Crónicas urbanas

La pesadilla de cruzar México

Después de recorrer varias zonas del país en busca de sus hijos, madres centroamericanas hicieron un alto en la Ciudad de México y describieron su pesar por desconocer el paradero de sus familiares.


Un  día sus hijos salieron de sus casas, edificadas en  barriadas pobres de Centroamérica, con la única idea de buscar trabajo en Estados Unidos, y cruzaron la frontera, esa dimensión desconocida para ellos, y se internaron en territorio mexicano, sin pensar en los riesgos, o quizá sí, y  transitaron por cerros, ríos, caminos de herradura, orillas de pueblos, barrancas, vaguadas, y treparon espinazos de trenes, pero llegó el momento que no pudieron eludir a los criminales, muchos coludidos con autoridades,  y desaparecieron en el camino. Es la preocupación de ellas, sus madres, con arrugas y fatigas acumuladas, quienes peregrinan por regiones de México donde esperan localizarlos.

Y a pesar de la fatiga, ostensible en sus rostros, ninguna de estas mujeres desiste; al contrario: piden, exigen a las autoridades, demandan atención, y hacen preguntas durante sus recorridos, al paso de esos lugares en los que a una de ellas le mintieron que vieron pernoctar a sus hijos, cuyas fotografías, forradas en plástico, la mayoría traen colgadas del cuello. Una de ellas piensa que sus hijos pudieran estar en algún hospital psiquiátrico. Es la hipótesis de una madre desesperada.

Y sus voces, que repiten esa letanía, hallan consuelo en el camino, donde organizaciones mexicanas ofrecen solidaridad.  

Es diciembre, mes de recuerdos y reencuentros, y el DF es una escala imprescindible de esta Caravana de Madres Centroamericanas, quienes cruzaron Tabasco, Chiapas, Veracruz, Querétaro, Hidalgo, San Luis Potosí, Aguascalientes, Jalisco, Guanajuato y Estado de México.

“¡Dónde está mi hijo!”, pregunta Anita Celaya, de El Salvador. “Ellos iban en tren, en busca de un sueño americano que se volvió pesadilla”, añade. “Muchas madres ya murieron del corazón y no encontraron a sus hijos”. 

***

“En un periodo de seis meses, de abril a septiembre de 2010, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, CNDH,  documentó un total de 214 eventos de secuestro, de los cuales, según el testimonio de las víctimas y testigos de hechos, resultaron 11 mil 333 víctimas”, señala el Informe Especial sobre secuestro de migrantes en México.

Durante sus visitas de trabajo, precisa el texto, personal de ese organismo recabó un total de 178 testimonios relativos a eventos de secuestro de migrantes, de los cuales 153  corresponden a declaraciones ofrecidas por migrantes que fueron víctimas directas de este ilícito.

“Es importante destacar que las cifras antes citadas podrían resultar superiores, pues la naturaleza del delito y la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra la población migrante impiden conocer de todos los eventos de secuestro que tuvieron lugar en ese periodo”, se añade en el documento.

Respecto de la nacionalidad de las víctimas y testigos que brindaron su testimonio, destaca la CNDH,  el 44.3 por ciento de los casos son de hondureños, el 16.2 de salvadoreños,  el 11.2 de guatemaltecos, en 10.6 por ciento de mexicanos y en menor medida de cubanos, nicaragüenses, colombianos y ecuatorianos.

Por lo que hace a las regiones en donde se presentaron eventos de secuestro de migrantes, según las evidencias recabadas, 67.4 por ciento de los eventos sucedieron en el sureste, 29.2 en el norte y 2.2 en el centro del país.

Los estados en que se presentó el mayor número de testimonios de víctimas y testigos de secuestro, son Veracruz, seguido de Tabasco, Tamaulipas, San Luis Potosí y Chiapas, señala el documento.

Y de los 178 testimonios recabados, en el 8.9 por ciento de los casos, testigos y/o víctimas refieren la colusión de alguna autoridad en la comisión del delito de secuestro. “Entre las más frecuentemente aludidas se encuentran distintas corporaciones de policía municipal, personal del Instituto Nacional de Migración e Instituciones de Seguridad pública estatal, así como la Policía Federal”.

***

Las madres se reúnen en un edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México. “Quiero que mi hijo sepa todo lo que he andado y por eso estamos llenas de resentimientos, de ira”, dice Anita Celaya.

“¿Cómo puede una persona quitarle la lengua a otra persona que no le dice dónde vive su familia?”, pregunta esta mujer, que se niega a creer que tanta maldad pueda caber en un ser humano. “¿Cómo se le llama a la muerte de dos personas y a la de cientos y cientos de personas?”

La secunda Nelly Salas, de Honduras: “Antes nuestros migrantes morían en los pantanos o porque eran picados por serpientes; pero ahora México es un país dinamitado por fosas clandestinas”.

Y va soltando frases: “violaciones de nuestras hijas hasta tres veces por personeros del Instituto Nacional de Migración”. “No quisiéramos encontrar a nuestra gente en esas fosas clandestinas”.

Una madre relata que en Nicaragua hay un estudio que describe una tragedia más sobre los efectos de la migración: “niños están siendo violados por los tíos y  hermanos con los que se han quedado. Esto hay que repetirlo como disco rayado”.

Del cuello de estas mujeres también penden fotografías de hombres maduros, aunque la mayoría son de jóvenes, y traen consigo las banderas de sus países. 

Una salvadoreña, cuyo hijo tiene 24 años de desaparecido, dice que es la tercera vez que participa en una caravana; otra de las peregrinas recuerda que su búsqueda inició en el año 2007, y recuerda la pregunta que le hace su niño cada vez que regresa a casa: “Mamá Moni, ¿encontraste a mi papi, ya vienes con él?”

El día que la caravana pasó por Veracruz, dice Rosa María Iglesias Ruiz, ella se le unió, como último recurso para que se escuchara su voz, pues desde 2011, asegura,  no ve a su hijo, Rafael Flores, de 23 años, quien en un día de junio de ese año le habló por teléfono para decirle que iba a cruzar Reynosa, Tamaulipas.

“A mi se me retuerce el corazón porque todos somos hermanos”,  dice Rosa María. “Y yo pienso que a mi hijo lo tienen por ahí. Eso pienso”.

La mujer, originaria de Córdoba, dice que Rafael trabajaba en un centro comercial de esa ciudad y que ese día, 27 de junio, ya no regresó a su casa.

La última llamada telefónica que recibió de su hijo, recuerda,  fue el 26 de junio de ese año, a las 23:30, y solo dijo: “¿mamá, cómo estás, y mi hermana?”.

Y se cortó la llamada.

 “Yo le llamé pero sonaba colgado”, comenta Rosa María, quien vive de la venta de comida en el mercado de Córdoba. “Él tenía la idea de irse desde que tenía 17 años, pero yo le dije que estábamos bien. Mi esposo se fue al otro lado hace 12 años; pero yo nunca quise irme, por más que él me decía”.

Y allá van.

“Somos miles”, recuerda una de las madres.