Crónicas urbanas

El suplicio de un anciano estafado

El pasado 21 de junio, a las 16:00 horas, el ingeniero Federico Amaya Vera, de 81 años, cayó en una trampa de la que aún no sabe si saldrá, ya que topó con pretextos y burocratismo entre autoridades del Estado de México, aunque su desgracia empezó en el municipio de Naucalpan, hasta donde llegó un tal Eduardo Sánchez Vázquez, acompañado de una mujer, proveniente del vecino DF, con la idea de timarlo, sin que él lo sospechara, pues siempre actuó de buena fe.

Hay dudas y preguntas que, sin embargo, no lo dejan quieto, sobre todo una que lo aguijonea desde aquella tarde que introdujo su tarjeta en el cajero automático, solo por curiosidad, para ver si había dinero extra, y supo que no; más tarde, ya cerca de las 16:00, cuando el comprador de la camioneta le dijo que había depositado el dinero, observó que ahí estaba la cantidad pactada. El problema vendría después.

Y caería redondo.

***

Tenía dos semanas de que el ingeniero Amaya había colocado el anuncio en su camioneta, una Chevrolet, tipo Uplander, modelo 2008, placas MBV-7367, y comenzó a circular en Ciudad Setélite, municipio de Naucalpan, Estado de México, donde tiene su domicilio.

El 18 de junio, a las 19:00 horas, le habló por teléfono un supuesto comprador, que poco después se apersonó con una mujer frente a su casa, tocó el timbre y preguntó por el precio y otros pormenores.

Fue el primer cliente.

Y el único.

El ingeniero salió.

—¿Cuánto pide?— preguntó el individuo, de baja estatura, de 55 años, acompañado de una mujer, más o menos de la misma edad.

—Ciento 65 mil.

—Déjeme verla.

—Sí, cómo no.

—Déjeme echarle un ojo a la vestidura para ver si está en buenas condiciones —pidió el desconocido y el ingeniero aceptó una vez más sin titubeos.

El extraño alzó el cofre y, siempre acompañado de la mujer, revisó el motor; escudriñó el velocímetro, que marcaba 53 mil kilómetros, y comentó:

—Oiga, está nueva…

El ingeniero lo observaba y asentía las palabras del sujeto, quien comentó que ese día tenía entrevistas con otros dos interesados, y abordó una camioneta Lincoln blanca, conducida por un joven al que presentó como su “sobrino”. Había transcurrido media hora.

La pareja volvió al día siguiente. Era mediodía. Le dijeron al ingeniero que habían visto más camionetas, pero la que más le gustaba era la de él. “De eso estoy convencido”, agregó. “Mire, yo trabajo en el Politécnico…”

—Oiga, en qué parte, yo soy del Poli —se apresuró a preguntar el ingeniero, ya jubilado.

—En Zacatenco, en Recursos Humanos, y ya me autorizaron el préstamo; ahora —pidió el comprador—, lo que yo necesito, si usted está de acuerdo, es que me dé el número de serie del motor y una cuenta bancaria, y ojalá sea de Santander.

—Yo tengo cuenta en Santander —dijo el ingeniero.

—Démela para hacer la transferencia —pidió aquél—. Ya voy a tramitar todo al Poli, y cuando lo haga, yo me comunico con usted.

El ingeniero anotó el número de cuenta en un papel y el trío se retiró. El jueves no se presentó el sujeto, pero le habló por teléfono para decirle que seguía haciendo los trámites del préstamo, Poli, “pero yo le aviso”.

El viernes 21 habló a las 12 del día y le dijo que aún no estaba el préstamo. “Aquí lo espero”, respondió el ingeniero.

Una hora más tarde le habló para decir que seguía en la oficina del Poli, “pero no me muevo hasta que me hagan la transferencia”.

El ingeniero fue a solventar el pago de la mensualidad en una tienda departamental en Plaza Satélite; de pasada, por mera curiosidad, aprovechó el viaje y fue al cajero automático e introdujo la tarjeta, pero no apareció ninguna cantidad extra. Se fue a casa y a las 15:30 recibió una llamada del comprador.

