Crónicas urbanas

Policías caídos

El policía Omar Cruz Tagle, de 29 años, es uno de los 14 miembros de la Secretaría de Seguridad Pública que, en lo que va de este año, han fallecido mientras cumplían con su trabajo en la Ciudad de México, donde la delincuencia no descansa. Sucedió en una demarcación otrora pacífica, que ahora compite en inseguridad.

Fue el pasado 28 de septiembre. El hombre, que había salido con excelentes evaluaciones, tenía nueve años de haber terminado la carrera policial, de modo que, en momentos de crisis, ponía en práctica su capacidad y pericia, pero esta vez los delincuentes parecían llevar todas las ventajas.

Ese día, según versiones oficiales, reportaron que sobre avenida Cuitláhuac, en la delegación Azcapotzalco, habían asaltado una bodega, donde los delincuentes amagaron a  empleados y usuarios, para luego huir en un taxi robado, mismo que enfiló sobre avenida Vallejo, donde Cruz Tagle patrullaba.   

Omar se puso en alerta y al vislumbrar el vehículo les marcó el alto, como dicta el protocolo, pero los delincuentes comenzaron a disparar; luego, llegaron otros compañeros de Cruz y juntos enfrentaron la situación. En el duelo fue herido en el tobillo el delincuente que disparaba.

Pero Omar cayó.

Una de las seis balas, disparadas de la calibre .38 especial, había perforado la parte derecha del tórax de Cruz Tagle, de 29 años, quien fue trasladado al Hospital La Raza del IMSS, donde falleció cerca de las 17 horas.

En el taxi encontraron el arma usada y en el cilindro seis casquillos percutidos; y ahí mismo, cercados, detuvieron a José Martín Saldaña, el tirador, de 40 años, quien fue trasladado al Reclusorio Norte, acusado de robo y homicidio calificado. También fue esposado el chofer del taxi, que frisaba el medio siglo.

Ese mismo día el cuerpo del policía —en vida estaba asignado a la Unidad de Protección Ciudadana La Raza— recibió un homenaje en la unidad de la colonia Villas Azcapotzalco, y de ahí fue trasladado a su domicilio, en el municipio de Los Reyes La Paz, Estado de México, donde fue sepultado.

Hasta allá arribó el cortejo fúnebre, formado por familiares y sus compañeros de la Secretaría de Seguridad Pública de la CdMx.

Y ahí estaba la esposa, Karina Belén Hernández, con sus dos hijos, la niña Hatziry, de 12 años, y Yassel, de 8, quien  le comentó a su madre:

—¿Te acuerdas mamá que mi papá, cuando se iba a trabajar me decía que yo era el hombre de la casa? Entonces no te preocupes, porque yo te voy a cuidar.   

La joven viuda recuerda con voz quebrada aquella escena y vuelve en ella su pesar mientras se le llenan los ojos de lágrimas que intenta dominar.

“Son niños muy valientes”, dice.

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Ha pasado poco más de un mes y el recuerdo sigue fresco en la memoria de Karina Belén Hernández, quien repasa: 

“Él estaba cubriendo un punto de revisión en la avenida Vallejo y hubo un asalto —se le quiebra la voz—, lanzaron la alerta, él acudió al lugar donde presuntamente iban a pasar los delincuentes en un taxi, y los enfrentó, pero recibe un impacto en el costado derecho, que le perforó los pulmones y la aorta. Lo llevaron al Hospital La Raza, pero ahí falleció”.   

—¿A usted le avisan en ese momento?

—Unos 20 minutos después. me encontraba en mi domicilio, en el Estado de México, y de ahí me traslado al hospital.

—Y lo sepultan con honores.

—Así es, cuando llegué al hospital ya había personal de la Secretaría de Seguridad Pública. Ellos me brindaron el apoyo en todo momento, me explicaron el proceso que se iba a seguir, dijeron que le iban a hacer un homenaje en cuerpo presente en el sector Clavería, y ahí se le hizo una despedida como se merecen los héroes.

