Crónicas urbanas

La plaga de farderas nunca se acaba

En la jerga policiaca así se les llama a las mujeres que ocultan todo tipo de objetos entre sus ropas, incluso electrodomésticos y aparatos electrónicos, como pantallas planas y utilizan a niños como distracción.

Emplean tácticas de vandalismo donde participan niños como forma de distracción, cuya labor es abrir paquetes de manera frenética. Es uno de los tantos modos de operar de las farderas, denominadas así, en femenino, pues la mayoría son mujeres que roban mercancía en tiendas de autoservicio y departamentales. Un experto considera a estas personas como “una plaga”, pues atacan en grupo y de manera continua.

—Y algunos son cínicos —añade David Chong.  

—¿Por qué?

—Porque a veces trabajan en las tiendas y los fines de semana regresan a robar —explica Chong, ingeniero en comunicaciones electrónicas.  

Hay mujeres que ingresan a las tiendas con faldas largas, hasta los tobillos, y son capaces de acomodar pantallas planas entre sus piernas,  y caminar  campantes, sin que nadie se percate, más que las cámaras de video.     

Es un delito que no está tipificado en la ley, según coinciden Chong y el jefe de seguridad de una tienda de zapatos tenis, ubicada en el Centro Histórico, que de manera cotidiana sufre ataques por parte de bandas de farderas.

—¿Y qué dice el Ministerio Público?  

—La policía sí llega, pero se arreglan con las autoridades y no se procede —dice el jefe de seguridad, refiriéndose a las farderas y los integrantes de la banda.

Y muestra imágenes de varias  personas, captadas por las cámaras, que recolectan zapatos tenis en una tienda.

—¡Nos pegaron otra vez! —exclamaría por teléfono, un día después, el gerente de la misma cadena de tiendas, cuya clientela es incesante.

—La mayoría de los establecimientos prefieren ahuyentarlos, porque son delitos de querella y sale más caro el caldo que las albóndigas —dice David Chong.

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Chong,  ingeniero en comunicaciones electrónicas, egresado de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del IPN, se especializó en sistema de seguridad. Ha prestado sus servicios a diversas empresas y conoce el tema. Es secretario general de Corporación Euro Americana de Seguridad.

En un texto titulado Farderas, una plaga sin fin para los centros comerciales, Chong asegura que dichas personas “constituyen una modalidad especializada de delincuentes que se encuadran en la categoría de los agentes externos en el fenómeno del robo hormiga”, sobre todo en tiendas de autoservicio y departamentales.

Desde la perspectiva global, añade, el fenómeno del robo hormiga se puede equiparar al del shoplifting (hurto o robo) en Estados Unidos, donde “solo 3 por ciento de los responsables son profesionales, causantes de 10 por ciento de las pérdidas totales. Incluyendo en estos desde drogadictos hasta delincuencia organizada, al nivel de bandas internacionales. De aquí la conveniencia de conocer algo acerca del fenómeno”.

Chong agrega:

“De acuerdo con estudios del Centro Nacional de Aprendizaje y Recursos (National Learming & Resource Center) de la Asociación Nacional para la Prevención del Robo de Tiendas (National Association for Shoplifting Prevention, NASP), en Estados Unidos cada año los establecimientos al menudeo sufren robos por 13 mil millones de dólares, realizados por alrededor de 27 millones de personas, de los cuales 10 millones han sido detenidos en los últimos cinco años”.

Y sin embargo, aclara, “la gran mayoría no son profesionales del robo ni lo hacen por necesidad sino como reacción a presiones sociales y personales, son sorprendidos solamente una vez de cada 48 que roban, y solo la mitad de las veces son remitidos a la policía, aunque roban en promedio 1.6 veces por semana”.

En el caso de México, califica Chong, el panorama “es sombrío”, ya que “no existen cifras confiables acerca de este tipo de delincuencia precisamente por la escasez de denuncias, consignaciones y sentencias para estos sujetos…  Ello a pesar de que se trata de verdaderos profesionales perfectamente organizados para el robo, y no simples hampones por ocurrencia o de ocasión, como sucede con la mayoría de los shoplifting de Estados Unidos”.

Una peculiaridad de este tipo de robo en México, anota, es que los delincuentes recurren a mujeres o niños como “ejecutores” —o “distractores” y “vigías”— para la sustracción “de bienes dentro de la ropa, como medio para reducir la posibilidad de un eventual registro corporal o detención, aprovechándose de su condición o simulando una agresión por parte de los empleados del establecimiento”.   

Y si hay mercado siempre habrá oferta, reflexiona Chong, quien añade: “El comercio informal, los pequeños negocios, ya sea fijos, semifijos o ambulantes, los vendedores de ‘ocasión’ o de ‘oportunidad’, los pequeños o incluso grandes negocios con problemas financieros, el egoísmo, la ambición o simple avaricia de negocio que busca la mayor ventaja financiera a cualquier costo, son los principales factores que nutren, propicia, estimulan y mantienen la bonanza de estos delincuentes”.

Los comerciantes en México, enumera, gastaron alrededor de mil 500 millones de pesos en dispositivos de seguridad, “con un éxito muy variable en la reducción de estos ilícitos”, cuyos autores “son una plaga capaz de socavar al establecimiento más favorecido, como ocurrió con Dimperio’s Market, la única tienda de abarrotes en el suburbio de Hazelwood, en Pitsburgh, Pensylvania, que cerró en diciembre de 2008 por los shoplifting”.

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Prefieren esconder sus nombres, pues temen que las bandas de farderas se enteren  y entonces tomen represalias. 

—¿Desde cuándo roban en esta zona?

—Desde siempre, ya que no contamos al ciento por ciento con el apoyo de Seguridad Pública; además, estas personas viven por la zona.

—¿Cuántos intentos de robo?

—A diario,  porque aprovechan cuando se llena la tienda de clientes; es cuando intentan hacer de las suyas, pues  ingresan de 15 a 20 personas, con niños y niñas; inclusive utilizan a personas de la tercera edad para tratar de disimular.

—¿Cuál es el modus operandi?

—Llegan y empiezan a distraer a los vendedores, a la cajera, pidiendo tallas, modelos, “que este no, que ahora dame otro”, y como la tienda está llena de clientes, pues no se puede discriminar,  ¿verdad?, porque entran como compradores pero al final de la fiesta empiezan a sorprender.

—¿Y qué hacen cuando se les atrapa?

—Pues se solicita el apoyo de Seguridad Pública, que en su momento luego tardan en llegar, pero pues ya no puede uno detenerlos porque es como si los estuvieras privando de su libertad.

—¿A cuántas bandas han detectado?

—Pues son varias,  por lo regular rentan por las vecindades de aquí del Centro. Sí se pide el apoyo de Seguridad Pública de la base Asturias para que nos apoyen, pero no, le repito, no existe ley que realmente castigue a estas personas.

—¿Y qué tanto se roban, qué tanto puede caber en una bolsita?

—Llegan a caber unos 15 o 20 pares. Es una cantidad elevada, porque cada par cuesta de 300 a 500, hasta mil pesos.

Estas bandas son una amenaza en tiendas de autoservicio y departamentales, donde han provocado que verdaderos clientes sean vistos como sospechosos. Incluso algunas farderas —y farderos— ya visten ropa de marca para robar.