Tuércele el cuello

Berrinches

La OFJ es noticia una vez más. ¿Porque por fininiciaron un camino ascendente para convertirse en la mejor orquesta de México? No.¿Porque arrancaron un trabajo social sin precedentes llevando conciertos gratuitos a barrios pobres para acercar la música formal a grupos de la sociedad que han sido históricamente marginados de esta manifestación artística? No. ¿Porque se decidieron a romper esquemas y darle salida al repertorio de jóvenes compositores mexicanos que están haciendo un trabajo interesante?No.La noticia es la de siempre: los músicos están en desacuerdo (una vez más) con su director y exigen ser tratados como se merecen (güarever dad mins).

Hace un par de años, la OFJ salía en las portadas de los periódicos, las notas sobre su actividad llenaban planas completas en las secciones de Cultura porque había una figura mediática en la dirección: Alondra de la Parra. Como nunca, había filas en el Degollado para presenciar el concierto y no era raro que varias personas se quedaran afuera porque ya no alcanzaron boleto. La cosa iba como noviazgo en sus primeros meses: el público estaba enamorado de su directora y ella se dejaba querer. Pero nadie contaba con que a los músicos no les gustaba la forma en que los trataba, se lo hicieron saber y ella, dueña de sí, decidió dejar a la OFJ. Un amor malogrado por el que todavía algunos suspiran.

Hoy la historia es la misma. Hay un nuevo director que, según los críticos, está haciendo un trabajo aceptable. Tiene planes de grabar un disco y promover a la orquesta a nivel nacional. En el camino, ha encontrado algunos músicos cuyo nivel no le convence y ha decidido hacer cambios en la alineación. Craso error: los músicos se quejan (sí, oooootra vez) porque no son tratados como se merecen.

Pensemos en cualquier grupo humano cuya razón de ser es el de cumplir un objetivo en común. Lo que sea: un departamento empresarial, un grupo de ventas, un equipo de futbol, un medio de comunicación… en fin. Ese grupo humano requiere alguien que dirija, que fije objetivos y metas claras, que evalúe a los integrantes del grupo, que defina los roles de los mismos y que haga los cambios que se requieren para cumplir los objetivos.

Pensemos, por ejemplo, en la metáfora del futbol. El equipo se ha quedado sin entrenador y llega uno nuevo para hacerlo funcionar mejor. Si al director técnico no le convence el desempeño de tal o cual jugador, tiene el derecho de mandarlo a la banca y sustituirlo por otro. El jugador sustituido tiene dos opciones: se pone en forma, pule su técnica, aumenta su nivel o… se tira al piso, hace berrinche y grita a los cuatro vientos que su técnico es un barbaján por haberlo mandado a la banca. Más o menos lo que hacen los músicos de la OFJ con el director A, B, C o D.

Algo es cierto: la autoridad tiene la obligación de respetar los derechos laborales de los músicos, como con todo trabajador. Hasta ahí, todo bien. Pero los músicos deben entender que una orquesta no es una democracia, que si quieren tener un lugar en la alineación, tienen que convencer a su director con su nivel. En ninguna orquesta del mundo los músicos tienen mayor poder de decisión que sus directores. Alguien debe hacérselo saber a los músicos, para que (¡por favor!) la OFJ sea noticia por cuestiones positivas y no porque, por enésima vez, los músicos no son tratados “como se merecen” y echan (de nueva cuenta) a ooootro director.