Peor para la verdad

¡Nunca más!

La consternación ha sido generalizada.

La muerte en Ciudad Victoria del niño Héctor Alejando Méndez Ramírez, víctima de acoso escolar o bullying, mostró a la sociedad mexicana un problema que ha venido creciendo desproporcionadamente, cobrando cada vez más vidas entre los niños y jóvenes de nuestro país.

Las imágenes y las declaraciones han sido dolorosas, sobre todo para los padres que dejan a sus hijos en las escuelas, donde antes pensábamos que podían estar a salvo.

El silencioso bullying está ahí, presente, afectando la formación de las nuevas generaciones, afectando al futuro del país.  Especialistas han destacado que el bullying tiene un trasfondo social, que incluso puede considerarse como el reflejo de una sociedad violenta, en donde se crea un círculo vicioso donde el contexto social violento se reproduce dentro de las instituciones y viceversa.  

México ha estado inmerso en una dinámica de violencia que ha trastocado la vida de todos, modificando hábitos y costumbres de modo radical. 

Resulta lamentable que ante tanta violencia en las calles, no hayamos volteado a tiempo a ver la violencia que se está generando en nuestras casas, en las escuelas, en las oficinas y centros de trabajo. Y lo más delicado, la indiferencia social a una realidad que está presente, que la sufrimos y la permitimos todos. 

Ahora escuchamos diversos comentarios sobre la indiferencia de la maestra, que no detuvo la agresión de que era objeto Héctor Alejandro, así como sobre la incapacidad de los directivos, de la trabajadora social, el prefecto y el bibliotecario, que no atendieron en su momento el acoso escolar de que fue objeto el menor y que ahora enfrentan cargos legales. 

Por otra parte, debemos reflexionar en el drama de los otros chicos, que sin medir consecuencias hoy pesan sobre ellos una responsabilidad legal como victimarios de un compañero, y también tendrán un grave daño psicológico por lo ocurrido, más las consecuencias que ahora deberán de enfrentar. 

Desgarradora la noticia de que los padres de la víctima, en un acto de amor y desde su infinito dolor, donaron los órganos de su hijo para que a través de ellos su hijo siga viviendo y dándole vida a otros.

Las cifras sobre el bullying en México son alarmantes:  La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) señala que México ocupa el primer lugar internacional de casos de bullying en educación básica, ya que afecta a 18 millones 781 mil 875 alumnos de primaria y secundaria, tanto públicas como privadas. 

Por su parte, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) reporta que el número de menores afectados aumentó en los últimos dos años 10 por ciento, al grado de que siete de cada diez han sido víctimas de violencia. 

Estudios del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México detallan que de los 26 millones 12 mil 816 estudiantes de los niveles preescolar, primaria y secundaria, alrededor de 60 y 70 por ciento ha sufrido bullying. 

Ante esta situación, la pregunta es ¿qué vamos a hacer?  No es un problema de ausencia de leyes. Tamaulipas es, junto con Nayarit, Distrito Federal, Puebla y Veracruz, de las pocas entidades que cuenta con una legislación sobre bullying. Pero que ha quedado como letra escrita, porque no se ha reflejado en acciones concretas. 

La mejor manera de honrar la memoria de Héctor Alejandro y el sufrimiento de sus padres, en nuestro estado que ahora también libra otras batallas, es que esto no ocurra nunca más. Se debe elaborar una política pública en las escuelas, con normatividad y protocolos que impidan que esto pueda volver a ocurrir.  

Es impostergable trabajar en generar conciencia entre las autoridades educativas, principalmente los maestros, así como con los padres de familia y la población en general, sobre la importancia de una adecuada convivencia escolar, promoviendo la cultura de la paz, mejorar la convivencia escolar y facilitar el diálogo.

Sólo así se logrará avanzar en la prevención, detección y tratamiento de todas las manifestaciones de violencia escolar. Diseñar una política pública que promueva y asegure el respeto a la legalidad, que promueva los valores de la paz, que asegure la convivencia social, desde el respeto por los valores que aseguran la cohesión social.

Una política pública que haga posible que nuestros menores aprendan a respetar las diferencias, de género, raza o religión. Que les enseñemos a practicar la tolerancia. 

Sólo así lograremos que nunca más exista violencia en nuestras escuelas. Nunca más ninguna forma de violentar a nadie, ni sicológica ni físicamente.

Nunca más que alguien sea discriminado por algún motivo. Reforzar en las escuelas públicas, e incluir en las privadas, que se inculquen los valores de la igualdad y los alejen de los prejuicios de clase social, que los haga sensibles, solidarios y con conciencia social, no sólo líderes.

Sólo así podremos ir avanzando en la erradicación de un problema que está ahí, presente, haciendo un daño irreparable a nuestra sociedad, pero sobre todo, perjudicando la formación de nuestros niños y jóvenes.  

Y porque además no podemos ni debemos permitir que mientras en nuestras calles nos azota la violencia, en una escuela azotan contra la pared a un niño, provocándole la muerte, ¿coincidencia o es sintomático? Nunca más, ese es el sentimiento generalizado, porque sólo evitándolo nuevamente honraremos la memoria de Héctor Alejandro, ¿no cree usted?