Crónicas urbanas

El último amanuense

Una época está detenida en la plaza de Santo Domingo, donde escribanos con máquinas antiquísimas se resisten a la modernidad. Durante años han redactado cartas de amor y otros documentos.

Están en el portal de la plaza de Santo Domingo, entre las calles República de Cuba y Belisario Domínguez, frente al edificio de la Secretaría de Educación Pública, donde practican un viejo oficio, el de escribientes, ahora en vía  de extinción. Pero José Edith González, el de más años, 74 cumplidos, se aferra a su máquina de escribir, una Hermes, cuyas teclas aporrea con vigor para complacer a la clientela que solicita diversos escritos, que incluyen cartas de amor.

El señor González, quien todas las mañanas llega después de una larga travesía que inicia en Iztapalapa, a bordo de peseros y Metro, espera un momento de pie en el portal, cerca de la calle Belisario Domínguez, mientras un amigo le hace el favor de sacar la máquina mecánica que, como hace años, deja todas las tardes en el pasillo principal de una vecindad, junto con una mesita y un pequeño banco.

Y a esperar.

—¿Ha bajado el trabajo?

—En mi caso ha bajado porque mis clientes se han ido muriendo o se discapacitan; es gente grande, no tuve cuidado de renovar mi cartera con gente joven.

—¿Cuál ha sido la carta más peculiar que ha escrito?

—La última que recuerdo fue de amor maternal: una señora le hacía un pensamiento a su hijo, que había sido drogadicto y se había rehabilitado. Ella vino muy contenta, mucho muy contenta,  pero  antes fue a una computadora y ahí le dijeron, ‘bueno, la redacción tráigamela’, entonces fue cuando vino conmigo a que se la redactara, para luego ir ella a la computadora, y le hice la carta,  o sea, entendí lo que ella quería, y cuando saqué la cuartilla me dijo ‘muy bien, léamela’, y se la leí y lloró la señora, entonces me dijo: ‘yo ya no voy a la computadora, así me la llevo, ésta es la buena’. Me dijo que la iba a pegar en un álbum que traía para su hijo.

***

Pero habrá que empezar el itinerario en la esquina de República de Cuba, del lado izquierdo, visto de frente el portal, y observar las viejas impresoras manuales y escuchar la insistente invitación de un ejército de hombres y mujeres, aquí y en calles adyacentes, algunos camuflados entre aparadores,  que ofrecen sus servicios para hacer todo tipo de impresos, mientras otros se especializan en el diseño de tarjetas para cumpleañeras, bodas, bautizos y primera comunión.

Los escribanos empezaron con su labor hace 200 años, aquí mismo en esta plaza, explica un servicial impresor de tarjetas.

“Tenían una cubeta, un tintero, un manguillo y una jerga”, alecciona el hombre sobre el material de trabajo que usaban los primeros amanuenses, y admite que también su actividad ha disminuido en ese portal, también conocido como Plaza de los Evangelistas y de los Escribanos, así como Plaza 23 de Mayo.

En la parte de en medio está Lourdes Alva, de 54 años, quien empezó a los 20 en este oficio, “hermosamente bello”,  comenta, sentada frente a su máquina Olympia, para luego aclarar que también usaba una Remington, “esas de trabajo rudo”, agrega y sonríe, mientras atiende a su nieta.

—¿Y cómo es ahora?

—Hacíamos cartas de amor y la tarea de los chicos, pero antes —sonríe— era más tranquilo y la gente era más gente; ahora estamos como en una selva.

—¿Y qué tipo de gente venía?

—De todas las edades. En esas épocas, los 50 y 60,  había amor todavía —vuelve a reír—, muchas chicas enamoradas.

—Y sigue con sus máquinas.

—Sí, de batalla, de trabajo rudo; y es que antes la gente hacía hasta cola de tanta chamba que teníamos. De todas las colonias venían. Desde una carta para pedir ayuda económica al Presidente y de aquí caminaban a Palacio Nacional.

 —¿Y qué tanto ha bajado?

—Bastante, bastante.

***

—Don José, ¿usted es escribiente o mecanógrafo?

—Soy escribano y evangelista; lo de evangelista fue un apodo que le pusieron a mis compañeros hace muchos años. Se cree de los cuatro evangelistas, dos eran ignorantes, por lo menos; Lucas no, tampoco Mateo, porque ellos tenían cierta instrucción. Entonces se supone que ellos, por inspiración divina, escribieron su Evangelio, y aquí nosotros le servimos a un erudito,  por decir, a un personaje conocido, y entonces la gente lépera o que pasaba por ahí nos apodaron los evangelistas.

En este oficio José Edith lleva medio siglo, tiempo durante el cual ha realizado todo tipo de escritos, pero hay algunos que le llaman más la atención.

—¿Usted es un traductor de sentimientos o le dictan?

—Me dictan y traduzco.

—Y cuánto cobra?

—Bueno —ríe José Edith y muestra su dentadura deteriorada—, las cartas de amor, les digo, de acuerdo al enamoramiento que traigan.

—¿Y no piensa cambiar de máquina?

—Sí, necesito renovarme, pero estoy esperando que salga al mercado una máquina, una computadora que yo le hablé y ella escriba, yo le voy a dictar y ella va a escribir, ya me iré a formar yo al país donde estén ofreciéndola, y entonces agarro mi cobija y me traigo una de esas —con los años ya también tengo artritis—; estoy esperando eso para dar el salto. Entonces ya me verá usted dictándole a mi máquina y mi máquina escribiendo. Porque así como esta máquina me obedece,  también la computadora me va a obedecer, y voy a aprender cómo programarla y todo, pa acá y pa acá, y voy a cambiar mi lenguaje, voy a usar lenguajes como el iPad, el ratón.

—Hubo una época en que usted tuvo mucho trabajo.

—Fue en la época cuando había, mire, había un aparato que se llamaba mimeógrafo;  reproducía, y no es por nada, pero yo era de los mejores picadores de esténcil; el esténcil se picaba sin cinta, se perforaba y se llevaba al mimeógrafo y se reproducía, ya hará unos 30 años, 35, yo hacía tesis; por ejemplo, en máquina, yo llenaba formas de la SEP.

—Qué tanto ha disminuido el trabajo?

—Para mí ha disminuido, pero ya soy un viejo que ya formé a mi familia.

—Va a seguir?

—Sí, voy a seguir.

Enfermo y parsimonioso, pues hace poco le hicieron una operación quirúrgica en el estómago, José Edith González, con 74 años encima, sigue aferrado a esa máquina de origen suizo, que durante mucho tiempo le dio para comer y vivir de manera holgada; consciente, y sin perder el humor, de que atrás quedó la mejor época de un oficio del que nunca se arrepintió.