Tuércele el cuello

Democratizar la cultura

Según los sabios neoliberales de la promoción cultural, para que un individuo pueda valorar la cultura, debe pagar por ella. Todo debe tener un costo explícito para que se haga consciente el valor que representa vivir un momento extático. Así, el leve golpe en el bolsillo nos recuerda que aquello que uno escucha/contempla/lee/ve tiene un valor por el que hay que hacer algún sacrificio. Luego entonces, concluyen gustosos, hay que cobrar por todo.

Algo es cierto. La cultura y el arte; su producción, discusión y circulación, generan una cadena productiva de valor simbólico y de significados, al que es inherente la creación de valor económico. O como dice la UNESCO “Las industrias culturales agregan valor económico y social a las naciones e individuos. Constituyen una forma de conocimiento que se traduce en empleos y abundancia, consolidándose la creatividad (su materia prima) para fomentar los procesos de producción y comercialización. Al mismo tiempo, son centrales en la promoción y el mantenimiento de la diversidad cultural”.

El riesgo de mirar a la cultura sólo desde el ojo del dineroes el de caer en la exclusión. Cualquier placer artístico es, en esencia, un placer abstracto, mental, racionalizado. La cultura tiene un poder de liberación del individuo, de crear en él una visión crítica de la realidad y, con la suma de muchas visiones de este tipo, el potencial de cambiar la realidad misma.

Todos tenemos derecho a tener acceso a la cultura. ¿Pero cómo se logra que la cultura llegue a todos? ¿Cómo se hace cuando los lenguajes que tejen la cultura no son accesibles a los códigos de la vida cotidiana? ¿Cómo invitar a un individuo a pagar por entrar a un museo-obra de teatro-obra de arte cuando éste no entiende el valor que ese producto de significados  conlleva? En principio, acercando el arte al individuo en cuestión. Llevando al individuo a los lugares donde se desarrolla la cultura, acercándolo a sus templos y santuarios.

La semana pasada estuve en el Teatro Degollado y me gustó verlo rebosante. Filas, filas y más filas de gente que quería ingresar para ver un espectáculo cultural. Y la estampa se reprodujo durante varios días, por la celebración del Festival Estatal de las Artes (FESTA) que organiza la Secretaría de Cultura. Durante más de una semana, en nueve sedes de la ciudad y empleando a más de mil 600 artistas locales. Todo con entrada gratuita para los espectadores. ¿Cuántos de los asistentes conocieron el Degollado a través de esta posibilidad? ¿Cuántos de los miles de espectadores que acudieron por primera vez se convertirán en consumidores cautivos de productos culturales? Seguro una parte mínima, pero habrá decenas y eso ya es ganancia. Sin duda, estos sonejercicios con los que se puede acercar la cultura a las masas.

Es cierto, acciones como ésta no forman huracanes. Quizá apenas generará una chispa; pero con suerte, la suma de varias chispas un día provoque un incendio, un incendio que nos ayude a calcinar esta realidad para forjar una nueva, una que imaginemos y construyamos entre todos, una donde quepamos todos. Urge democratizar la cultura. Urge quemar la realidad. Se buscan incendiarios.

 

@nachodavalosl

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