Mujeres sin sosiego

Escribo este artículo pensando en las mujeres jóvenes, llenas de planes y esperanza en el futuro. A las que se esfuerzan por pasar al siguiente año universitario; a las que cuentan con un trabajo remunerado y desean progresar; a las madres recién estrenadas que suben a las redes sociales la foto del primer diente de su bebé; a las que luchan por adaptarse a los cambios de su entorno y de su cuerpo; a las que han elegido con cierta convicción la soledad o la pareja; a las que insisten en la constancia del ejercicio, no vaya a ser; a las que leen libros para deshacerse de relaciones tóxicas y alimentos nocivos. Pienso especialmente en aquellas que se desviven por hacer todo lo anterior.

A las todólogas van estas palabras:

Es promisoria la amplia cantidad de opciones que se presentan a las jóvenes con ciertas posibilidades socioeconómicas: un panorama extenso para educarse, elegir la carrera que mejor sirva a sus intereses y habilidades, moverse alrededor del mundo y hablar cuantos idiomas quieran aprender; elegir pareja y maternidad cuando se les pegue la gana. La idea de este futuro de banda ancha es peligrosa porque les hace creer que todo se puede hacer sin que haya que pagar un precio por ello.

Las mujeres pueden tener acceso a mucho más que sus congéneres de otras generaciones y eso merece un aplauso. Sin embargo, se puede caer en el riesgo de convertirse al mismo tiempo en tiranas y víctimas de sus propios y legítimos deseos.

El ideal que proponen los medios es un grillete que incita más a la esclavitud que al espíritu libre: verse espectacular mientras se sube el escalafón laboral; cumplir el sueño de ser la mejor chef que logra a la perfección la última receta del canal gourmet, sin que esto implique dejar de llegar a las juntas con una puntualidad inglesa; ser impecable en la toma de decisiones y la de mejor gusto en la decoración del hogar; la cereza del pastel: ser la madre solícita y presente con los hijos mejor educados, mientras que las tareas de la oficina se cumplen a cabalidad y el éxito dorado toca a la puerta. Esto me parece más perverso que la manzana envenenada de los cuentos de hadas.

La presión por lograr estándares de excelencia llega hoy a niveles ridículos: la mujer moderna debe vivir en un cuerpo perfecto comandado por una mente ágil; sus músculos no deben verse alterados en ningún momento porque la disciplina mantiene los vientres planos y la mente ejercitada en el cumplimiento y abierta al multitasking; se promueve más que nunca la fantasía de tener que llevar una vida sexual intensa que no se aminora con la carga doméstica ni mucho menos con el estrés de la oficina o la fábrica. Corrobore usted las primeras entradas que le prepara Google cuando busca en español las mujeres pueden o las mujeres quieren: la mayor parte de los contenidos de las primeras entradas se enfocan a la mujer en su dimensión sexual, como si el resto de las facetas de su vida estuvieran borradas. Ante esta exigencia totalitaria y mistificadora de ser la diosa erótica, la musa inspiradora y la profesional con garra, las mujeres jóvenes se enfrentan a una total escasez de contenidos interesantes, útiles y transformadores.

En una palabra: se enfrentan a esta nueva realidad completamente desarmadas.

No me he referido a la triste desigualdad en el contexto laboral que impera en nuestro país porque eso merece un tema aparte. He querido enfocarme en estas jóvenes vitales e inteligentes que viven con toda intensidad un sentimiento profundo de insuficiencia y frustración.

Las mujeres que hemos pasado por esa experiencia debemos apoyar a estas jóvenes sin sosiego con ideas liberadoras y positivas sobre una vida que debe vivirse de otro modo.


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