Crónicas urbanas

Un veterano del libro viejo

Este octogenario tiene a la venta que una de las primeras ediciones con la imagen de la virgen de Guadalupe y sorprende la cascada de impresos que esparce sobre una acera de la calle Antonio Caso.

La particularidad  más visible de esta librería de viejo, marcada con el número 44 en la calle Antonio Caso, es que la mercancía se desborda hacia la acera, algo que sorprende a quienes miran por primera vez, mientras que para  viandantes habituales es normal,  e incluso algunos adquieren libros o revistas para leer durante la comida.

El dueño es  Antonio Villanueva, de 88 años, quien, junto con su hermano, llega temprano e inicia el mismo ritual desde hace medio siglo: sacar y acomodar una cascada de impresos. Tardan tres horas. El mismo tiempo que hacen durante el cierre, que empieza a eso de las cinco de la tarde. Es un trabajo cronométrico. La paciencia es una de sus aliadas. Cada libro y revista están en lugares precisos.

Todo aquí está ordenado, aunque la apariencia diga lo contrario, y es normal ver al señor Villanueva —a los 10 años era ayudante de sus tíos libreros en el Centro Histórico— perderse entre rimeros de libros, y a veces parece zambullirse para encontrar la mercancía deseada. Es lo que ahora mismo hace: estira  las manos y agranda su baja estatura hasta  alcanzar lo que quiere.

Y lo encuentra.

En esta ocasión es un tomo envuelto en papel de estraza, afianzado con un mecate, mismo que desanuda lentamente, como si se tratara de algo muy fino; su parsimonia es similar a la de un anticuario.

Y pone en sus manos el tomo empastado de piel, lo frota y lo muestra, seguido de una sonrisa. Leo  el escrito: “Colección de Obras y Opúsculos, perteneciente a la milagrosa Aparición de la Bellísima imagen de nuestra Señora de Guadalupe, que se venera en su santuario extramuros de México.

“Reimpresas todas juntas, y unidas por un devoto de la Señora, con el fin de que con el tiempo no perezcan, o se hagan muy raras algunas de las piezas menores. En Madrid: en la imprenta de Lorenzo de San Martín, impresor de la Secretaría de Estado y del Derecho Universal de Indias, y de otras varias oficinas de SM. Año 1785”.

Enseguida el señor Villanueva abre el tomo y, siempre cuidadoso, muestra una página, que inicia con el título “Quarta aparición” y desliza su dedo índice sobre la primera línea del párrafo de la hoja:

“Viola el Indio bajar de la cumbre del cerro, para salirle al encuentro, rodeada de una nube blanca, y con la claridad que la vio la primera vez, y dixole: ¿A dónde vas, hijo mío; y qué camino es el que has seguido?” “Quedó el Indio confuso, temeroso y avergonzado; y respondió con turbación, postrado de rodillas: Niña mía muy amada y Señora mía, Dios te guarde. ¿Cómo has amanecido?” Etcétera.

El hombre cierra el libro, lo vuelve a dejar como estaba, lo guarda en la  torre de papel,  vuelve a bucear y ahora extrae un pergamino del año 1600, escrito en español y náhuatl, pero pronto lo regresa al mismo sitio.

Y respira satisfecho.

***

—¿Y siempre ha tenido así de revistas y libros?

—Bueno, sí, siempre; me quedó la costumbre de mi tío, porque él compraba también por grandes cantidades y yo seguí su ritmo de trabajo; por ejemplo, si hay 100 revistas, 200, o mil, o 2 mil, las compramos todas, siempre y cuando sirvan, porque hay cosas que no tiene caso comprarlas.

—¿Y qué es lo que sirve?

—Pues uno mismo tiene que ver, porque hay novelas, por ejemplo, que no sirven para nada, que ya son muy pasadas de época.

—¿Qué vende más?

—Bueno, aquí nunca se sabe, porque este negocio es muy voluble; por eso manejamos de todo, esa es nuestra fuente de ingresos: manejar de todo un poco.

—¿Tiene clientes seguros?

—Algunos, vienen de fuera; los que más compran son los que pasan y ven, pues siempre ha sido un lugar medio transitable; son los que pasan a ver qué les sirve, y ahí vamos, menudeando de lo que llega.

—Ha acumulado demasiado.

—De libros, sí, hay muchos que se acumulan, no alcanzan a salir; por ejemplo, de 100, se venderán… 50 y ya los demás pues se van atorando.

—¿Cómo era antes y cómo es hoy?

—Pues igual, siempre es lo mismo. Lo que hay es gente que luego tiene vicio de comprar y comprar.

***

El hombre apenas puede moverse, ya que hace poco lo atropelló un microbús. Pero eso no es un obstáculo para seguir en su labor, a pesar de que él y su hermano tardan tres horas en abrir y otras tres en cerrar.

—Apenas le sale…

—Pues sí, tengo que buscar la forma de afrontar la renta.

—¿Hasta cuándo va a permanecer aquí?

—Mientras pueda vivir, porque la vida no la tiene uno comprada, así es que en cualquier momento puedo cambiar de planeta, porque ya 88 se resienten, ya no es lo mismo que hace unos 20 o 30 años, cuando estaba uno en buenas condiciones físicas, pero todo se acaba, trabaja uno porque es una cosa a la que estamos habituados, no puedes dejar de hacer algo, porque te quedas en la casa y se atrofia el cuerpo, se vuelve uno más inútil todavía.

—Pero está enfermo.

—Me tiró un microbús, sí,  hace poco, en la esquina de Vallarta y Antonio Caso; me rompió el omóplato y las costillas; estuve cinco meses en mi casa metido. Me preguntaban los doctores de la Cruz Roja si tomaba o fumaba y les dije que no, ni uno ni otro, y eso es lo que me ayudó que soldara (el hueso).

—¿Y si yo quisiera una revista de allá arriba, cómo le hacen para subirse? —pregunta el reportero mientras señala lo alto de un tapanco y un travesaño.

—Pues tenemos todo acá a la mano. Ya sea decoración, arquitectura, todo, cualquier revista la tenemos a la mano.

—Dice que ha conocido personajes en su vida como Alberto Beltrán, que le hizo a usted un dibujo.

—Sí, también Carreño, el dibujante de Siempre! Ahorita me lo encontré. El que venía mucho era Rius, el de los Supermachos, compraba revistas en inglés, como New Yorker. Y Alberto Beltrán, sí, él venía —dice, refiriéndose al artista gráfico, mientras saca la copia de un grabado suyo en el que aparece el joven Villanueva en un tenderete.

—¿Entonces piensa morir en la raya? —se le pregunta al librero más antiguo de la Ciudad de México.

—Pues sí, si es que no me enfermo… Ya le digo: uno trabaja porque estamos habituados y no puedes dejar de hacer algo porque si se queda uno en la casa se atrofia el cuerpo, se vuelve uno más inútil todavía.

Y ahí se queda, entre pilas de libros, como buceando, para luego embarrar de pegamento su dedo índice y adherir una pizca en el lomo de un tomo antiguo.