Crónicas urbanas

La joyera cósmica

La creatividad florece en la parte más alta de un antiguo edificio en la colonia San Rafael, donde Elizabeth Guerra diseña piezas con aleaciones al gusto del cliente, sin desviar su estilo en el oficio de la joyería; a veces, sin embargo, tiene que enfrentar retos que parecen imposibles, como el de una mujer que pide traer una gota de sangre materna en un dije, o el de un viudo que le encomendó fundir y dar forma a las argollas de su mujer para que saliera un símbolo de amor eterno.

En la pared de su taller, en el que Ely se aísla para concentrarse en su labor, luce una escultura titulada San Cosmic; simula una galaxia, de la que forman parte los nombres de la avenida San Cosme y de su familia, los amigos y el cielo de su barrio. El cuadro está inspirado en “el sabio e infinito Universo”, comenta, y no olvida mencionar que invirtió mucho tiempo. Dice que es su Vía Láctea. El azul celeste resalta entre luces tenues de hojas metálicas. Una obra que atrapa.

Durante la realización del cuadro, recuerda Elizabeth Guerra, pasaba por uno de los momentos más complicados de su vida. Y en ese trance acumuló mucha fuerza, “un motor en el alma”, describe, para convertirlo en polvo de estrellas que bailan en forma oblicua, de las que decidió resaltar trece, cada una dedicada a una persona que, justo en el trayecto su vida, marcaron una experiencia excepcional. “Cada uno de ellos —explica— decidió los colores y el nombre de su planeta”.

La Galaxia fue hecha de diferentes materiales y técnicas; en una, grabada al ácido nítrico, utilizó lámina negra y bloques con goma laca, una especie de hojuelas que con el calor se adhieren al metal. “Este proceso consiste en que el ácido ataque todo lo que no está cubierto”. Enseguida lijó y perforó las pequeñas láminas, de tal forma que simularan estrellitas de diferentes tamaños. “Repujé y trabajé con esmalte a fuego; son polvos que están conformados de cuarzo, plomo, óxidos y otros”.

Todo se fundió a temperaturas entre 750 y 1000 grados. Uno de los resultados fue un azul metálico, sobre el cual ajustó cada planeta. El cuadro fue expuesto en el Museo de Arte Popular en agosto de 2016.

Y nació San Cosmic.

***

Elizabeth Guerra, Ely, Ely G., es feliz en su apacible taller, su lugar en el que se concentra mientras crea sin límite de tiempo.

Está rodeada de utensilios de trabajo, incluido un horno, sopletes, espátulas, pinceles, cuchillas, prensas, entre otros. Su padre invita un refrigerio a los visitantes.

Detrás de cada encargo hay una historia, unas más peculiares, y hay algunas que le causan especial sonrojo, sorpresa, ternura, gestos diversos; para todos tiene una respuesta o sugerencia, en caso de ameritarla, y siempre procura que las piezas tengan un sello personal, y algunas le causan especial interés.

Un cliente, por ejemplo, le contó una historia que la conmovió: murió su mujer, y como a ella le encantaba traer muchos anillos —“hermosos anillos, por cierto”— le pidió a Ely, “como un favor muy especial”, que fundiera esas joyas de plata y realizara un dije que él iba a traer todo el tiempo, “en memoria de su gran amor”.

Fue una súplica especial, pues el hombre no quería que esas piezas las portaran otras personas, recuerda Guerra, y hace un paréntesis para relatar que muchos joyeros no respetan ese tipo de peticiones y entonces toman las joyas para venderlas, “lógicamente porque son joyas con buen trabajo y sería un desperdicio fundirlas; y lo que toman en peso, lo sustituyen con pedacería de plata”.

—¿Y qué hiciste?

—Cuando le hice el diseño me quedé pensando en su angustia sobre las joyas que dejaba en mis manos e hice un video donde las mostraba en la copela —donde se funde la plata— para que de esa forma viera cómo el fuego las consumía; por último, las hizo totalmente líquidas y se convirtieron en una placa de plata para hacer una nueva joya… Terminé la pieza y le gustó muchísimo; le mostré el video para que se quedara tranquilo y se conmovió tanto que se le quebró la voz…

La joyera explica que cuando le surge una idea la dibuja de inmediato para aterrizarla lo mejor posible y ver qué técnicas utilizará.

En el caso del cráneo de Dragón, que transformó en un anillo que ella luce, primero lo esculpió en plastilina especial, dice mientras muestra las figuritas; después sacó un molde con alginato e hizo réplicas en cera azul, especial para joyeros, etcétera, y “le puse como cereza al pastel un hermoso zafiro”.

—Eres feliz…

—Me hace muy feliz trabajar este oficio, porque me permite explotar lo que aprendí en las artes plásticas.

—¿Y tu máxima aspiración?

—Uno de mis sueños sería trabajar joyas con diseños exclusivos, que sean parte fundamental de películas dirigidas por Tim Burton, Guillermo del Toro  y Quentin Tarantino.

***

—¿La joyería es un oficio o una profesión?

—Para mí es ambas cosas: oficio porque es donde más me apoyo para poder solventarme de alguna manera, y una profesión porque siempre tiene cosas para estudiar: en las piedras, técnicas…

—¿Cómo empiezas como joyera?

—Hace cinco años, primero de una manera un poco empírica, con lo poco que aprendí de esmaltes; después, estudio la carrera en la Escuela de Artesanías de Bellas Artes, donde me especialicé en orfebrería, y luego me enfoco de manera profesional.

—¿Y por qué joyería?

—Porque me gusta y puedo exprimir todo lo que aprendí, y es que no nada más es hacer un anillo, unos aretitos o un dije, realmente es poder sacarla de una escultura, de una pieza más elaborada a nivel joyero.

—¿Y cómo te va?

—Muy bien, pues puedo complacer a cualquier persona por muy loco o muy raro que sea; hago piezas exclusivas. ¿Lo más difícil que me han pedido? Hasta ahora una pulsera que pesaba cuarenta gramos de oro; para empezar, el oro es muy duro, y trabajarlo fue supercomplicado, un desafío tremendo porque tenía que llevar en medio de la pulsera unas cuentitas. Me tardé un mes.

—¿Lo tuyo es arte o artesanía?

—Es muy chistoso porque yo empecé en el medio de pintura y la escultura, expuse en ambas disciplinas. En Europa, por ejemplo, a la gente que se dedica a la joyería se le considera artistas…

—¿Por qué esa obsesión por los cráneos?

—Me ha gustado desde niña la estructura de los cráneos de humanos, me encantan su forma.

—¿Y cómo le haces para vender?

—Me ayudo mucho en las redes sociales, donde ven mi trabajo, desde el proceso hasta la pieza terminada; los sábados estoy en la plaza de San Jacinto, en San Ángel, y de repente voy a ferias.

Y desde aquí, entre el cielo y el silencio, la creatividad de Ely se ve reflejada en cada pieza, pues imprime la suma de aprendizajes obtenida en escuelas y por su cuenta.