Crónicas urbanas

Las divas de cabaret y su fotógrafo

Es autor de miles de imágenes de bailarinas, con las que formó una galería permanente en su departamento, donde ahora relata su afición por el oficio, rodeado de esos grandes recuerdos.

De sus ojos y boca, siempre rodeado de fotos, salta una mezcla de alegría y nostalgia mientras desfilan nombres y descripciones de bailarinas de centros nocturnos y actrices que representaban escenas eróticas en teatros. Juan Ponce Guadián,  ahora de 70 años, las convencía de que posaran frente a su cámara. Era casi un niño.

Había empezado a practicar el oficio de fotógrafo en su barrio, Tepito, donde retrataba muchachas que vendían placer y a niñas que se vestían de rumberas cerca del domicilio donde vivía con su padre, zapatero de oficio, y su hermano, quien trabajaba en una tienda de cámaras fotográficas. De ahí nació su gusto.

Y entonces comenzaron sus escapadas al night club más cercano; y logró meterse en los camerinos, unas veces sobornando guardianes y otras deslizándose entre mesas que rebosaban de clientela, y por fin consiguió que algunas bailarinas confiaran en él, y fue así como, tras bambalinas, se granjeó el cariño de más mujeres de exuberantes cuerpos que se movían al ritmo de timbales en antros cuyas marquesinas exhibían sus fotografías con poca ropa y mucha piel, la de ellas, como una forma de invitación carnal a disfrutar el show y hacer realidad el sueño de palparlas… con la mirada.

Florecía la década de los 60. “Siempre fui un enamorado de las mujeres”, dice Ponce, quien recuerda a su papá que llegó de León, Guanajuato, y puso su taller de zapatos en Tepito, sobre la calle Rivero, donde  él nació, y observó que había “muchas mujeres, como te digo, y a los 9 años yo le robaba la camarita a mi hermano y entre los dos vestíamos a las chamaquillas de rumberas, porque eran tiempo de rumberas, y les tomábamos fotos;  luego tuve mi taller propio y me compré mis cámaras, y ya, a los 16 años, me iba a los cabarets porque ya tenía lana”.

***

En las paredes del departamento de Juan Ponce, quien no deja de narrar anécdotas como si fueran hechos recientes, ya no quedan lugares para colgar más fotos enmarcadas, por lo que de vez en cuando las cambia por otras que permanecen en archivos distribuidos en todas partes, incluso sobre sillas y mesas, donde reposan imágenes de vedettes que en su tiempo dejaron boquiabiertos a parroquianos que iban a centros nocturnos que abundaban en aquella época.

Y ahí están las fotos de  las princesas Lea y Yamal, Amira Cruzat, Alejandra del Moral, Rosy Mendoza, Alma Moreno, Linda Raff, Gloriella, Lyn May, Ivonne Govea, Isela Vega, Irma Serrano, Laura León,  Norma Lee, Maru Marú, Yari Caballero, Gina Montes, Fuensanta, Iris Cristal, Olga Ríos, Malú Reyes, Thelma Tixou y otras tantas, cientos que  anduvieron en la farándula o engalanaron la vida nocturna y los amaneceres de la ciudad. Parte de esos cuadros también pueden apreciarse en una exposición montada en Tintico Café, en el número 43 de República de Cuba (DF).

En las paredes de su casa, asimismo, hay fotos de la actriz María Félix —“todo mundo tenía miedo de tratarla”—, que acompaña a su hijo, Enrique Álvarez, quien actuaba en obras de teatro; de Emilio El Indio Fernández, director de cine, y de Fernando Fernández, El Crooner de México —“era muy cabrón”—, que se presentaba en El Azteca, situado sobre San Juan de Letrán, ahora Eje Lázaro Cárdenas.

—¿El temblor del 85 desapareció al cabaret?

—Después del 85, sí, empezó a derrumbarse muy feo, y comenzaron los table dances.

—¿Y qué dice de Ninón Sevilla?

—Una extraordinaria rumbera,
una de mis predilectas; siempre quise conocerla, pero era yo muy chavo; se me hizo retratarla, pero ya fuera del ambiente… Sería en los 80, ella iba mucho al teatro como invitada.

—¿Y qué tal?

—Todavía se defendía, ¿eh?, cuidaba mucho
su figura. ¡Esas maravillosas piernas, qué piernas!

***

—¿Y a qué cabaret iba?

—Empecé yendo al Club de los Artistas, El Tío Sam, El Savoy, El Azteca, todos los que había en ese rumbo.

—¿Y le permitían tomar fotos?

—Pues le entraba con la mordida al portero y me hice muy amigo de ellas; primero les decía: oye, quiero tomarte fotos; no, pues, me decían, tienes que pedir permiso, y me arreglaba con el mesero; luego, que no, que dile al capitán, y como ya era cliente, de los buenos porque iba con mis amigos y nos tomábamos tres, cuatro botellas, pues ya me daban chance.

—¿Era un chamaco?

—¡16 años! ¡Recorrí todos!

—¿Y se hizo amigo de bailarinas?

—Sí, casi de todas; había alguna a la que no le caía bien o viceversa, la verdad; eran muy presumidillas, muy alzadillas; la verdad, casi jalé con todas.

—¿De que época hablamos?

—Yo sé que comenzó en los años 60; empecé en el 65, 66 a hacer ese tipo de fotos; hasta el 85, que inició su derrumbe.

—El table mató al cabaret?

—Sí, exactamente.

—¿No queda nada del vedettismo?

—Muy pocas son las que cantan, las que todavía andan ahí, en cantinitas, en lugarcillos así, en restaurantes, las voy a ver todavía.

—¿Cómo era la famosa Princesa Lea?

—Ah, La Princesa, primero empezó haciendo su show en una tina con mucha espuma, un espectáculo muy bonito; luego, en una copa de champaña, así se llamaba un cabaret en la Zona Rosa, ahí le hicieron una copa grandísima y se bañaba… Le ponen mucha agua y todo para que se viera como champaña.

—¿Y la que más recuerde?

—Me impresionó mucho Irma Serrano; desde que la vi en teatro me fascinó porque era una mujer muy guapa; le tomé fotos en camerinos y luego ya, dije no, necesito hacerle unas fotos  más posaditas; y sí, aceptó que fuera a su casa del Pedregal y le hice dos series de fotos… una piel hermosa de la señora; salía en pura batita y me decía: “Qué quieres, hijo, qué me cambio”.  Estaba yo muy joven, jovencito; creo que fui muy afortunado porque empezaba a trabajar con ellas…

—¿Esas fotos las publicaba en  revistas?

—¿En diarios y revistas.

—Y ahora qué tipo de fotos toma?

—De todo, igual siempre tomé antes, trabajaba en un diario que se llamaba Estadio y ahí cubrí todas las fuentes, futbol, box, todo.

—Siempre se inclinó por las muchachas.

—Sí, siempre por la mujer, siempre me atrajo más y me sigue atrayendo, ¿no?

—¿Ahora vive de la nostalgia?

—No, tengo buenas amigas, muchas.

—Cuál sería el recuerdo más bonito de aquella época?

—Pues tomarle fotos a esas mujeres, eso lo tengo grabado totalmente para toda mi vida, conocer tanta mujer desnuda que se te presentara, que te dijeran, “¿desnudas?”, ¿”qué me pongo, qué quieres?”; algo inolvidable, ¿no?
No fue una ni dos ni tres, fueron cientos.

Es una época que solo queda en imágenes, algunas impresas en libros, otras en archivos, unas más en películas y muchas en las paredes de este departamento, convertido en una galería donde Juan Ponce tiene retratado un tiempo que marcó su vida.