Crónicas urbanas

El divino dolor del tatuaje

La figura de Jazzmind Anayantzin Sánchez Garrido, como fue bautizada, provoca sensaciones a su paso, sobre todo cuando transita por fronteras y aduanas, donde incluso ha tenido algunos problemas.

En su nombre lleva la música y en el pulso la cualidad de sus diseños. Y al cliente lo que pida, aunque también les da consejos, y allá ellos.

Podrían ser las características de Jazzmind Anayantzin Sánchez Garrido, cuyos grabados en el cuerpo narran historias, que incluyen ciudades y cruces de fronteras, donde ha sido apartada de otros pasajeros, pues resulta sospechosa; algo que indigna a quien parece traer un mapamundi en su cuerpo.

Cuenta que un día, cuando llegó a Copenhague, agentes de migración escudriñaron tres puntitos de sus manos, que significan “mi vida loca”. Es un símbolo de origen chicano, aclara, cuando se le pregunta si tiene alguna relación con los Maras.

En Argentina, en cambio, llamaron la atención esos puntos y las figuras de cuatro charros que rodean a un policía.

—¿Y ahí qué pasó?

—Me miraron feo —recuerda.

Su llegada a uno de los aeropuertos de Nueva York, sin embargo, fue el colmo, situación que indignó a Jazzmind Anayantzin. Esta vez nada tuvieron que ver los tatuajes, aunque ignora si reforzaron la desconfianza.

Ese día, 24 de septiembre de 2014, iba a Londres, Inglaterra, y el avión hizo escala en la terminal John F. Kennedy, en Estados Unidos, donde le abrieron la mochila, le sacaron una bolsita con harina para hacer tortillas —era el encargo de una compatriota— y la interrogaron.

Y de qué forma.

—¿Qué hicieron?

—Acuchillaron la bolsa.

Le preguntaron, además, la razón de por qué en la fotografía de su pasaporte aparecía con el cabello negro, mientras que en la visa lo traía teñido de rojo y ahora, el día en que viajaba, había decidido cambiarlo a rubio.

Jazzmind quería llorar de la rabia, pues faltaban 20 minutos para que saliera el avión, y enfureció más cuando el policía le preguntó:

—¿Y por qué se pone nerviosa?

—Porque me va a dejar el avión.

Los policías eran latinos, recuerda, para más señas puertorriqueños, pues hablaban el español entre ellos, idioma con el que la mexicana, oriunda de Azcapotzalco, se dirigía al gendarme, quien le respondía en inglés.

En su local de tatuaje, al que bautizó como Divino dolor, Jazzmind relata que siempre que viaja a Londres le encargan harina de maíz, y solo en esta ocasión le hicieron que sacara el producto, no obstante que los perros de la aduana ya habían corroborado que el contenido no era ilegal. Después le regalarían suficiente cinta adhesiva para que volviera a tapar la bolsa acribillada.

La mujer, cuyo nombre compuesto se debe al gusto de sus padres por el jazz, desea que sus anécdotas queden registradas, en especial la sucedida en el aeropuerto de Nueva York, pues piensa que hubo discriminación.

Es interesante cuando platica de su actividad, pues cuando inició era de las pocas mujeres en un mundo de hombres; ahora, no solo participa en concursos internacionales, sino que la invitan para que practique su técnica.

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Desde pequeña le gustó dibujar; ya con el tiempo, dice Jazz, como le dicen sus amigos y familia, recibió cursos, paralelos a sus estudios en el Colegio de Ciencias y Humanidades y la universidad; luego estudió diseño de modas, “pero enfocado al dibujo; después, ya un poco más grande, tuve la oportunidad de conocer a gente de un estudio de tattoos, que me dieron la mano…”.

—¿Y por qué Divino dolor?

—Creo que para nosotras, las personas que tenemos ya muchos tattoos, cada tatuaje sí es una onda que representa dolor; al final, cuando nos vemos a nosotros mismos, nos damos cuenta que también es como divino y se convierte en algo especial.

—¿De qué podría distinguirse Jazzmind de ese mundo del tatuaje en México?

—El hecho de que es un plus el hecho de ser mujer en un ámbito en el que la mayoría han sido hombres.

—¿Cuáles son los tatuajes más comunes?

—Hay tatuajes que se ponen de moda; últimamente nos piden nombres de los hijos, de los padres, plumas, infinitos; nuestro deber, como tatuadores, es mostrarles que no solamente se enfoquen a una imagen, sino que hay una gran variedad y que podemos diseñarles algo que represente lo que quieren.

—¿Les sugieres a los clientes?

—Sí, claro; si alguien llega y me dice, “quiero esta imagen así, de internet”, se les dice, “mira, te puedo trabajar un diseño, de acuerdo con esta idea…”, a menos que la persona se superaferre; que, bueno, a final de cuentas, esto también es un trabajo y de esto vivimos, ¿no?, pero siempre tratamos de darle un plus para que su tatuaje sea distinto, y no el mismo que encontró en internet.

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Jazzmind, reconoce que en un principio hubo demasiados prejuicios contra las personas que se tatuaban; ahora “ya no es como antes, que era supermal visto, porque era sinónimo de delincuente y que habías salido de la cárcel o que ibas a robarle a alguien, o las señoras se agarraban la bolsa o cosas así; ha cambiado bastante”.

—Incluso había tatuadores en la calle.

—Bueno, todavía los hay que hacen su trabajo en la calle, pero yo le sugiero a la gente que elijan siempre un lugar con cierto prestigio o que lo haya recomendado; que puedan ver los trabajos del tatuador, tanto en su carpeta como tatuajes; que tengan las normas de seguridad; que les muestren su material desechable, que tengan depósitos de punzocortantes, los permisos de salubridad necesarios, etcétera.

—¿Qué significan los tatuajes de tu cuerpo?

—El tatuaje forma parte de un momento específico en tu vida.

—¿Cuál es el tatuaje que más tiempo te ha llevado en elaborar?

—A un chico le tatué en el brazo una galaxia; habrán sido como seis sesiones, más o menos en un año; hay tatuajes que llevan hasta 10 años terminarlos.

—¿Participas en concursos, exposiciones?

—He conocido otros países gracias a esto, de igual manera me ha servido para retroalimentarme, de convivir con otras personas, otros artistas. Acabo de regresar de Argentina, estuve allá en una expo, he viajado a Londres, este año también de nuevo me voy a la expo de tattoos; en Dinamarca también he tenido la oportunidad…

—¿Y qué tanta es la competencia en México?

—Bastante, porque hay tatuadores que ya tienen toda una escuela, pues han estudiado y tienen una base artística, están haciendo cosas increíbles; pero también están los que solo por el hecho de agarrar una máquina creen que pueden hacer un tatuaje; creo que se ha perdido el respeto, ya que nada más la ven por la onda del dinero fácil y rápido.