Tuércele el cuello

Fumar (dejar de)

Seis meses y contando. Se supone que debería decirlo mostrando una sonrisa de ganador, pero no me sale. Lo cierto es que me inunda una sensación agridulce, esa que te viene cuando los objetivos se van cumpliendo, pero aún no sabes si estás conforme con los resultados.  Me explico: soy un fumador con medio año a cuestas libre de humo. Y todos los días, cuando el sol cae, me tiemblan las manos por el deseo de tener un cigarro entre los dedos y aspiraaaaaar un poco de humo. ¿Alguna vez, querido lector, has intentado borrar una arraigada costumbre de tu lista de hábitos indeseables?

Todo empieza en la universidad, con decenas de aprendices de arte que dejan las paletas de caramelo y las cambian por cigarrillos, que están convencidos que todo escritor/artista que se respete debe fumar cantidades industriales de tabaco y vivir en estado etílico el mayor número de días posible. Ya sabes: para ser, hay que parecer. Y de ahí, el hábito puede perpetuarse toda la vida.

Todo bien hasta que las caídas y recaídas en gripas hostigosas, cuando uno arrastra una tos de anciano trémulo y la boca parece convertirse en hogar favorito de un aliento de muerte. Luego entonces, la decisión impertérrita de dejar de aplazar lo que se ha postergado durante tanto y que ha generado tantos problemas.

Los primeros días son la muerte. La cabeza punza, las manos tiemblan y la vista se nubla. Los amigos invitan a fumar, el sujeto duda dos o tres veces y suelta un no de muerte. Los días se convierten en semanas. Las semanas en meses y todo empieza a tomar un pulso de mayor normalidad. La situación parece controlada. Los cercanos te felicitan por semejante proeza. Y tú recibes los parabienes con calculada alegría. No saben, incautos, que cuando cruzas el restaurante y vas baño del área de fumadores, no es para adornar la vista con el jardín, sino para aspirar con la mayor fuerza posible el humo que despiden los cigarros de quienes ahí pasan las horas y comparten anécdotas.

¿Qué es lo importante? Sobrevivir. Vivir lo que nos quede, con la mayor salud posible, pues ese será el principio de la plenitud en cualquiera de las actividades que el individuo se plantee. Hay que repetirlo en voz alta, a manera de mantra. Todo para callar la voz maligna que siempre nos acompaña. “Hazlo. No debes, pero sabes que lo quieres. Anda, no seas tímido, muchacho”. Un día, quizá, me miraré al espejo y me diré: “Logré dejarlo. Así que ahora puedo darme el gusto de fumar un cigarro”. Y entonces el círculo comenzará a rodar de nuevo. La (al menos la mía) voluntad tiene la misma rigidez que una barra de plastilina. Soy culpable.