Cartas muertas

Hay un personaje literario famoso por el solo hecho de haberse negado. A semejanza de San Pedro, su destino se cumplió al momento de rehusarse. A diferencia del apóstol, ni el cantar del gallo ni la amenaza de castigo le hicieron modificar o al menos arrepentirse de su habitual respuesta. Decir "no" lo propulsó a la eternidad. Se llamaba Bartleby, y la novela que lleva por título su nombre cuenta que trabajaba como copista en una agencia de Nueva York.

A Bartleby se le conoce por una sola frase: "Preferiría no hacerlo". Su elocuencia, contundente y corta, lo convirtió en un ser congruente de pies a cabeza, capaz de expresar una negativa cuando no quería, sin importar que fuera frente a las narices de su jefe.

Aprovecho el tema de Bartleby porque hoy, distraída, al repasar los estantes de mi biblioteca, me topé con un pequeño y delgado volumen sin importancia aparente, que es la inmensa novelita Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Con la indolencia propia de quien camina sin un objetivo definido, sin ninguna intención aparente, casi en un momento de ensoñación, me pregunté por primera vez, por pri–me–ra–vez en mi vida, si el personaje en cuestión hubiera podido ser mujer: una niña capaz de negarse, una joven dispuesta a decir no, o una adulta que rechaza sin contemplaciones. En ese momento me di cuenta que era difícil imaginar a un Bartleby trasvestido.

El imaginario que heredamos es limitado en términos de los horizontes posibles que se abren a los géneros. La estrechez de miras nos hace suponer que es prácticamente imposible que en el mundo de la ficción, los personajes femeninos (o personajas, como dirían algunas escritoras) se puedan negar sin consecuencias.

A la luz de los acontecimientos recientes, cuando la violencia de género parece tan imparable, aparecen los hashtag #VivasNosQueremos, #NoTeCalles, #24A. Estos se han vuelto virales, trending topic, como es el caso de #MiPrimerAcoso, cuya invitación a las mujeres a contar su primera experiencia frente a la violencia sexual ha tenido una respuesta avasalladora.

Mi intención oculta al hablar de Bartleby era pensar en todas las mujeres que han sido víctimas de una situación de violencia: desde una agresión, un rasguño, hasta la muerte. En esta ocasión, no me voy a poner a contar porcentajes ni a citar estadísticas. Basta con leer artículos inteligentes que hablan de cifras espeluznantes sobre la violencia contra las mujeres en México, para saber cómo andamos. Hoy, inspirada por el travieso Bartleby, me quiero situar del lado de la imaginación y vislumbrar todas las posibilidades que se abren con el cabal entendimiento de la palabra no.

Si esta pequeña palabra de dos letras que nos da la espalda pudiera ser comprendida, muchos hombres entenderían que cuando escuchan un no quiere decir simplemente NO. No se debe caer en las trampas de la mente que hace creer que la negativa es en realidad un sí disfrazado. Un no es NO. Y esa negativa, ese mover la cabeza de izquierda a derecha no es una invitación al castigo ni a la venganza.

La valentía de todas aquellas mujeres que se han atrevido a poner por escrito su dolor frente al primer acoso es de alguna manera la expresión del no: un no al miedo, un no al sentimiento de vergüenza, un no al silencio. Esta triple negativa es liberadora en el sentido de que revierte el primer efecto de la violencia sexual: la culpabilidad.

Al final de la novelita de Melville, el narrador conjetura que Bartleby quizá tuvo como última morada laboral la oficina de cartas muertas, desempeñando el curioso oficio de quemar todas aquellas misivas que no llegaron a su destinatario. Cartas con mensaje de vida destinadas al fuego.

Espero que la historia real de #MiPrimerAcoso y otras tantas historias verídicas no tengan el paradero de las cartas muertas.

Creo firmemente que las redes sociales, con todos los nacientes hashtags, son una prueba de la vitalidad de la palabra, y sobre todo, del fuerte impacto que tienen sus mensajes en los destinatarios.

¿Serán estos relatos la muerte anunciada de esta violencia atávica?


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