—Ingeniero —le dijo—, ya está hecha la transferencia. Vamos al banco para que la verifique.

—Vénganse y súbanse —invitó el ingeniero a la pareja, en el momento que ésta llegó, mientras el “sobrino” los siguió en la Lincoln.

Eran las 15:45 horas.

Arribaron a la plaza, frente a Santander, el ingeniero metió su tarjeta y entonces apareció un saldo de 198 mil 678 pesos, suma total con lo que ya tenía, y volteó a verlos y les dijo:

—Ya está hecho el saldo.

—Qué bueno, ya nos habían dicho —comentó el comprador y el ingeniero le pidió la credencial del IFE para hacer “la carta responsiva de la compra”.

—Ya no saqué copia, porque aquí traigo una —dijo el comprador mientras extendía la copia de una credencial con el nombre de “Vázquez Sánchez Eduardo”, con domicilio en la colonia Lindavista, delegación Gustavo A. Madero, DF.

El ingeniero cotejó.

—Está correcto —dijo.

Le dio la factura, la verificación, la tarjeta de circulación, la tenencia y dos juegos de llaves de la camioneta.

Y el trío desapareció.

***

El día jueves el ingeniero fue al súper con su esposa, pero se percató de que el saldo de su tarjeta solo era de tres mil pesos.

—¡Ya nos dieron tarjetazo! —gritó la esposa.

—No, vámonos al banco —pidió él.

Llegó con un ejecutivo de la sucursal bancaria y pidió que le mostrara su estado de cuenta, pues “está muy bajo el monto”, le dijo. “Lo que sucede es que el cheque de 165 mil pesos no tuvo fondos”, contestó el funcionario. El cheque fue depositado, agregó, “salvo buen cobro”.

—¿Y qué quiere decir eso? —preguntó el ingeniero.

—Es que nosotros tenemos que validar que el cheque depositado tenga fondo.

—Oiga —preguntó el ingeniero—, ¿cómo es posible que ustedes, que aún no validen el cheque, lo pongan como entrada al saldo del cuentahabiente?

—Es que el dinero que entra lo ponemos automáticamente en el saldo de cuenta del cliente.

—Pues muy mal —reprochó, indignado, el ingeniero—, porque esto favorece a los estafadores; yo entregué los papeles, porque vi el saldo total…

Le dieron copia del estado de cuenta… y el cheque apócrifo depositado. “¿Cómo se enteraron los estafadores de que a esa hora había aparecido la cantidad?”, se pregunta ahora el ingeniero Amaya, quien pidió asesoría a la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros, Condusef, pero le dijeron que enviara una carta a la “licenciada Alicia Paulin González”, de Santander, y que dentro de un mes, etcétera.

Y envió la carta.

En el texto, el ingeniero hace un resumen de lo ocurrido y finaliza: “Considero que el banco debe hacerse responsable de este fraude y resarcirme como cliente el daño sufrido”.

El ingeniero sospecha de complicidades. —¿Cómo se aseguran los defraudadores que ya salió el saldo?— y refiere que el jueves hizo la denuncia en un Ministerio Público exprés de Plaza Satélite, pero le dijeron que tenía que esperar tres días hábiles para ratificar la denuncia en San Pedro Barrientos.

El día 28 fue a la Policía Federal, en Periférico Norte, e hizo una denuncia por fraude, pero le dijeron que no la podía hacer por ese delito de fraude.

Tres días después, fue a ratificar la querella a San Pedro Barrientos, pero le dijeron que no había llegado el expediente, por lo que se tenía que presentar al otro día, y así lo hizo; un empleado, sin embargo, le comentó que no lo podían atender, pues tenía que hacer una cita, misma que le dieron el 22 de julio.

Y en ésas anda.

Y exige:

—Que la policía cibernética investigue por qué razón aparece una cantidad no certificada en el saldo del cliente.

Pero nadie lo escucha.

Eso parece.