Peor para la verdad

Nicaragua

El dolor y la muerte rondan nuevamente en Nicaragua. Las manifestaciones se han desbordado en contra del gobierno de Daniel Ortega, el líder guerrillero que a finales de los años 70 derrocó a la Dictadura de Anastasio Somoza y ahora se encuentra encabezando un gobierno que se ha alejado sistemáticamente de su origen social.

Todo inició en abril pasado, con motivo de una reforma a la seguridad social que llevó a cientos de jóvenes a las calles. Además, el anuncio de la construcción de un Canal Interoceánico, concesionado a un empresario chino. ¿La respuesta? La represión, que lleva hasta ahora un saldo de 60 muertos y una absoluta indignación internacional.

El gobierno de Daniel Ortega ha caído en esa tentación del poder, que después termina personalizándose, propia de muchos países latinoamericanos, lo que siempre ha traído más desgracias que desarrollo.

Recién reelecto en 2016, Ortega lleva once años en la Presidencia de Nicaragua, ahora acompañado en la Vicepresidencia por su esposa Rosario Murillo, lo que llevado a la concentración del poder en una sola familia.

Resulta lamentable que Nicaragua tenga que volver a tener protestas callejeras, pero más aún es ver como el líder que terminó con una de las dictaduras más largas y represoras de la historia del continente, se haya convertido en una réplica de lo que combatió.

Este fenómeno de liderazgos con tanto poder político, como mencionaba Octavio Paz, tal vez viene de nuestro origen mestizo, por la referencia del Tlatoani precolombino, el caudillo de la Independencia, de los hombres fuertes de la Revolución y del Presidencialismo omnipotente que marcó la historia reciente de nuestro país. Por eso debemos ver con atención lo que ocurre en Nicaragua, entender con sensibilidad la molestia social pero sobre todo, la importancia de contribuir como ciudadanía en la construcción de una vida institucional que nos permita contar con estabilidad y paz social.

El gobierno nicaraguanse desafortunadamente se perdió en un largo ejercicio del poder, olvidándose de su origen. Ahora, la iglesia, que ha sido siempre un factor importante en ese país, está siendo intermediario para generar el diálogo y los consensos que terminen con el derramamiento de sangre. Pero eso sólo será posible si Ortega y su gobierno entienden y asumen sus errores, reconciliándose con su pasado pero, sobre todo, pensando en el futuro. Y eso pasa por desprenderse del poder al que se acostumbraron a ejercer, con la represión como mecanismo de control, ¿no cree Usted?