Tuércele el cuello

Cómo (no) presentar un libro

La fotografía es la de siempre. En la imagen se puede ver a cientos de personas que desfilan de un lugar a otro sin orden aparente. Por aquí van las nenas de secundaria que se la pasan recolectando separadores de libros y están a la caza de las celebridades que no se aparecen por ningún lado. Por allá hay muchachos que pierden su tiempo paseando entre los pasillos y gastan su servicio social llenando las salas que no tienen quórum. Acá se forma un tumulto: el reportero corría desesperado -estaba a punto de llegar tarde a la veinteava entrevista del día- y se fue de bruces tras tropezar con el chiquillo que amenazaba con trepar las cajas del estand de Israel, el país invitado. Y por ahí, un tipo se caga de nervios. Su mirada está perdida en un punto fijo al que nadie más puede acceder. Sus pies se arrastran. Sus manos tienen un temblor indecente.

-Hola, buen día. ¿Me ayudas a presentar un libro? Te va a encantar.- -Seguro. ¿Cuándo es?- -Hoy. A las siete.- -Ah. Mmm. Ok.- -Vale. Te mando el libro. Nos vemos al rato en la feria-. El tipo cuelga el teléfono todavía sin saber, bien a bien, a lo que se acaba de comprometer. El libro llega a sus manos a mediodía y 250 páginas aguardan por ser leídas. Se ríe como tonto al pensar que tiene que comprender el contenido del ejemplar, inventar un par de líneas que digan algo coherente al respecto y hacer un par de chistes en la presentación. “Sí, eso siempre le funciona a Velasco. Es una buena técnica”, se dice a sí mismo mientras se imagina a en plena presentación haciendo cara de Jo-Jo-Jorge Falcón. Pobre diablo.

Las horas se hacen cortas y las hojas se deslizan entre sus dedos como si se tratara de un juego de cartas que se desliza entre sus dedos, perfectos barajadores. Termina. Bien el libro. Ahora a escribir algo decente. La hoja en blanco no es problema. No tiene tiempo de ponerse cursi e inventar rituales de inspiración. Toda esa parafernalia hoy está de sobra. El tiempo da sólo para poner a funcionar la cafetera. Empieza a escribir. “Cuando leí el libro de XY blablablablá. Blablá bla blabla blablablá.” Punto final. Lee. Relee. Las manos le tiemblan por los cinco cafés que se tomó, pero en el fondo está satisfecho. Se sorprende del trabajo elaborado. –Creo que es cierto eso de que mi mejor mood es el de trabajar bajo presión-, se dice.

Ahora a ponerse guapo. No hay tiempo ni para un baño. Se lava los dientes. Se arregla el pelo y emprende el viaje. Hasta aquí todo bien. Lo que no imaginó es que las calles estarían inundadas de coches de oficinistas que se apresuran para llegar a casa a comer-ver televisión-cenar-ver televisión. No hay tiempo. Urge la salida. Pero ahora sólo lo salvaría tener un helicóptero para saltar los kilómetros de láminas formados frente a su coche. Por fin llega. Se estaciona y corre. Hay que sortear a vendedoras de papas, pulseras, fruta, repartidores de volantes, adolescentes que se besan, vendedores de incienso. Ha llegado la hora. Resulta que el salón no es el indicado. Cuando llega, el convite ha comenzado. Qué pena irrumpir en plena disertación de su comparsa. Se desliza discreto entre los asistentes hasta que alguien grita su nombre. –Diantres- Estúpida y sensual FIL. 27 años sacando canas verdes.