¿Campeones?

Dedico este artículo a mi hija Luisa, que me ha entrenado

en la lectura anual del libro de los récords Guinness.

 

He resuelto embarcarme en un ejercicio de imaginación porque quiero entender cuál es la imagen mental de un extranjero (o de un mexicano, da igual) cuando se pronuncia la palabra México; quisiera ponerme en su lugar y tratar de entender cómo queremos vernos y cómo somos percibidos. Dado que el internet se ha convertido en el espejo que nos puede arrojar un reflejo de la realidad, me he dado a la tarea de navegar libremente por el ciberespacio y saber cómo aparece nuestra patria diamantina. Leer los sitios donde destaca nuestro país me llena de asombro. Pareciera que el espejo en que miro es cóncavo y convexo a la vez, como los espejos de la feria que todo lo deforman.  

Esta imagen esperpéntica y fragmentada de lo que somos me invita a escribir hoy del surrealismo nacional. ¿Sabe usted en qué tipo de actividades sobresalimos? La lista es mareadora, pues somos el país número uno en las cosas más disparatadas e inútiles o en las más nocivas: uno de los diez países más trabajadores del mundo, según la OCDE; el país número uno en obesidad adulta e infantil; el destino número uno de los pederastas y la nación donde más abunda el intercambio de pornografía infantil, según la Fundación Alia2; el principal productor de petróleo y gas en América Latina y el lugar con más patrimonios de la humanidad del continente; el mayor consumidor de huevo en el mundo; uno de los países con mayor número de secuestros y el país donde más personas son alcanzadas por rayos. Si tuviéramos que pensar en un pintor que fuera capaz de dibujar la cara de México, el ganador sería Picasso.

Megadiverso y megadesigual, México es uno de los países consentidos del Guinness World of Records.

Antes de listar algunos de nuestros logros, le pido que medite sobre cuál podrá ser la importancia de este marcaje que nos ha convertido en el país que ha proferido el insulto más grande del mundo, que ha cocinado la más impresionante torta, la enchilada más larga, la rosca de reyes más espectacular y la taza más abundante de chocolate caliente del planeta; somos sin duda un país querendón (aunque los machetazos de la nota roja lo desmientan): hemos roto récord en el número de gente besándose y abrazándose. ¿No me cree? Las imágenes del Zócalo lo atestiguan. ¿Y qué decir del campeonato indiscutible bailando danzón? Sólo nuestra raza de bronce aguanta el baile treinta y cinco horas seguidas. No sobresalimos en medallas de oro olímpicas ni en campeonatos deportivos mundiales, ni en las pruebas de lectura y matemáticas, pero nadie iguala nuestra energía para bailar sabroso. Una nota luctuosa en medio de la celebración: desafortunadamente, ya no albergamos al más gordo del mundo porque Manuel Uribe murió el mes pasado. Descanse en paz.

Es imposible agotar en este espacio la lista de éxitos; destaco una última perla: somos el país que cuenta con el récord más alto de lectura continua, con 407 horas, 28 minutos y  20 segundos. Casi diecisiete días de lectura en voz alta. El dato despierta mi curiosidad: ¿Qué habrán estado leyendo? ¿El libro vaquero o el Extra? Que yo sepa, somos un país de poquísimos lectores. Ni el dinero ni la educación universitaria nos mueven a leer, a comprar libros o a entrar en una librería. Los mexicanos no entendemos que leer puede resultar en algo placentero. Y este disgusto por el libro nos une como mexicanos: ricos y pobres, universitarios y desertores escolares rechazamos esta actividad. Las cifras lo demuestran: lea los ensayos de Guillermo Sheridan y de Gabriel Zaid sobre los hábitos de lectura en México (en la revista Letras Libres), que dicen por ejemplo que el 18% de mexicanos que han cursado estudios superiores o de posgrado no han entrado nunca a una librería... 

¿Será un complot de Amazon?


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