Crónicas urbanas

“Mi pelea más dura ha sido con el diablo”

El barrio de Tepito es semillero de grandes boxeadores, pero algunos han sido noqueados  por las drogas y el alcohol, y aún así lograron levantarse, como sucedió con el ex campeón mundial Carlos Zárate, el famoso Cañas.

Primero fue tumbado por las drogas; después, por el alcohol. Es cierto que el hombre lograría recuperarse, pero también es verdad que fueron las caídas más terribles y prolongadas en la vida boxística de Carlos Zárate, El Cañas, el mismo que a los 17 años había comenzado una exitosa carrera después de ganar los guantes de oro y años más tarde salir airoso en 66 de 70 peleas, 63 por nocaut.

Estaba cierto que las pocas derrotas sufridas en el cuadrilátero, donde había defendido su corona, no significaron casi nada si se comparan con aquellas que lo llevaron a derrochar parte de los casi 35 millones de pesos obtenidos, allá por los años 80 y 90, en batallas donde fulminó a diversos contrincantes con sus puños de oro. Zárate estaba acostumbrado a ganar.

Frisaba los 13 años y estudiaba la escuela primaria cuando empezó a forjarse como boxeador en los gimnasios Gloria, aconsejado por uno de sus hermanos, quien lo llevó a encauzar su rebeldía. Cuatro años después ganó el torneo Guantes de Oro. Y a partir de ahí despegó, pues lo asesoró Arturo El Cuyo Hernández, quien lo subió con uno de los mejores boxeadores de la época: Halimí Gutiérrez.

Y siguió con su disciplina y su ascenso. Todos los días salía de su casa, situada en las calles de Jesús Carranza y Bartolomé de las Casas.

Después la familia se cambiaría de domicilio a la colonia Ramos Millán, pues su madre era conserje en una escuela, donde el niño Carlos empezó a recibir los desayunos institucionales. “Eran bastante nutritivos” —recuerda el peso gallo—, “porque traían plátano, leche y huevo cocido”.

Eran sándwiches que el niño Zárate dividía en dos y los guardaba para la merienda con una sola idea: se los ofrecía a niños que quisieran pelear con él, “pero cuando iban a llorar o veía que les iba a sacar sangre, paraba la pelea y les decía, ‘tú ganaste’, les levantaba la mano y les daba su merienda”.

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—¿Y empieza  el despegue?

—Sí, y salí campeón;  y de ahí, en un año más, me metí en el profesionalismo y gané 24 peleas por nocaut, y en el 74 salí a Los Ángeles, California, donde gané el campeonato de Norteamérica, con un americano, y empecé a entrar a las listas, y mi récord seguía avanzando: ya llevaba más de 40 peleas ganadas por nocaut.

—Un  ascenso vertiginoso.

—Sí, porque después entré a las clasificaciones mundiales y empezó a oírse mi nombre en los periódicos, y me enfilé hacia el campeonato mundial, que finalmente gané contra Rodolfo Martínez, también tepiteño, gran peleador; y realicé mis ilusiones y mis sacrificios de pararme a correr a las cuatro y media de la mañana, y en camión irme a Chapultepec y volverme a regresar, tenía que estar bien para llegar a ser campeón.

—¿De cuántos campeonatos hablamos?

—Defendí 10 veces el campeonato y lo perdí contra Lupe Pintor. Mi publicidad fue muy grande en esas 10 defensas, porque filmé comerciales, dos películas, en fin, todo era cámaras y reflectores, éxito, éxito, éxito; pero me ganó Pintor y me retiré desilusionado  y empecé a tomar tragos y andar con mujeres hermosas y amigos ficticios, pseudoamigos, y todo era porque yo pagaba las cuentas, era gastar y gastar…

—Muy duro…

—Sí, pero no hay que victimizar, porque el boxeador no es la víctima, uno mismo es el culpable de todo, de escoger a las amistades, porque nadie te obliga, y se me acabó todo, se me acabó todo lo que había ganado, y puse una vinatería y una fábrica de salas, tuve un yate en Acapulco, tuve, pero como dice el refrán, “al ojo del amo engorda el caballo”, y yo, pues, no me preocupé mucho por esa situación y  perdí todo.

—Fue mucho tiempo…

—Fueron ocho años que me sentí libre, según yo, entre comillas, libre de todo, de compromisos, porque para mí era todo el día de tomar y de inhalar y de andar con amigos y de andar en fiestas en estados de la República y fuera del país.

En su casa de la unidad habitacional CTM-Culhuacán, El Cañas Zárate, sin ningún rastro de aquella espesa mata de sus años mozos, sí, en cambio, con un vasto acervo de material fotográfico y recortes de periódicos y revistas sobre la mesa, habla de su ascenso y descenso en su carrera boxística, mientras despliega el cinturón de Campeón Mundial Gallo, que en 1976 le otorgó el Consejo Mundial de Boxeo.

La faja de cuero está autografiada por el beisbolista Beto Ávila y por la actriz María Félix, quien garabateó: “¡Bravo, Carlos Zárate!”.

También pone ante los ojos el grueso anillo del Salón de la Fama. Recuerdos de una época de gloria y las caídas de un campeón que habla de él sin contemplaciones.

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Un día, en una de esas épocas de crisis, cuando deambulaba por el rumbo de La Merced, llegó a pedirle ayuda económica al presidente del Consejo Mundial de Boxeo, José Sulaimán, quien a cambio le ofreció rehabilitarse, pero salió molesto; al final, recuerda Zárate, aceptó el ofrecimiento y estuvo seis meses en una clínica.

—Seis meses.

—Sí —responde—, seis meses pidiéndole a Dios que me echara la mano y poniendo todo mi esfuerzo y ganas para poder alejarme de todo eso, y Dios me dio la bendición para estar bien.

—¿Cuál ha sido la pelea más dura?

—Esa, esa, porque cuando empecé a rehabilitarme eran unos escalofríos y sudaba mucho, era una desesperación que quería brincarme, salirme, y hasta en el suicidio llegué a pensar; afortunadamente, te digo, me llegaron unos mails de José Sulaimán, en los que me decía: “Carlos, con ese corazón que levantó usted a miles y miles de aficionados al box de su butaca, llenos de emoción, con ese mismo corazón, le auguro a usted que va a salir con la mano en alto de esta situación, y es la pelea más difícil de su vida, Carlos,  póngale muchas ganas porque queremos sentirnos orgullosos de usted”, y le puse todo mi corazón y todas las ganas, porque no podía quedarme mal a mí mismo, y lo logré: salí de ahí y estuve feliz con mi familia.

—¿Y cuál ha sido el contrincante más duro?

—El diablo, o sea, se dice diablo porque es la maldad, la maldad del pensamiento que no se estabiliza; pero cuesta más trabajo portarse mal que portarse bien.

El hombre que fue varias veces campeón de peso gallo, ahora de 63 años, lleva una década de estar “limpio”, como él dice, es decir, de no consumir drogas ni alcohol, después de dos periodos de altibajos, a partir de los 80.

Desde entonces encabeza un grupo contra las adicciones, donde tiene bajo su cuidado a algunos de sus colegas, y ofrece clases de box en diferentes partes de la ciudad; también narra su experiencia en escuelas, donde invita a los alumnos a practicar deporte sin que dejen de estudiar.

—Tiene siete hijos.

—Sí, siete hijos —de dos matrimonios—,  orgullos, todos me respetan, somos grandes amigos —dice, mientras tocan a la puerta y entra uno de ellos, joven, de visita, acompañado de un alegre perro, que tenía varios días de andar extraviado.

 Y todos contentos.