Crónicas urbanas

El señor de las máscaras

Mario Édgar Badillo atiende la Galería Eugenio, conocida como “Palacio de las máscaras”, en La Lagunilla, donde su tío coleccionó hasta 16 mil piezas durante medio siglo.

Mario Édgar Badillo Sosa, de 42 años, era muy joven cuando supo que el tío Eugenio Sosa Rodríguez tenía la afición de coleccionar máscaras; tiempo después, en confesión directa de su pariente, sabría el momento justo en que al hermano de su madre le nació la idea de hacer lo que se convertiría en una pasión.

Eugenio Sosa era marino. Un día de los años 50, en el puerto de Veracruz, luego de que su barco hiciera una escala, el joven navegante, como sus demás compañeros, salió a caminar por el malecón; él prefirió curiosear en una tienda para turistas, donde le llamaron la atención dos máscaras de madera.

El marinero, respetuoso, se dirigió a la empleada y pidió que si le podía dar información sobre el origen de la máscara que había adquirido, pero la señorita, escueta en su respuesta, no supo decir más allá de lo que miraban sus ojos, y desde ese momento aquel joven se interesó por desentrañar los antifaces mexicanos.

Y fue ahí donde comenzó su interés por saber más del tema, y profundizó en su estudio: de dónde provienen, hacia dónde van, cómo se utilizan. Entonces se propuso hacer una colección que atesoró en un inmueble del barrio La Lagunilla. Sus continuos viajes eran a las zonas indígenas del estado de Guerrero.

Tendió una red de amigos, en especial de comerciantes, y adquirió una casona porfiriana, en el número 84 de la calle Allende, donde llegó a tener hasta 16 mil máscaras, distribuidas en 15 cuartos, que forman una alargada estancia de paredes rústicas. Siempre tuvo aspecto de galería.

Pasó el tiempo y creó una sucursal en Playa del Carmen, Quintana Roo, pero le fue imposible atender las dos tiendas al mismo tiempo, por lo que decidió concentrarse en ésta, con el nombre de Galería Eugenio, donde también estaba su hermana Patricia, madre de Mario, quien desde los 18 años convivió con su tío.

Eran los años 80 cuando llegó a tener el mayor número de máscaras, algo que llamó la atención de estudiosos de la UNAM y del Instituto Nacional de Antropología e Historia, que solicitaron asesoría a Eugenio, recuerda Mario Badillo.

Diego Rivera y Marilyn Monroe fueron personajes, entre otros, que visitaron la galería, dice Mario, quien recuerda que su tío fue gran amigo de los artistas plásticos Rafael y Pedro Coronel, que tienen su museo en Zacatecas.

Su tío también cultivó amistad con artistas franceses, dice Mario, mientras abre un libro en papel cuché, Mexican Masks, de Donald Codry, autografiado por el mimo Marcel Marceau, en 1989, que trazó las figuras de un sombrero, una luna y un sol.

De la pared cuelga un documento que a Eugenio Sosa Rodríguez le otorgó la UNAM, “por su participación y apoyo en la plática ‘Máscaras’, que brindó a la carrera de Arquitectura, en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Aragón”.

Badillo, quien forma parte de la cuarta generación dedicada a este oficio, muestra orgulloso el legado de su tío, fallecido hace 15 años, mientras camina por los cuartos de cuyas paredes penden máscaras, “ninguna repetida”, dice, para luego responder:

—La máscara te habla, te llama; llévate la que te mire —dice y recorre con la mirada las figuras que, en efecto, parecen gesticular.

—¿Amor a primera vista?

—Sí, exactamente. Hay gente que hace la selección de otra selección, y se tardan hasta una hora para llevarse su máscara.

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Lo acompaña su madre Patricia Sosa, siempre sonriente. “Mi tío Eugenio Sosa era muy querido por la comunidad mascarera de Guerrero”, recuerda Mario.

—¿Qué platicaba?

—Me platicó en varias ocasiones que cuando iba a los pueblos a buscar máscaras y ver danzas, el trato que recibía por parte de las personas de los lugares que visitaba era casi comparado con la de algún jerarca muy respetado de las culturas prehispánicas.

—¿Tanta era la amistad?

—Sí —relata Mario Badillo—,  de hecho a mi tío ya lo denominaban patrono de artesanos, por toda la ayuda que brindaba a la comunidad indígena, ya fuera económica o por la manera de buscar las alternativas para que su arte se reconociera y conociera fuera de su lugar de origen.

Su tío llegó a reunir 16 mil piezas; ahora, la galería tiene aproximadamente 4 mil 500, dice Badillo, quien, para recordar la estirpe de la que proviene, menciona que su abuelo se especializó en el armado de candiles antiguos; otros parientes, venden antigüedades en la Plaza del Ángel de la Zona Rosa.

Una de las piezas más extrañas y caras es la máscara en forma de alacrán, decorada con hojas de oro y plata y espejos. Es de La Parota, Guerrero.

Otra es una forma de un animal mitológico, mezcla entre dragón y toro cebú, con alas de vidrio, colmillos de hueso y cuernos de chivo.

—¿Desde cuándo te haces cargo de la galería?

—Tengo 15 años, desde 2000, exactamente; en realidad me costó trabajo porque mi tío no dejó nada escrito, solo tenemos algunos libros, pero casi todo es fotografía o información muy concreta. Entonces lo que yo empecé a hacer fue documentarme y luego ir a ver las danzas.

—¿Y qué te ha impresionado más?

—Me ha impactado cómo todavía siguen teniendo ese sincretismo de la máscara hacia la comunidad y cómo la van desarrollando como una cuestión generacional.

—Pero es casi religioso.

—De hecho tiene mucha influencia de la Conquista y la invasión francesa, aunque en esa parte religiosa se perdió también mucha máscara; en la época de la Colonia, eras visto como hereje si portabas una máscara; entonces, en castigo, las quemaban y les daban azotes; y si tú seguías, te podían hasta quemar en la hoguera, entonces sí se perdió una parte muy grande de máscaras de esa época.

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—¿Compras y vendes?

—Sí, solo que para la compra pasamos por un filtro muy grande.

—¿Cuál es ese filtro?

—Tenemos que ver si es una máscara original, de procedencia indígena, si no es una de souvenir; y muchas veces hay que darles un tratamiento, porque vienen con polilla; pero, más que nada, nos fijamos mucho en que la máscara tenga las particularidades para poder ingresar a nuestra colección; o sea, decía mi tío, que tengan que ver con todo el proceso indígena.

—¿Cuál sería la máscara más peculiar de aquí?

—Son unos cascos que se le llaman De la danza de las tres caídas, que representan a los soldados romanos, cuando llevaban a Cristo a crucificar, y las máscaras de cosecha.

—¿Por qué nada más de Guerrero?

—Pues fue una afinidad de mi tío, o un gusto por la región, pero eso fue lo que estudió; él nos comentaba que es el centro del asentamiento nahua.

—La mayoría es de madera.

—Sí, pero también tenemos lámina, cobre, piel, piedra, barro, y hemos tenido hasta de hueso. Tenemos varias máscaras de mi tío de la época colonial,  que es hoja de oro y hoja de plata, que le da un enriquecimiento a la máscara.

Es quizá la colección más grande de máscaras, que parecen observar a los curiosos desde los muros de una vieja casona en el corazón de La Lagunilla.