Crónicas urbanas

El tejedor de máscaras

Stukita es integrante de una familia de gladiadores y desde niño empezó a practicar la lucha libre, pero con una ventaja frente a los que sobrevuelan cuadriláteros: también confecciona las caretas.

Baila y vuela en cuadriláteros, donde también practica sofisticadas ganzúas. Lo hace desde que era niño. Este hombre de baja estatura, quien nació hace 22 años en el seno de una familia de gladiadores coahuilenses, es un pequeño misil que roza cuerdas mientras escucha alaridos de sus seguidores, sobre todo mujeres, y además manufactura máscaras para amigos y contrincantes.

Debutó a los 12 años, aunque practicaba desde los seis, lapso en el que conoció la disciplina entre su parentela, empezando por padres y abuelos; dice que nació en una arena de Coahuila, para más señas en Torreón, en la Comarca Lagunera. “Desde niño he respirado y comido lucha libre”, resume, e insiste en mencionar una larga lista de integrantes de su familia dedicados a este oficio.

El semillero está en la Comarca Lagunera, repite, mientras desenreda el carrete y pasa el hilo por la aguja de su máquina de coser, para luego iniciar las puntadas que darán forma a la siguiente máscara. “De allá salen buenos luchadores; ahí está mi abuelo”, ejemplifica, “el Halcón Suriano, y mi padre, Halcón Suriano júnior, unas personas que han dejado huella en el norte del país”.

—¿Desde niño, entonces?

—Desde niño he comido lucha libre, he visto lucha libre, he respirado lucha libre, porque desde los seis años empecé a entrenar lucha olímpica; a los 12 debuté en Ciudad Jiménez, Chihuahua, ya como luchador. Soy de una familia de grandes maestros.

—¿Saltas de luchador a mascarero?

—Tengo dos tíos que fabrican máscaras; uno de ellos ya falleció, entonces, como te digo, es una tradición familiar, es algo que te dejaron inculcado, pues desde niño siempre me llamó la atención.

El luchador Stukita, de baja estatura y musculatura torneada, hace máscaras en un taller situado en el cuarto de un inmueble del norte de la ciudad, donde, siempre de buen humor, relata un tramo de su niñez. “Yo nací en una cuna humilde”, rememora. “No teníamos para tener una máscara brillosa, un atuendo brillante”.

—¿Muy costosas?

—Todo era muy caro, por eso yo decidí intentar hacer máscaras, ahora sí que echando a perder se aprende y pues eché a perder mucho, pero yo me enfoco mucho en mi trabajo, es algo que me ha dejado muchas satisfacciones. Porque yo empecé totalmente empírico, ¿eh?, totalmente empírico —repite–, y ahora sí que somos varios en la familia que hacemos máscaras.

—¿Desde qué edad haces máscaras?

—Tengo unos cinco años que hago máscaras; claro, no se compara con algunos compañeros que hacen lo mismo y tienen una trayectoria diferente; por ejemplo, hay una persona muy allegada a mí, a la que yo estimo mucho, que es como mi tío, de hecho lo presento como mi tío, él me ha dado consejos, me ha enseñado a hacer máscaras, se llama Roberto, el Memuco, vive en Ecatepec.

De los 12 a los 18 años ganó el campeonato ligero de la Federación Internacional de Lucha Libre. En ese mismo lapso le quitó la cabellera al Indio Loco, en San Luis Potosí. Ha saltado en cuadriláteros de Saltillo, Laredo, Nuevo Laredo, Monterrey, Durango, Reynosa, entre otras ciudades.

En 2012 llegó a la Ciudad de México, ya a residir, después de “andar de casa en casa con mis tíos”, recuerda Stukita, mientras le da forma a una máscara de tela verde, con antifaz plata. Es un encargo de Boby Lee Júnior.

—¿Cuál ha sido el rival más difícil?

—El que no paga —dice y ríe.

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En el taller de Stukita, situado en la colonia Maximino Ávila Camacho, delegación Gustavo A. Madero, hay un perchero horizontal donde acomoda las máscaras de conocidos luchadores, que lo mismo han volado en cuadriláteros del centro que en los del norte o el sur del país.

—¿Y a quién le haces máscaras?

—De los Villanos; esa máscara, por ejemplo, es de Bobby Lee, un luchador de León, Guanajuato, y le hago a Bobby Lee Júnior; también, obviamente, a mi padre, Halcón Suriano Júnior; a luchadores independientes,  como Jerry Brown, Dark Saint, Tóxico, y a gente de Estados Unidos, ¿eh?, y he mandado algunas para Japón, ¿eh?

—Empiezas muy joven. ¿Hasta dónde piensas llegar?

—Sí, muy joven, porque en México la lucha libre es parte de nuestra cultura. Yo pienso que tres cosas que nos molestarían en México es que ofendieran a nuestra madre, a Dios y a la lucha libre; pienso llegar muy lejos, en los planos estelares de la Arena México, porque yo pertenezco a los pequeños estrellas del Consejo Mundial de Lucha Libre y quiero llegar a ser un luchador internacional —dice el hombre de baja estatura, que de pronto semeja un niño.

—¿Estás en la categoría...?

—En la Arena México lucho en la categoría mínimo, soy de los luchadores de estatura corta, pero fuera soy standard porque he luchado con Bobby Lee Júnior, Rey Bucanero, infinidad de luchadores que son estrellas y de esa talla.

—¿Y por qué el nombre de Stukita?

—El nombre de Stukita llegó hace algunos años, por decisión del señor Stuka, Joel García, al que le mando un saludo, que me propuso ser su personaje en mini, y me pareció muy buena la idea y entonces debuté en la Arena México como Stukita —explica quien porta una máscara con la forma de un casco de aviador, micrófono y dos víboras a los lados, que significan peligro.

—¿Y así se quedó?

—Así se ha quedado, como Stukita, y estoy muy a gusto con este personaje, que me ha dado muchos triunfos, victorias y derrotas; he conocido muchos lugares, muchas personas y pues estoy muy a gusto como Stukita.

—¿Cuántas máscaras haces diario o al mes?

—Diario hago unas dos. Depende de la disponibilidad; yo, como soy un luchador vigente, no tengo mucho el tiempo de estar sentado aquí, porque voy a León, Guanajuato, voy a Tijuana, voy a Jalapa, voy a Reynosa…

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—¿Entonces nadie te enseñó a hacer máscaras?

—Nadie. Si hubiera, pues qué chingón, pero como dice mi tío Memuco, para máscaras y trapos, cualquiera; para equipo de lucha libre, pocos, y yo quiero ser de esos pocos.

—¿Por qué nadie enseña?

—Porque es más fácil que venga el Papa y te haga una Maruchan, a que un mascarero te enseñe sus moldes.

—Eres exigente.

—Es control de calidad.

—¿Te han devuelto máscaras?

—Pocas veces, contadas.

El costo de las máscaras depende de la tela. Es una información que el joven gladiador guarda celosamente entre esas caretas que volarán en cuadriláteros de todo el país.