Crónicas urbanas

El señor de los libros

Tiene 75 años encima y desde hace 25 trasladó su oficio a la calle, donde exhibe libros en antiguos estantes que usó cuando representó a empresas editoriales que después desaparecieron. Con la llegada del Metrobús, sin embargo, quedó replegado, pero la mutación del asfalto no lo achicopaló.

Es José Arias Pineda, quien lleva medio siglo en el negocio de libros, primero como distribuidor y ahora en la calle; entre sus estantes sobresalen clásicos universales, sobrevivientes de editoras. En sus inicios aquí topó con mafias callejeras y empleados delegacionales, pero logró capotearlos.

Como empleado había recorrido parte del sureste del país, pero empezaron a caer las ventas. Los productos que más vendía eran de Editorial Posada, que publicaba al caricaturista Rius, y la revista Duda.

Le decían Posaditas.

Durante un tiempo se hizo de una librería, pero las cosas no funcionaron bien y embodegó libros; antes, en los 70, vendió billetes de lotería frente al Palacio Postal, donde también puso un expendio de libros para abogados.

Entonces reinició la venta, pero en la calle. La primera vez se puso frente a las oficinas del Inegi, en Balderas, donde no duró ni media hora.

Le había dicho un amigo:

—Ponte frente al Inegi.

Y aceptó la sugerencia.

Estaba necesitado de trabajo e hizo lo que sabía hacer. La diferencia es que ahora lo haría en la calle. Era el único vendedor de libros sobre esa acera, pero de pronto vio llegar a una mujer de furia desatada. 

—¿Era cacique?

—Le dicen líderes.

—¿Qué le dijo?

—Pues me corrió a mentadas de madre; así, a mentadas, eh; cualquier palabra que saliera de su boca, era una mentada, un insulto, y me repetía que no podía vender allá… —dice desde su actual puesto, entre las calles Ayuntamiento y Victoria.

—¿Y usted qué decía?

—“Pero por qué, señora, si aquí no hay vendedor, y son libros lo que vendo, es cultura”. Pues no, que no, y me volvió a mentar la madre. “Okey, señora”, le dije.

Fue hace 25 años.

—Y desde entonces está acá.

—Bueno, me puse aquí cerca, pero la dueña de un comercio me dijo que no podía vender; yo le dije que no me quitaba y ella dijo: “Bueno, ahorita vamos a lavar”.  Y entonces sacaron tres cubetas de agua con cloro y las empezaron a tirar y yo alcé mis libros y me pasé aquí adelante.

***

Y dese hace un cuarto de siglo sigue ahí, sobre Balderas, a un costado de la estación Juárez del Metrobús.

Primero puso los libros en el suelo, luego pensó que era “denigrante” y los colocó en una mesa —“para darle personalidad”—, de modo que los peatones se detenían para observar sin ponerse en cuclillas.

Después abrió un comercio vecino y él quitó la mesa y llevó exhibidores de metal que usaba en provincia —a donde viajaba hasta con 50 pequeñas cajas de libros en autobuses— y los adhirió a la pared de un edificio de bodegas. Lo que hizo fue encadenarlos a muros escarapelados y viejas cortinas.

Ahí también ha tenido problemas, no tan graves, que ha sabido sortear, como es el acoso por parte de empleados de la delegación Cuauhtémoc.   

—Sí —dice— me han querido extorsionar, pero no, no…

—¿Quién?

—Pues unos de Vía Pública, que inclusive a veces sí les he cooperado con algo porque ellos mismos me han dicho: “Mira, mano, tú no debes pagar porque eres de cultura; pero entiende, mano, que la delegación nos paga una miseria; ahí con lo que gustes cooperar”.

—¿Y usted qué les dice?

—“Sí, cómo no”, y ahí les das, ahora sí que unos centavos a la semana; pero de repente se pasaban y no, mano, no, ya les paraba el alto.

—¿Qué les decía?

—“Cuidado, yo te estoy dando porque tú me dijiste en buena lid de que la delegación te paga una miseria, y así hay muchos que andan, muchos que andan cobrando a los vendedores que no están con algún líder.

—De todos modos le tienen consideración por ser… vendedor de libros.

—Por la cultura, sí, por los libros, que hasta cierto punto somos pocos, somos pocos vendiendo libros.

Y no le van mal.

***

José Arias Pineda, siempre de buen humor, empezó como promotor de la Editorial  Posada en la Feria del Libro del Pasaje Pino Suárez. De ahí viajó a provincia, donde se ganó el mote de Posaditas.   

Muy joven llegó a la Ciudad de México —“de dónde cree…, pues de la hermana República de Yucatán”— y desde que vio una Librería de Cristal frente a la Alameda, pensó: “Un día voy a tener ése, ése y ése”. Los tendría gracias a unos amigos.  

Y haría negocio.

Desde la Ciudad de México salía en autobús ADO y hacía escalas en las ciudades de Córdoba, Orizaba, Veracruz, San Andrés Tuxtla; a veces en Puebla y de vez en cuando San Cristóbal de las Casas, Chiapas.    

—¿Y qué tal le iba?

—Bien, no me quejo, siempre me fue bien, mayormente en Veracruz, una de las mejores plazas. Me comentaban que allá la gente no leía por el calor, pero no, sí se vende muy bien el libro en Veracruz. Entraban los artesanos un mes, pasaban dos, tres meses y volvía. Había un político que me conseguía los permisos. Me estaba un mes en el palacio que está frente al Parque Zamora.

Arias Pineda  dice que tiene alrededor de 2 mil títulos de clásicos,  que son de los que más vende, en especial a jóvenes —“chaviza”— de entre 18 y 20 años. Le compra a Editores Mexicanos, a Editorial Época y uno que otro particular.    

Enumera: “Están los de Herman Hesse, como El lobo Estepario; de Friedrich Nietzsche, este… Humano, demasiado humano, El anticristo, y así.

—¿Y otros?

—Pues tienen un buen fondo, todos  los clásicos resumidos: 1984, Rebelión en la granja, muchos títulos. Romeo y Julieta; del Marqués de Sade, que viene en los clásicos, y tantos. ¿Precios?  Entre 30, 40 pesos, 15 los resumidos, que se venden muy bien; también tengo de recetas de comida, de salsas.

—¿Y qué tanto vende?

—Pues, para qué más que la verdad, bajó el año pasado; ah, su mech, se vendían doscientos pesos; cuando bien, trescientos. Lo que me admira es que actualmente estoy vendiendo entre 500 y 600 pesos. Y por decir algo, hay un libro que todo el tiempo se ha vendido: El Principito.

—¿Desde cuándo?

—De los 50 años que llevo —acentúa sus palabras— todo el tiempo se ha vendido; qué bueno, caray. El Principito nunca va a pasar de moda. Y hay gente que me ha preguntado que si no hay más grueso. Es que no, les digo, a menos que la letra sea más grande, ¿verdad?    

—Y va a seguir aquí... 

—Hasta morir, sí, mientras me lo permitan. Que cuando han venido y me han pedido un permiso les he dicho: “Bueno, mira, dime dónde dan permiso y corriendo voy y lo saco”. Pues no hay, ¿verdad?