Crónicas urbanas

La cuna de los maniquíes

Los dueños de este taller son tres hermanos y cada quien realiza una labor específica; su objetivo es crear figuras que engalanen los aparadores de Centro Histórico del DF y de otras partes del país.

Los tres hermanos mantienen una labor específica y minuciosa de una tradición que heredaron de su padre, quien hace siete décadas, muy joven, alternaba su trabajo como empleado en un taller de maniquíes con el de monosabio en la Plaza de Toros México; aunque después dedicaría más tiempo al pulimento de efigies, por lo que estableció un taller donde los niños Federico, Rafael y José María, ahora de 54, 60 y 59 años, observaban la forma en que daban vida a estas figuras que engalanan aparadores del Centro de la Ciudad de México y de otras partes del país, de las que compradores se desplazan para encargar la mercancía en las calles de Perú.

Y no es una faena sencilla, como es posible observar a los Domínguez, quienes se mueven entre pilas de maniquíes colocados en diferentes partes del taller,  tipo de área que en España denominan estudio, dice Federico, voz cantante de los hermanos, que además moldea y lija piezas, las cuales ensamblará José María y decora Rafael, el mayor de los tres, quien pule, chapea mejillas, colorea labios y coloca cejas, pestañas y ojos. Es lo que él llama “terminado final”. O sea, “toda la expresión de la cara”, precisa este hombre de pulso fino, quien tiene un gran parecido  al rockero y compositor británico Rod Stewart. Bien sabe que se parecen y por eso sonríe.

—Terminado final.

—Sí, es lo más delicado; viene el cliente y dice: “Ah, sí, yo también me puedo ver así en el aparador”. Hay terminados —añade Rafael, mientras sostiene entre sus manos lo que él llama “el abuelito de los aerógrafos”— que cambian la expresión de la cara: las sombras, las cejas, incluso la misma boca pintada.

El aerógrafo tiene una antigüedad de 60 años, dice Rafael, quien también se dedica a restaurar imágenes religiosas.  “Los fabricantes —explica— tenemos el mismo modelo, lo que cambia es la decoración de cada uno”.

—¿Su tarea es “darles vida”?

—Así es, soy el que da vida a los maniquíes; porque una cosa es que los pulas por pulirlo y otra cosa es colorearlo, según el tipo de vestuario que usará el maniquí, como ropa deportiva, de coctel, vestidos de novia o de 15 años.

—¿Y cómo debe quedar?

—Tiene que quedar lisito, lisito, terso —detalla Rafael, mientras acerca las yemas de sus dedos en los pómulos de un maniquí—, sin importar que sea el mismo molde. Puedo pulir 15 veces y no queda igual.

—¿Y los precios?

—Dos mil 600 pesos el de mujer y mil 500 el de bebé —dice Rod Stewart, mientras su hermano José María prepara la pasta con un material llamado Blanco de España, “para reforzar las partes que deben ir más fuertes”.

—Y todo es manual.

—Todo. Vinieron los del Inegi y de Hacienda y preguntaron qué era lo más valioso. Les enseñé mis manos y mis ojos. La única máquina soy yo, dije, y mostré dos seguetas como charrascas y el aerógrafo.

***

El taller Gamuza —nombre en honor al padre, Federico, conocido como El Gamuza en el ambiente de la tauromaquia— está en el número 45 de Perú, uno de los extremos del Centro Histórico, no muy lejos de la Plaza Garibaldi y el mercado de La Lagunilla, un lugar donde es normal ver turistas extranjeros.

Las paredes del taller están decoradas con banderillas usadas durante una época en la Plaza de Toros México, donde El Gamuza era monosabio.

El 9 de octubre de 1978, sin embargo, mientras estaba en la puerta de los picadores, salió un toro que brincó por el pasillo y lo embistió, a pesar de que hizo todo lo posible por esquivarlo.

—Fue una cornada mortal —recuerda Rafael—. Lo cargaron y lo llevaron a la enfermería de la plaza, lo operaron y salió bien, pero seguía sangrando. Pasó la noche en el hospital donde tuvo dos infartos.

***

El 2 de febrero cumplirá 53 años el taller, dice Federico. “Mi padre trabajó en una de las primeras fábricas de maniquíes que hubo en la Ciudad de México, hace aproximadamente 70 años, y vio este local, en el número 45 de Perú,  y así nació este lugar,  cuando yo contaba con un año de edad”.

—¿Y a qué edad empieza usted a involucrarse?

—A los 14, más o menos.

—¿Y cómo empieza?

—Yo venía de visita. Mis hermanos, desde los 11 y 12 años venían desde las 11 de la mañana, ya que ese era el horario de La Lagunilla, hasta las 8 de la noche, y sábados hasta las 9 de la noche.

—¿Y qué más recuerda?

—El primer día que abrieron, pues lógico, no había trabajo ni nada, llega una señora con un niño Dios de yeso, que si se lo podían arreglar, y mi padre le dice: “Sí, como no, se lo arreglo, se lo decoro, lo pinto,  todo, y le cobro diez pesos”; y esos diez pesos, como fue lo primero que entró al negocio, están enmarcados en un cuadro en la pared —dice Federico y levanta el índice—  y ahí se quedaron, ahí están.

—¿De qué año hablamos?

—Del 62, tiempo en que los maniquíes se hacían de yeso, cartón y costal. Era muy laborioso hacer las figuras: lijarlas, darle tres tipos de lija, una gruesa, una mediana y una delgada… Imagínate para que queden las caras lisitas, las manos perfectas; una labor muy, hasta cierto punto, muy tediosa de que dices: “No, pues tengo que pasarle esta lija, luego pasarle la otra más fina; muy artesanal.

—¿Y ahora?

—Ahora se hacen de fibra de vidrio.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Los anteriores se quebraban muy fácilmente; ahora son más resistentes, porque es la resina, el cobalto, el catalizador; no hay una máquina, te decía,  que pueda lijar porque se tiene que hacer parejo.

Es laborioso el proceso para darles forma a los maniquíes, pues utilizan una variedad de elementos, entre éstos algunos  químicos; siempre manualmente,  lo que garantiza un terminado fino, que puede tardar hasta tres días. El problema es que ahora algunos comerciantes utilizan pecheras de plástico.

—¿Cuántos maniquíes venden al mes?

—Depende la temporada; o sea, en una semana se pueden vender tres, cuatro, cinco, o no puedes vender ni uno; desgraciadamente ha decaído mucho, porque la gente compra pechera de plástico.

—Pero el maniquí es más elegante.

—Toda la vida, digo, y ahí es donde entra la administración, la economía, porque vas a la tienda, ves el maniquí vestido con un traje y dices, bueno, me voy a ver así, o la novia, la muchacha que ve el decorado, pues dices, ay, yo me voy a pintar así, también me voy a ver igual de guapa.

Este taller es uno de los pocos donde expertas manos colorean rostros de figuras que por momentos parecen enviar señales de vida con el centelleo de sus ojos.