Pensar como poetas

"Soy tú porque eres yo. O serás porque fui. Tú y yo. Nosotros dos. Vosotros, los otros, los innumerables ustedes que se resuelven en mí".

Así imagina José Emilio Pacheco en su Prosa de la calavera la solución sobre el problema de la identidad: no hay ni tampoco yo. Las fronteras que marca el lenguaje se resuelven en el nosotros.

Entre más pasa el tiempo, más sensible me vuelvo al tema. ¿Cómo incorporar a mi rutina, a mis prioridades, a mi mirada, a mi vida a esos a quienes Pacheco llama los innumerables otros?

¿Es posible conjugar de otra manera? Los poetas me dicen sí es posible.

"A donde yo soy tú, somos nosotros".

Así tituló Carlos Monsiváis su crónica sobre la vida y obra del poeta Octavio Paz. El título expresa con elocuencia la lógica de la escritura poética: yo sólo existo en la medida en que el rostro del tú me interpela.

En algunas ocasiones, algunos ciudadanos inconformes han podido hacer esa alquimia del lenguaje: por ejemplo en el caso de Yo soy 132 o Yo soy Ayotzinapa.

Pero sus voces se desgastan, dejan de oírse. No hay eco.

Con frecuencia constato que en este país es difícil pensar como poeta. En las conversaciones de pasillo, en las sobremesas o en las editoriales que hablan de lo que se considera relevante, hay una alarmante insensibilidad a cualquier tema relacionado con los feminicidios.

Para la mayoría de hombres y mujeres educados, es un tema que no merece ni refl exión ni atención; un problema que se guarda debajo de la alfombra como el polvo cotidiano, para no cargarlo y continuar imaginando que no existe o que no importa.

Por ello podemos considerar el 29 de julio como un día histórico para nuestro país. Por primera vez, la Secretaría de Gobernación aprueba la solicitud de alerta de género para once municipios del Estado de México: Ecatepec de Morelos, Nezahualcóyotl, Tlanepantla de Baz, Toluca, Chimalhuacán, Naucalpan de Juárez, Tultitlán, Ixtapaluca, Valle de Chalco Solidaridad, Cuautitlán Izcalli y Chalco. Si bien la alerta de género debería aplicarse a varias regiones del país donde la violencia contra las mujeres ha sido constante, reconozco que se ha dado un gran primer paso.

De acuerdo con la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, la alerta de género tiene como objetivo garantizar la seguridad de las mujeres, el cese de la violencia en su contra y eliminar las desigualdades producidas por una legislación que agravia sus derechos humanos.

El artículo 325 de nuestro código penal puntualiza lo que es un feminicidio.

Básicamente, se defi ne así: morir por el hecho de ser mujer. Más allá de las definiciones: ¿cómo se concreta en México el morir por el hecho de ser mujer? ¿Cómo y dónde se muere? ¿Existe un antídoto contra la bestia mortífera? El análisis comparativo de algunos periodistas como José Merino, Jessica Zarkin y Joel Ávila en su columna "Salir de dudas" (Animal político) llama la atención, por ejemplo en lo que respecta al espacio donde ocurre el crimen: cincuenta por ciento de las mujeres asesinadas muere en el hogar, en el ámbito de lo privado. Por su parte, la muerte masculina sucede en la vía pública en la mayoría de los casos. En el caso de los hombres, a mayor escolaridad disminuye su vulnerabilidad, la probabilidad de ser asesinado; las mujeres corren con otra suerte: su grado universitario es el pasaporte al más allá, pues los datos indican que las mujeres con grado universitario tienen mayor probabilidad de ser asesinadas.

Hay grados: las mujeres más vulnerables no terminaron primaria. Lo que importa destacar en todo caso es que la escolaridad es un resguardo para los hombres, no así para las mujeres.

¿Cómo ocurren los feminicidios? El setenta por ciento de las muertes masculinas se da con un arma de fuego, mientras que la muerte de las mujeres opta por una diversidad de formas: ahorcadas, golpeadas, acuchilladas o envenenadas.

La gran pregunta: ¿cómo parar la máquina destructiva? Haciendo visible lo invisible. La alerta de género nos abre a esa posibilidad.


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