Crónicas urbanas

El huerto que nació de un temblor

El predio, de 9 mil 600 metros cuadrados, estuvo abandonado luego de los sismos del 19 de septiembre de 1985, hasta que 27 años después un grupo de vecinos resolvió convertirlo en  Huerto Roma Verde, ‘una semilla de sueños’, un proyecto encabezado por La Cuadra Provoca Ciudad. Es un homenaje a los fallecidos de una tragedia que enlutó a la capital.

Y se convirtió en un remanso comunitario que ya remontó fronteras. En cuatro años ya son más de 100 colectivos, entre los que confluyen visitantes de otros países, y ya formalizaron el Festival Huerto Roma Verde, con resonancia internacional, que también reúne a instituciones públicas y privadas. El modelo se llama Bienestar Común.

Todo nació en este terreno, propiedad del Issste, cuando vecinos de la Roma supieron que había indicios de que precaristas amagaban con invadir el predio ubicado sobre la calle Jalapa, entre Campeche y Coahuila, a dos cuadras de la bulliciosa avenida Cuauhtémoc, por lo que antes de que sucediera otra cosa armaron un proyecto ciudadano.

Entre ellos estaba, está, Marcos Rascón —integrante histórico del Movimiento Urbano Popular, conocido además por encabezar causas ciudadanas a partir de los sismos que sacudieron la ciudad la mañana del 19 de septiembre de 1985—, de modo que pusieron en marcha este propósito, que a partir de 2015 incluye un festival, que ese año duró siete días seguidos.

El festival reunió a 3 mil personas, entre ellos especialistas, además de documentales de “alto impacto socioambiental, diversos activistas, muchos voluntarios y aliados”, quienes “apoyaron para que fuera todo un éxito”, según repaso de los organizadores, cuyo barco es capitaneado por Paco Ayala, fundador, creador del concepto y presidente de La Cuadra AC.

Cada año tienen como invitado un país diferente. Esta vez fue Perú, que “regaló un bello y conmovedor documental, La hija de la laguna”, mientras que “el nahual convocado fue el jaguar”. Estuvieron presentes, entre otros, miembros de La Alianza Nacional para la Conservación del Jaguar.

Y habrá que internarse en este recodo verde y colorido, y caminar entre mariposas blancas que sobrevuelan frondas, patinan entre flores y sobre plantas aromáticas; observar gatos mansos, gallinas cluecas, conejos perezosos —tres fueron abandonados en la entrada—, y luego bordear cabañas en construcción y una carpa geodésica, entre otras obras con material reciclado.

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Por la embocadura de esto que simula una miniselva aparece Marco Rascón, boina enjaretada en la testa que esparce una mata de rizos plateados, y por su cabeza ruedan imágenes como si fuera ayer; y es que aquí mismo, dice, donde estamos parados, estaban el multifamiliar Juárez, aquellos edificios emblemáticos, con murales de grandes pintores mexicanos.

También por aquí cerca estaban los edificios del Centro Médico Nacional, donde fue el punto principal de aquella catástrofe que nadie olvida y que dejó una mortandad, gente atrapada entre cascajo y paredes rotas.

“Muchos predios se habían caído, pero el asunto aquí fue el multifamiliar Juárez, pues atrajo mucho la solidaridad, el apoyo, y sobre todo la preocupación y la tristeza, precisamente por los daños causados por el sismo”, repasa Marco Rascón.

Durante muchos años este predio —comenta este viejo activista urbano— “era prácticamente un basurero, no tenía ningún tipo de utilidad; su vegetación, todo lo que vemos, las palmeras, los árboles, etcétera, estaban en un estado de abandono, y muchos de los vecinos tenían proyectos sobre el propio terreno”.

—¿Debe haber más huertos de este tipo?

—La ciudad necesita un cierto proceso de ruralización. Esta es una aportación que hace el Issste al proyecto. Todo lo que ves aquí es puro trabajo voluntario, tiene una gran fuerza y una legitimidad. Participan más de 100 colectivos que están preocupados por el medio ambiente, la movilidad; mucha gente, entre jóvenes y niños, viene y cosecha; una parte de este terreno tiene sus propias plantas y en ese sentido es un trabajo comunitario muy enriquecedor.

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Paco Ayala, fundador del proyecto, dice que este predio estuvo más de 27 años en abandono y en la mira de invasores, por lo que ante ese riesgo y el de que “este pequeño pulmoncito estuviese en la vorágine de los desarrolladores inmobiliarios, fue que decidimos empezar a limpiarlo y a tomar posesión para hacer un huerto comunitario”.

En un principio fueron 10 organizaciones; luego se unieron vecinos, familiares y amigos, lo que les dio fuerza para convocar a otros, y entonces empezaron a limpiar el terreno, y fue así como en febrero y octubre de hace cuatro año ya estaban iniciando la primera siembra del huerto.

—¿Qué tipo de siembra?

—Muchas hortalizas de hoja, leguminosas, hierbas de olor, flores comestibles, etcétera, zarzamoras. Uno de los objetivos es ser una propuesta de agroecología urbana, para poder decir a la gente que podemos sembrar nuestros alimentos en la ciudad y generar una red solidaria de alimentos orgánicos locales.

—Y también hacen actividades.

—Muchas. Trabajamos bajo el modelo de la permacultura, representada justamente en una flor que tiene siete pétalos y cada uno de estos pétalos tiene objetivos muy específicos. El primero, por ejemplo, es el de la naturaleza integrada…

—¿Este modelo se podría reproducir en toda la ciudad?

—Esa es la intención. El modelo de permacultura es filosófico, pero también de cómo podemos hacer espacios rurales distintos en ciudades. Lo que hemos querido hacer es —y debo agradecerle al Issste, porque ha sido bastante tolerante con nosotros— convertirnos en un espacio demostrativo: aquí convergen unas 120 organizaciones de distinta índole, todas enfocadas, ya sea al reciclaje, ya sea el vínculo con animales, ya sean temas de agroecología, energías alternativas, gente que hace teatro, cine, y lo volcamos justamente a temas socioambientales, música, tenemos las sesiones geoacústicas, y también lo que queremos es fomentar nuevos talentos que están hablando de alternativas culturales interesantes.

Este proyecto, considerado una especie de laboratorio, puede ser un ejemplo para los habitantes de la ciudad y otras zonas urbanas, según sus fundadores, ya que es posible vivir mejor,  y con menos  recursos.

Y mucho más.