo me quedo quieta frente a esa escultura tecnológica y le saco la vuelta a la aventura.

Si esta visión del puente alcanzando el cerro bajo un cielo azul encendido es memorable, más hondo llega recorrer un verdadero pueblo fantasma, un lugar deteriorado y vacío surcado de casas sin techo ni ventanas. La zona perfecta para contarse cuentos de terror. Allí hubo vida, familias, comercio, esperanzas que se acabaron con una lluvia tan pertinaz que acabó con todo, incluido el cuerno de la abundancia de la mina. La gente se vio forzada a partir y su éxodo inmovilizó esa tierra para siempre. Entiendo que la riqueza mineral de esta mina sigue siendo explotada, pero asombra constatar que a esa actividad minera ya no la anima el soplo de la vida en comunidad.

Leo el recorte de una revista que anuncia algunos lugares exóticos de México por ser lugares abandonados. Curiosamente, entre ellos está Ojuela. Me pregunto cuántos viajeros se atreverán a paladear una experiencia sin hoteles todo incluido, ni playas retacadas de camastros, ni edificios espectaculares, ni patrimonios culturales ni verdores selváticos.

En Ojuela sólo habita el tiempo pasado. Nada más.

Me lleva la tristeza. 


Sólo en pensar
que ando lejos de mi tierra
lo más que me acuerdo
me dan ganas
de llorar.


inessaenz@hotmail.com