Tuércele el cuello

Imaginar y leer

¿Cuándo leíste tu primer libro? ¿Cómo te convertiste en lector? ¿De qué te sirve leer? Hace unos días, un par de estudiantes me lanzaron una serie de preguntas como estas. Son las tres que consideré más importantes. Las demás tenían que ver con ciertos clichés, aquellos lugares comunes del tipo ¿cómo le hace uno para convertir la pluma en espada? ¿Es la literatura una puerta para la liberación de los pueblos? ¿Verdad que el gobierno y los empresarios se confabulan para que los libros no lleguen a manos de las clases desfavorecidas? –Obvio, si esto ocurriera, el mundo comenzaría a arder-. Escenarios como este y otros que casi cualquier intelectual en nacimiento –sobre todo si es “de izquierda”- se plantea cuando está entre los quince y los veinte años de edad.

Ni la pluma es una espada, ni se cambia el mundo a sarta de versos endecasílabos, ni creo que empresarios y gobernantes organicen cofradías secretas donde conspiren para que los libros no lleguen a manos de los pobres. Casi todos los políticos y empresarios desconocen los libros. Poco les importa si los demás leemos o no. Fuera del chascarrillo con los muchachos –en los que me vi reflejado-, la charla me dejó pensando.

Hay cosas en la vida que a uno le son irrenunciables. Para unos es el dinero, para otros la fiesta, los hay que no viven sin el futbol. Para mí son las historias. Puedo estar pobre, cansado o gordo; pero lo que no puedo hacer es vivir sin historias. No es que me hayan hecho mejor persona ni he cambiado al mundo con las letras. Sólo gané un lugar de escape, una zona de seguridad. No importa el lugar desde el que uno mire la vida–arriba o abajo-, sino los ángulos y la perspectiva desde los que la mira. Eso me lo dio la literatura.

Para quienes viven en zonas desfavorecidas y en familias de no lectores, lo más probable es que los libros no lleguen a sus manos. En mi caso, fue cosa de encontrar a Susana, una maestra guapísima que obligó a sus alumnos de secundaria a leer un libro al mes. Muchos la odiaron. A mí me enganchó. ¿Cuántos maestros quedan como Susana, que puedan convencer a los muchachos de que las letras tienen algo que decirles? No creo que muchos. O no los suficientes.

Sé de unos locos que están conspirando para crear un grupo que llevará letras a la calle. No se trata de convertir plumas en espadas ni de derribar las injusticias del capitalismo con catapultas cargadas de versos. Es más bien disparar diez veces y apostar a que algún incauto caiga en las redes de las letras. Si les gusta la idea, escriban a este correo: imaginaryleer@gmail.com. Seguiremos informando.

Twitter: @puigcarlos