Crónicas urbanas

Las hormas del escultor

en su larga trayectoria ha realizado un sinfín de obras con diversos materiales, pero el ebanista Daniel Rivera va más allá con la intervención de moldes de zapatos que ha recolectado a través de su vida.

En una vivienda de la calle Vidal Alcocer, casi esquina con Eje 1, se reúne de manera cotidiana un grupo de personas para realizar actividades culturales. También reciben cursos de capacitación. Son vecinos de la colonia Morelos.

Al final del pasillo, del lado derecho, hay un pequeño cuarto donde se acumulan objetos tallados en madera de diferentes tamaños, pero atraen más las figuras esculpidas en hormas de zapatos. Los pliegues son precisos.

Parecen escasos los moldes colocados de manera informal, unos sobre otros, en una mesa rústica, donde también se amontonan retablos; pero mientras más se escudriña el pequeño espacio se descubren más figuras esculpidas.

—Aquí trabajo —dice David Rivera Rivera, mientras hurga con sus manos cobrizas los puntos concretos que su tacto busca y encuentra—; en el barrio me considero el intérprete de los sueños.

Es uno de los tantos lugares del barrio de Tepito —dividido entre las delegaciones Venustiano Carranza y Cuauhtémoc—, semillero de oficios, como el de zapatero, que tuvieron épocas de florecimiento.

Forma parte de La red de espacios culturales, incluida la matriz Casa Barrio, un colectivo que, según un documento, "ha llevado a cabo diversos proyectos enfocados en la prevención de la violencia y las adicciones, así como la promoción de la cultura de la legalidad, capacitación artística y habilidades para la vida".

Están en una de las zonas con más movimiento comercial, acrecentado sobre banquetas y arroyos, que abarca la colonia Morelos, también conocida por su alto índice delictivo, por lo que ya es común ver piquetes de policías.

Lo que aquí promueven algunos ya es una avanzada del que piensan llamar Corredor Cultural Tepito, y lo sabe David Rivera Rivera, con varios años en este recodo de la ciudad, cuya nostalgia lo lleva a recordar películas de Juan Orol y canciones de Fernando Fernández, El Crooner de México.

—¿Por qué esas películas?

—Porque nos recuerdan cómo le decíamos a las morenas en el barrio: "Si eres cabaretera, qué me importa".

Y con esos recuerdos, Rivera Rivera, de 70 años, ebanista desde su infancia, labra, cincela e imprime detalles en hormas de madera, aquellos moldes —los de ahora son de plástico— que recolecta como pepitas de oro.

Enseguida abre un libro y lee uno de sus textos recopilados, "El rey del danzón", en el que menciona salones de baile de su juventud, como el Salón México, El Colonia Chamberi, El Fénix, El Imperio, El Bombay.

Y, añade, "sus mujeres me brindaron su amistad, negarlo no puedo, algunas mis comadres fueron. El Nereidas nos abrió los brazos: danzón dedicado... Al cielo nos conducía la orquesta La playa. Los solistas de Lara, Carlos Campos. Me gustaba bailar las caderas de las morenas. ¡Cómo las voy a olvidar!"

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—¿Y por qué esculpir hormas?

—Porque Tepito es barrio de zapateros. Empecé a trabajar y sigo haciéndolo con reciclaje. Estas hormas empezaron a salir de circulación y llegaron a mis manos, les dimos vida y a ver hasta dónde llegan.

—¿Y antes qué hacía?

—Soy ebanista de cincuenta y tantos años; a los 14 era maestro y hasta los 28 terminé la primaria. Trabajé la madera y por eso se me facilitó la herramienta.

—¿Puede detallar su obra?

—El símbolo patrio no podía faltar: lo que somos y lo que nos hicieron; luego, la religiosa; y la erótica, que es más rebuscada. Tengo el águila, que es lo que nos representa a nosotros; tengo La llorona...

—¿Por qué la hizo?

—Porque esta historia —dice y frota los pliegues de la pequeña escultura— le sucede a gente que tomaba mucho y decían: "Andaba hasta atrás y vi una mujer hermosa, de caderas exuberantes, y la fui siguiendo, y cuando volteó, tenía cara de caballo".

—Otra sería la erótica.

—Tengo una pieza que el cuerpo en sí es un falo, pero con manos enormes, atrapando a la mujer. Es el sueño de las mujeres.

—¿Y el sueño de los hombres?

—Pues es al revés volteado: soñamos unas caderotas, unas mujeres hermosas, y como dice el dicho: por qué amamos a las canijas.

—¿Usted lleva los sueños a la escultura?

—Me considero el intérprete de los sueños. La patrona de la casa te dice: "Soñé así", y uno tiene que interpretar —explica mientras exhibe tres miniesculturas bien pulidas de hueso de res: las manos de una madre que entrelazan a un bebé.

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—¿Cuál es su escultura preferida?

—Hay varias. Tengo una muy hermosa, que es un mascarón maya, porque no quiero nunca dejar atrás lo que fuimos. Son dos piezas: en la parte de atrás, el jaguar; la parte de adelante, el mascarón.

—Y tiene una de Adán y Eva...

—Mira: todos sabemos que Adán y Eva fueron tentados por la culebra. Entonces, de ahí me agarré y empecé con mi horma: le puse un cuerpo masculino y uno femenino, le coloqué la culebra y la manzana, pero con la cualidad de que cuando van llegando Eva y Adán, la culebra ya se va, como diciendo: "Háganse bolas". Y así fue.

—¿Vende las piezas?

—No, porque la herramienta es cara y el tiempo es demasiado; en primera, porque si empezamos a vender, llegan acaparadores, que los hay, y las venderán y disfrutarán lo que nosotros no ganamos.

—También se encuentra algún hueso en la comida...

—Ah, claro.

—Y le da forma.

—Si nos sentamos a comer y se nos atraviesa por ahí un caldo de res con un hueso sugerente, lo agarramos y lo intervenimos; y si no, vamos a la carnicería y pedimos un hueso grande para que valga la pena. También exploto la concha de caracol, que es muy difícil porque es calcio y un mal golpe acaba con la obra.

—¿Y qué más piensa hacer con su obra? —se le pregunta a Rivera, quien ha expuesto la galería José María Velasco y en Casa Talavera.

—Pues la idea es que se difunda más; aunque ya he llegado a Europa porque aquí en Tepito viene gente de toda Europa. Me han llevado a Suiza, Alemania, a España, he estado en Cuba.

—¿Piensa en donar su obra algún día?

—Algo va a llegar a donaciones, porque incluso tengo una tocante al Holocausto, en el que todos tenemos que ver. En esa pongo cadáveres tirados por todos lados y a una iglesia disminuida, porque, qué hizo la religión: nada.

—¿Qué significa su taller para usted?

—Un lugar de tristeza y perdición, porque aquí también escribo mucho de la mujer, y más de la que se fue —dice un sonriente Daniel Rivera Rivera, quien compara la poesía con mariposas: "Las agarras volando".