Morir por cuenta propia

“El fin del mundo
ya ha durado mucho 
y todo empeora

pero no se acaba”   

José Emilio Pacheco


El cambio de horario es en estas tierras el equivalente al caer de las hojas en otras latitudes. Ajustar la hora del reloj a la nueva temporada nos invita a colorear mentalmente los árboles e imaginar una paleta de tonalidades otoñales, ocres, rojos, naranjas; a soñar con la delicadeza de un sol tibio y benevolente. En realidad, el paisaje que recorro permanece inalterable a las transformaciones del tiempo, salvo por el decisivo gesto de algún árbol que sacude su follaje.

Es el otoño.

Comienzan los preparativos para recordar a nuestros muertos. ¿Cabrán en mi pequeño altar? En amigable vecindad, este año se amontonarán entre las veladoras y el cempasúchil, el pan y el tequila, mis familiares más llorados, cuyo olor, voz y compañía extraño. Cohabitarán con otros de recién ingreso al más allá que también han sido cercanos, aunque de otra manera, a través de sus palabras. En lo que va del año, tres grandes han fallecido en nuestro país; los cito por orden de desaparición: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Gabriel García Márquez.

Me cuesta trabajo elegir un poema de Pacheco, podría tapizar la mesa con su obra, pero mi altar es pequeño, no me puedo exceder. A la luz de los tristes sucesos acaecidos, me decido por un pequeño poema titulado “Las ostras”: “Pasamos por el mundo sin darnos cuenta, / sin verlo/ como si no estuviera allí o no fuéramos parte/ infinitesimal de todo esto. /No sabemos los nombres de las flores, / ignoramos los puntos cardinales/ y las constelaciones que allá arriba /ven con pena o con burla lo que nos pasa. /Por esa misma causa nos reímos del arte / que no es a fin de cuentas sino atención enfocada. /No deseo ver el mundo, le contestamos. /Quiero gozar la vida sin enterarme, / pasarla bien como la pasan las ostras, /antes de que las guarden en su sepulcro de hielo”.

De Juan Gelman, instalaré los siguientes versos de su poema “Límites”: “¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed, /hasta aquí el agua?/Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire, /hasta aquí el fuego? /¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor, /hasta aquí el odio?/ ¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre, /hasta aquí no?/Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas. /Sangran”. El comentario sobra.

Las frases memorables abundan en la obra de Gabriel García Márquez. En el difícil contexto que nos toca presenciar, elijo una escena que aparece en su reportaje “Noticias de un secuestro”. A decir del novelista, escribirlo fue una de las tareas más desconsoladoras que llevó a cabo en su vida; recupero un momento que parece sacado de la ficción, donde a Juan Vitta, periodista colombiano cautivo por secuestro durante varios meses, le notifican que va a ser liberado. La reacción de Vitta ante el anuncio de su liberación es reveladora, porque descubre una profunda desconfianza de aquello que le ha sido comunicado, y teme su fin: “A mí me hubiera gustado morirme por mi cuenta, pero si mi destino era ése, yo tenía que asumirlo”. 

Colocaré esta frase frente a las calaveras que representarán a los cuarenta y tres jóvenes masacrados. Repaso aquí los nombres que no debemos olvidar: Felipe, José Eduardo, César Manuel, Emiliano, Jorge, Jorge Luis, José Luis, Luis Ángel, Marcial, Julio César, Marco Antonio, Jorge Aníbal, Jonás, Miguel Ángel, Abelardo, Saúl, Jorge Antonio, Cutberto, Christian Alfonso, José Ángel, Bernardo, Abel, Jesús, Carlos Iván, Mauricio, Carlos, Martín, José Ángel, Israel, Magdaleno, Adán, Giovanni, Israel, Antonio, Christian, Luis Ángel, Miguel Ángel, Benjamín, Alexander, Leonel, Everardo, Doriam, Jhosivani.

Su muerte imprevista y prematura se suma a la de miles de víctimas, que hacen de nuestro país una vasta tumba sin sosiego. ¿Podremos albergar la esperanza de que algún día se haga justicia?

Por lo pronto, nos queda la indignación y la protesta. 


inessaenz@hotmail.com