Tuércele el cuello

Viacrucis del artista contemporáneo

I

En aquellos tiempos, surcaban el mundo una serie de individuos ilustrados y creativos, con mucho por dar al mundo. Sus cabezas estaban llenas de ideas profundas, sus corazones rebosaban de claridad sobre la existencia y los problemas filosóficos, sus espíritus estaban radiantes de belleza. Estaban convencidos de que la materialización de sus ideas podrían un día tocar a los demás para luego transformar al mundo, que era su vocación más intrínseca.

Estos hombres y mujeres daban clara muestra de que podían describir al mundo y transformarlo con sus trazos, sus notas, sus versos y sus pasos. Pero en el horizonte, se asomaba un problema: la subsistencia.

II

¿Cómo, en un mundo donde no todo el alimento es del espíritu, uno podría dedicarse al cultivo de las virtudes artísticas si en medio se interponía la necesidad básica del alimento y el vestido? En ese punto, el Estado ha resuelto de manera brillante el asunto: becas. ¿Quiere usted hacer un disco? ¿Montar una obra de teatro? ¿Publicar un libro? ¿Grabar un cortometraje? Las becas son la respuesta.

El problema con este mecanismo es que, al depender casi totalmente de un aparato burocrático, pierde la transparencia inicial y se monta sobre un laberinto donde los más cercanos a encontrar el camino deben tocar varios botones dentro de esas filas burocráticas para poder acceder al destino dorado de la manutención por uno o dos años para realizar el proyecto en cuestión.

Por las oficinas que las instituciones públicas o privadas destinadas al fomento de las artes puede verse a un grupo de estos individuos, con pasos lentos y miradas vacías, ya de cuarenta o cincuenta años, esperando una beca que tarda en llegar.

III

Finalmente, la beca llega. Ahora lo que toca es ponerse el traje de gestor –no pensarán que el pequeño apoyo otorgado por la institución oficial bastará para sacar a flote un proyecto en el que se han invertido años de dedicación y estudio- y hay que tocar puertas y puertas. Conseguir un equipo de personas (no sólo se requieren artistas brillantes para concretarla, sino también gente que jale los cables, que cargue la maletas) y echar a andar la maquinaria.

Al fin, el momento más esperado: hacer público el preciado proyecto. Se consigue el auditorio para la presentación, el teatro para la puesta en escena, la presentación en sociedad. Sólo un problema: los auditorios están vacíos. Pasa la temporada y los asientos no terminaron por llenarse. No pasa nada. El ciclo vuelve a empezar como era un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.