Tuércele el cuello

Codicia, sexo y rock

Adoro el cine igual que casi todos los amigos de mi edad. Somos parte de un sector de la población cuyos padres estaban ocupados atendiendo el trabajo y en lugar de días de picnic, los pusieron a crecer como flores al auspicio de la televisión. Soy de esos mozalbetes que se engancharon al cine en sesiones interminables de sábados enteros pegados al ciclo Permanencia Voluntaria de Canal 5. Con el correr del tiempo y un par de cursos de narrativa cinematográfica, descubrí algunos directores que me convirtieron en adicto al cine. Desde entonces, no concibo mi existencia sin el consumo de historias en la pantalla.

Entre los directores contemporáneos, hay uno por el que siento una debilidad particular: Martin Scorsese. Soy fan, ni hablar. El sentido crítico se me nubla cuando veo sus películas. Quizá eso explique el hecho de que permanecí en un estado enfebrecido durante varios días, esperando Lobo de Wall Street. Una historia de drogas, sexo y codicia. Vaya mezcla, ¿no? Tres horas de excesos en la pantalla, con capas de buenas mezclas de rock –Scorsese es un dios a la hora de utilizar el rock como banda sonora de sus filmes- eran un objeto de deseo que bien valía la espera.

Finalmente, llegó el día. Ojos abiertos y manos nerviosas. La película arranca con hombres trajeados -drogados hasta los dientes- que juegan tiro al blanco, pero para hacerlo más interesante, sustituyen los dardos por enanos. Con enanos no quiero decir “dardos pequeños”, sino enanos, gente pequeña, gente pequeña que sirve de dardo. A partir de este punto y hasta el final de la película, hay una constante entre la audiencia: gente botando de risa en sus asientos.

Hay secuencias maravillosas: un hombre aspirando cocaína de las nalgas de una mujer hermosa; un hombre con una mueca tipo Mona Lisa, con la lengua trabada y una mirada que indica el nivel de placer que alcanza el efímero placer que lo envuelve; un hombre con el cuerpo paralizado, arrastrándose como gusano para llegar hasta su vehículo; dos hombres idiotizados, minimizados por el efecto de la droga, que luchan por un teléfono. El listado sería interminable. Quizá valga más retratar la secuencia del auditorio, los que están sentados en la sala de cine: risa-boca abierta- risa- risa- boca abierta… la secuencia se prolonga durante las tres horas que dura la película.

La actuación de Leonardo Di Caprio es maravillosa. Hace un trabajo ubérrimo. Hay una armonía tremenda en la estructura narrativa de la historia. Scorsese hace como boxeador que quiere pegarte un nocaut lo más pronto posible, gancho tras gancho de una secuencia a otra. Da un golpe, otro más y otro más, hasta hacer que en algún momento el espectador suplique “Ya no más”. Scorsese suele hablar de pandillas criminales, balazos y sangre. Acá no hay balas ni sangre, pero sigue contando la historia de la adicción al dinero y sus veleidades. Véanla ahora o callen para siempre.