Dilema

Hay de silencios a silencios.

Los hay perjudiciales y también liberadores.

Está el silencio tóxico, al que nos quieren acostumbrar los gobernantes que eligen ignorar su responsabilidad de rendir cuentas.

Su mudez alrededor de tantas infracciones a la ley, de tantas fechorías y crímenes, es enrarecido, turbio; es un silencio que nos somete y paraliza. En nuestro país, el silencio del poder es tan evidente que todos conocemos al dedillo sus diferentes nombres, por ejemplo: corrupción con un sinnúmero de apellidos, Higa, Aristegui, Ayotzinapa, periodistas desaparecidos y los anónimos difuntos sin sepultura que se cuentan por millares.

Pareciera que hay en nuestro sistema político un miedo colectivo a la palabra clara y transparente, como si ésta tuviera poderes maléficos. El escritor mexicano Juan Rulfo supo leer este peculiar síntoma nuestro cuando escribe su gran novela Pedro Páramo, cuyo protagonista, Juan Preciado, viaja hasta Comala para encontrar a su padre y no sale vivo de allí, porque lo matan los murmullos. En esa maravillosa novela, joya de nuestro patrimonio cultural, el sonido mata, y el silencio es la única opción para los vivos, porque en Comala, sólo los muertos tienen voz. El cacique del pueblo, Pedro Páramo, dueño tácito de todas las vidas que lo rodean, en un momento de ira decide sentarse en su equipal, cruzarse de brazos y condenar con su inmovilidad y su silencio a todo Comala. Al callar, Pedro se va convirtiendo en un montón de piedras. En ese pueblo ficticio nadie tiene derecho a la voz y el único que la tiene, enmudece. El silencio del cacique es una condena de muerte para los habitantes de Comala.

¿Por qué para hablar del silencio en la vida política actual me traslado al pueblo Comala cuando las estadísticas muestran que en México y en el mundo, la geografía humana ha cambiado? Por primera vez en la historia y en todas las latitudes hay más habitantes viviendo en las ciudades que en el campo. Vivimos en un sistema donde los ciudadanos tienen voz y voto. La vida rural que Juan Rulfo describía a través de sus relatosestá en vías de extinción. De acuerdo.

Sin embargo, el problema de nuestro país es que la vida impune de Comala se ha trasladado a las ciudades. Pedro Páramo ha dejado la guaripa y ahora usa traje con corbata y tiene una cuenta de Facebook. Las prácticas ancestrales siguen repitiéndose a pesar de la aparente vida moderna y democrática.

Los ciudadanos, cada vez más despiertos, cada vez más activos e inquietos, queremos romper esa barrera invisible del silencio vertical, ese cerco mudo que nos asfixia y exigimos respuestas. Nos organizamos en marchas, participamos en las redes sociales y escribimos, con el deseo de tener interlocutores, de completar el circuito de la comunicación con una réplica convincente por parte de nuestros gobernantes. ¿Hasta cuándo seremos escuchados? La inmovilidad y el silencio tienen dos caras. Si la mudez de los políticos y el ensimismamiento pueden ser letales, como en la historia de Pedro Páramo, el silencio tiene también una dimensión benéfica y sanadora.

Lo encontramos en el momento de la quietud y el reposo, cuando logramos acallar los pensamientos y tratamos de estar más allá del lenguaje.

En nuestra vida cotidiana, este silencio es cada vez más raro.

La agitación y el ruido constante e invasivo de las pantallas en todo lugar nos impiden encontrar esa puerta que nos permite encontrarnos con nosotros mismos. El silencio al que conducen la oración y la meditación es liberador. A ese silencio se accede sin necesidad de viajar lejos. Basta con tener la disposición y el propósito de estar, y conectar el cuerpo con el espacio y el presente.

Qué ironía saber que el silencio tóxico se nos impone mientras que el silencio liberador se nos escapa.

Tarea ardua resolver este dilema.

 

inesaenz@gmail.com