Tuércele el cuello

Vacaciones

Vacaciones. La palabra no tiene una sonoridad particularmente linda; más bien es una palabra corriente. Sin embargo, desde los más tiernos recuerdos, las experiencias que asociamos a la palabra vacaciones son luminosas. Cuando uno es pequeño, significa liberarse del yugo de hacer tarea aburrida, de tener que levantarse y dormirse temprano. Ya más tarde, significa salir toda la semana con los amigos, un beso de verano (quizá algo más), irse de aventón a la playa, acampar en la montaña. Y así, la palabra se va poblando de bellos significados. Vacación es diversión, es placer, es aventura, es alegría, es esparcimiento, es desahogo, es juego. Vacación es osadía.

De un tiempo acá –uno se va haciendo adulto-, las vacaciones no son lo que eran. Estás en la habitación armando la maleta, con las manos temblorosas –todavía incrédulas- de que podrás escaparte de la demencia diaria a la que te sometiste en los últimos meses. Adiós -por lo menos unos días- a las juntas interminables, a las crisis de todos los días, a las comidas con personajes intratables. Suspiras. Tus labios dibujan una sonrisa porque el aire huele a libertad. Lo que viene después es cuento aparte.

Las señales de desencanto no tardan en llegar. Uno llega al aeropuerto o a la terminal de autobuses y la imagen es la misma: hay otros cientos como uno,  cargados de maletas y haciendo filas para todo. No pasa nada, sacas el optimismo y esperas con paciencia. Luego llegas al sitio de destino y la imagen se repite. Todas las terminales están abarrotadas. Hay fila para comprar agua, fila para comprar periódicos, fila para el baño, fila para todo. Y entonces, uno se entera de que lo que debía ser un espacio de relajación se convertirá en una lucha de supervivencia. Ya con ese ánimo, abordas el taxi.

La lucha arranca. Te peleas con el taxista que quiere cobrar cinco veces más de lo que debería, con el proveedor de un tour que prometió una serie de actividades durante el día y que, ya en el paseo, resulta que pretende cobrar hasta por darte indicaciones, con la señora grosera que se mete en la fila que has hecho durante casi una hora para que tu hijo disfrute la atracción del momento. Y un enemigo cotidiano no te abandona: el tráfico. Resulta que a todo mundo se le ocurrió ir al mismo lugar que tú y las calles están inundadas de vehículos de todas partes del país. Además, debes sacar al macho alfa que llevas dentro para ocupar un pedazo de arena en la playa.

Y es que, aunque tu hotel tiene la concesión de la playa (sí, también se privatizaron las playas), resulta que el lugar está lleno al tope y hay que luchar  por un espacio. A tu alrededor hay decenas de familias, parejas, amigos interactuando. Resulta que las vacaciones, ese tiempo ansiado, no hicieron más que subrayar la incompatibilidad entre los miembros de la familia González, que se gritan de lo lindo. O la pareja de Óscar y Julia, que pensaban que las vacaciones les regresarían la ternura y les harían redescubrir las mieles del sexo que arrinconaron por la fuerza de la rutina y las largas jornadas de trabajo; ahora se dan cuenta de que lo único que comparten es aburrimiento. Los únicos felices al alcance son los niños que se entretienen haciendo castillos de arena. Bueno, ellos y el par de borrachos que carcajean contándose chistes.

Kaplum. De pronto se terminaron las vacaciones. Hay que regresar a casa. Las carreteras están infestadas y los bolsillos vacíos. Mientras tanto, en tu cabeza, ya planeas las próximas vacaciones. Eso sí, en la lista de destinos, tachas la palabra playa.