—¿Su esposo fue un héroe?

—Así es, como todas las personas que trabajan en la secretaría, hombres y mujeres, para mí todos son héroes, héroes anónimos, que muchas veces no les damos el valor que se merecen, porque ellos día a día arriesgan su vida y, finalmente, están para servirnos a nosotros, ¿no?, los ciudadanos.

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También murieron Crescencio Oropeza Ramos, 34 años, y Juan Campos Palma, de 22,  quien durante sus descansos estudiaba una carrera universitaria.    

Fue hace casi un año, el 20 de noviembre, cuando Oropeza Ramos y sus compañeros, a eso de las cuatro de la madrugada, trasladaban a unos delincuentes que fueron captados por las cámaras de videovigilancia de la Ciudad de México.

Carmen Macías, viuda de Oropeza, relata: “Dicen que él iba en la custodia, atrás de la camioneta, y la compañera que iba del lado derecho del conductor se percata que uno de los presuntos le da una patada a Crescencio, mi esposo, y él cae en la batea, se pega en la cabeza y como consecuencia tiene una fractura craneoencefálica”.

—Y lo llevan al hospital.

—Llegan las ambulancias, empiezan a quererlo reanimar, lo suben, lo llevan al hospital, y ahí entra en terapia intensiva, lo entuban…

—¿Y qué hace?

—Yo quería saber lo que había sucedido. Lloraron los compañeros, los que estuvieron en ese turno. Qué pasó. No, es que el jefe se cayó. La compañera que dio el testimonio dijo que ella vio cuando uno de los presuntos le dio el patadón. Entonces él cae de la camioneta. Estuvo tres meses en estado de coma. 

—¿Tres meses?

—Él reacciona al mes y medio. Aparentemente todo estaba bien. Se le complicaron varias cosas. Le dio neumonía. El 27 de enero me lo dan de alta. Me lo llevo a casa. Él empieza con ataques epilépticos como a los 15 días. Lo vuelvo a ingresar al hospital del Issste y él fallece.

La señora Macías tiene dos hijos, Michel, de 17 años, y Kevin, de 10, quienes van a la escuela en Chimalhuacán. 

Meses después, el 12 de abril por la mañana, un compañero de Oropeza, Juan Campos Palma, de 22 años, fue atropellado en calzada de Tlalpan.

—¿Qué sucedió?

—Estaba dando vialidad y pasó un —Gabino Campos, padre de Juan, hace una pausa—… supuestamente un loco, un demente, según confirmaron los doctores, que no estaba en sus cabales, pero presuntamente iba drogado el fulano éste. Ya lo venían siguiendo las patrullas y al parecer iba chocando carros y carros y enseguida le tocó donde él estaba dando vialidad y no se paró, se fue de paso.

—¿Y ahí murió?

—Al parecer, pues fui a preguntar y me dijeron que lo levantó como  tres metros el carro,  y todavía lo botó hasta la calle, a la banqueta.  

—¿Qué le decía su hijo? 

—Lo que él quería era superarse más todavía y seguir sus estudios y continuar lo que él tenía en su mente. Era su meta completamente. Estudiaba sus días descanso en una universidad.

Florentina Palma, madre de Juan Campos, recuerda que “como a las 11 de la mañana nos fueron a avisar. Fue la jefa de sector, con otra compañera, y la trabajadora social. Fueron hasta el domicilio y avisaron que había fallecido”. 

—¿Qué le decía su hijo?

—Pues que él nos iba a sacar adelante, y que le echaría todas las ganas para trabajar; y después de eso, él seguiría estudiando más. Se quería superar.        

Los 14 policías fallecidos dejan en la orfandad a una veintena de niños, viudas o madres sin hijos que —según un comunicado de la SSP de la Ciudad de México— quedan bajo la protección oficial.